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jueves, 12 de septiembre de 2013

SOCIEDAD CIVIL Y MATONISMO

 
 
El de ayer, lo quieran ver o no, fue un gran día parea la democracia española.  Una gran parte de los catalanes, totalmente representativa, no cabe duda, unió sus manos de punta a punta de su tierra para dejar claros sus sentimientos y, como mínimo, sus deseos de ser consultados sobre su futuro encaje en lo que llegue a ser España o fuera de ella. No hay que estar dotado de una especial sensibilidad para darse cuenta que el esfuerzo era sincero y que difícilmente ha habido una demostración, no ya igual, sino simplemente comparable a lo que pudimos ver en las carreteas y ciudades catalanas.
Tampoco hay que ser especialmente sensibles para sentirse ofendido ante los pataleos organizados por reventadores vocacionales -alguno de ellos, quién sabe, puede llegar, con el tiempo, a dirigir El Corte Inglés y recordarlo como un pecado juvenil- que actuaron provocadoramente en la ofrenda a Rafael de Casanova, pagaron una avioneta, como el grupo ultradigital Intereconomía, para sobrevolar la "vía catalana" arrastrando una no menos provocadora pancarta sobre la unidad de España o, los más torpes y aguerridos, irrumpir violentamente en un acto que se celebraba en la sede de la Generalitat en Madrid, agrediendo a cuantos allí estaban, provocando destrozos, lanzando gases irritantes y dejando a su paso cuatro heridos, entre ellos un niño de cuatro años.  
Yo, al menos, me sentí ofendido en los tres casos y sentí que hubiese querido formar parte de esa cadena, porque, frente al miedo, el odio y el chantaje de los reventadores, los cientos de miles de ciudadanos, no sólo catalanes, que unieron ayer sus manos por su independencia o su derecho a decidirla, demostraron un civismo más que envidiable. Es más, estoy seguro de que, de haber estado ayer en Cataluña me hubiese unido a la cadena, porque nada hay más estúpido y menos democrático que negar a un pueblo su derecho a decidir lo que va a ser de él y del territorio en el que vive en el futuro. Creo, incluso, que ha habido un exceso de torpeza por parte de quienes sistemáticamente les niegan ese derecho, porque estoy seguro de que, de haber permitido esa consulta hace tiempo, muy probablemente se hubiese rechazado la independencia.
Ese es el problema. El nacionalismo, con el que, como Camus, no estoy de acuerdo, porque quiero demasiado a mi patria que es el mundo, es fundamentalmente sentimiento y todo lo que tiene que ver con los sentimientos tiende a enconarse cuando no se le da salida. Es, y lo repito a menudo, como el agua que es mansa cuando corre en libertad y adquiere una fuerza irrefrenable cuando se la represa, Si lo que queremos es odio y violencia vamos por buen camino. Rajoy, Aznar y otros como ellos han hecho mucho en favor del victimismo que, como banderín de enganche, del nacionalismo funciona a las mil maravillas. No hay más que ver en qué manera ese victimismo, al margen de la crisis y las innumerables torpezas -o quizá no tanto- de quienes, como García Margallo, no saben hablar sin ofender, y quizá no tan torpes, pienso, porque, a lo peor, saben que esas butades les dará los votos del más cerril nacionalismo español. De momento, con su torpeza, han conseguido dar la vuelta al mapa electoral en Cataluña sin dar oportunidad a que fructifique la vía de la sensatez que posibilitaría una reforma razonable de la constitución en pro del federalismo y algún que otro aspecto trasnochado de nuestro sistema de gobierno. Pero, claro, reformas es lo que han hecho este verano en el Congreso y, visto el resultado, da miedo ponerse a la tarea,
Ironías aparte, quedémonos con la mejor de las enseñanzas de ayer: con objetivos razonables, con serenidad y responsabilidad, una gran parte de la sociedad civil catalana dio toda una lección a toda esa España rancia y trasnochada que sólo entiende de avasallamiento y matonismo.
 
 
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miércoles, 11 de septiembre de 2013

AQUEL ONCE DE SEPTIEMBRE

 
 
Recuerdo vagamente aquel once de septiembre de 1973. Tