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lunes, 19 de octubre de 2015

PARA QUÉ SIRVEN LOS PARTIDOS




Cuando hace cuarenta años, con el cuerpo del dictador aún caliente y como ciudadano de un país que despertaba, pensaba en partidos políticos, lo hacía lleno de ilusión y con la esperanza de que llegasen a ser el instrumento que transformase mi país para acercarlo a lo que, apenas dos años antes había podido sentir al otro lado de la frontera.
Los partidos, con todas las limitaciones y cautelas que el "viejo régimen" y los poderes fácticos les impusieron, fueron capaces de ilusionar a este país que arriesgó en la apuesta y se reveló mucho más abierto y progresista de lo que nos habían hecho creer la televisión, el NODO y la mayor parte de la prensa. Luego, sin saber por qué, como parece que ocurre siempre el roce del poder que elegimos con el poder de los de siempre nos llevó a la desilusión en la que vivimos.
Si me hubiesen dicho en aquel entonces que me vería como me veo, desconfiando como desconfío de casi todos los partidos, que vería a la mayor parte de sus líderes como los veo, tan lejanos de la gente a la que piden su voto, tan pendientes del IBEX y tan poco de los comedores sociales y los bancos de alimentos, lo más probable es que eme encarase con quien me lo decía y le tildase de reaccionario o derrotista. Y, si me hubiesen dicho que aquellos en quienes creía después de haber cumplido algunas de sus promesas, darían marcha atrás desmantelando lo logrado, por ejemplo, en derechos laborales o enseñanza, entonces me hubiese echado a llorar. Pues bien, querámoslo o no, es eso lo que tenemos y es ese el panorama con el que tendremos que enfrentaremos de aquí a nueve semanas.
Sería bueno que, el 20 de diciembre, cuando tengamos que elegir la papeleta que vamos a meter en la urna, repasemos lo que los partidos han hecho o piensan hacer por nosotros y lo que ya han hecho por ellos mismos. Si lo hacemos, si desfilan ante  nosotros todos esos culos, tan bien sentados y asentados en tantos y tan jugosos consejos de administración y lo hacen mientras vemos familias con niños que se quedan sin agua, luz o calefacción, porque no pueden pagarlo, si vemos lo bien que les va a los colegios concertados, mientras que los públicos, con presupuestos a la baja, se van llenando de niños con dificultades, si vemos lo bien que les va a las muchas veces innecesarias universidades privadas, mientras que las públicas, en las que, a trancas y barrancas, como ocurría en el franquismo, quienes no pueden pagar la matrícula en una privada aprueban las asignaturas pendientes de una beca que no llega a tiempo o trabajando en "lo que sale".
Los partidos, nuestros partidos, han consentido si no han diseñado, todo esto, traicionando, so sólo su programa, sino su propio ideario. Los partidos se han llenado de personajes  que están más pendientes de "lo suyo" que del bien común, se han llenado de garrapatas y sanguijuelas a las que lo único que les preocupa es cuánto y cómo pueden sacar para sus amigos, gente miserable que algunas veces dan con sus huesos en la cárcel, pero que, las más, salen indemnes, gente que, a cambio de un escaño o un trabajo, ven, oyen y callan. Gente, también, que avergonzaría a sus compañeros de entonces y de ahora si se supiese de qué van.
Los partidos, por desgracia, sirven o se pretende que sirvan, al menos, para ganar elecciones, para conquistar cuotas de poder que, las más de las veces, utilizan en beneficio propio. Los partidos, en la mayoría de los casos, se gestionan como empresas que reparten canonjías y beneficios a propios y extraños, siempre que reviertan parte de lo repartido. No hay más que ver la trayectoria del PP que, cada día y hoy no es una excepción, nos regala, al menos en Madrid, un nuevo pufo en el entorno de Esperanza Aguirre. Mal asunto para ellos, si el poder se aleja, porque, lo estamos, con el declive y la decadencia, vienen las deserciones y traiciones, porque muchos de los leales sólo lo han sido y lo son mientras quede algo que repartir 
Pero no sólo se gestionan como empresas, también se gestionan como productos, como un producto que nace para concurrir con él a las elecciones, adornándose con caras nuevas y atractivas en el envase, mintiendo sobre el contenido, que, una vez conocidos los resultados seguirá relegado al interior del paquete, como les ocurre a la mayoría de los militantes y a las esperanzas de sus votantes.
Ya sé que los partidos sirven para algo más y que no toso los partidos son así. Y es precisamente por eso por lo que yo y otros como yo seguimos confiando en que algún día llegue al poder alguno que sirva para algo más.



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sábado, 24 de noviembre de 2012

CONFORTABLE ESCLAVITUD

 
 
Lo sabía ya de Apple y lo sospechaba de las demás, pero ha sido hoy, leyendo la edición digital de EL PAÍS, cuando he confirmado que los europeos y particularmente los españoles somos, no un poco, sino bastante primos, porque todas esas marcas que se han instalado en nuestras vidas, como si de apéndices indispensables para nuestro ocio y nuestra vida laboral se tratase, nos la están dando con queso llevándose los beneficios de nuestra sumisión como clientes, a veces verdadera dependencia, dejándonos apenas unas migajas de esos beneficios en impuestos.
Se trata, intuyo, de una combinación perfecta entre deslocalización, ingeniería financiera y desagüe de beneficios en paraísos financieros lo que permite quienes nos pintan como héroes de nuestro tiempo se comporten en realidad como despóticos tiranos que ven crecer sus cuentas corrientes en tanto que lo que nos venden arruina cualquier competencia, minando el mercado laboral de los países que conquista.
Ya pueden Bill Gates o Mark Zuckerberg y podía Steve Jobs, o los padres de Yahoo, Google o el negocio de distribución que es Amazon ser generoso con sus obras de caridad y fundaciones, porque están rompiendo el equilibrio económico y social de muchos de los países que hoy nos vemos al borde del abismo económico.
En un país como España, en el que se embarga la vivienda a una familia por el impago de una deuda de apenas 6.000 euros, esas grandes compañías sólo habrían pagado veinticinco millones de euros en impuestos por sus beneficios de los tres últimos años, cifrados en miles de millones de euros. La sola comparación de estas cifras provoca sudores fríos, mientras la mala conciencia me corroe, porque, si uno comienza a hacer cuentas, se percata de que en gran parte contribuye a esos grandes beneficios de los gigantes tecnológicos. Quién puede, si no, decirse libre del pecado de manejar un iPod o un iPhone, trabajar en cualquiera de las versiones de Windows, tener amigos en Facebook, resolver dudas en Google, comprar música, películas o libros en iTunes, Amazon o Spotify o reenviar a los amigos ese video tan chulo a través de Yahoo. El sólo ejercicio de pensar en ello deprime.
Las cifras son abrumadoras y, extrapolándolas a otras actividades, ayudan a explicar por qué, de la noche a la mañana, se esfuma gran parte de la riqueza de tantos países. Y es así, porque quien atesora tanto beneficio con las ventas de aparatos fabricados en condiciones próximos a la esclavitud en países emergentes en todo menos en democracia, y por el cobro de los servicios que llevan asociados siga creciendo, quiere que ese tesoro siga creciendo actuando con él sobre los malditos mercados.
En fin, un dilema dramático, porque esto que os escribo y que "cuelgo" en blogspot.com y facebook, lo he leído en la edición digital de EL PAÍS que busqué a través de Google y lo he escrito en un PC con Windows 7, mientras escucho alguna de mis músicas favoritas a través de iTunes y estoy al tanto de los avisos que me llegan a través de mi iPhone.
Qué podemos hacer, renunciar a todas estas tecnologías que nos han traído hasta esta confortable esclavitud o tratar de cambiar el sistema que las convierte en injustas. Buena pregunta ¿verdad?
 
 
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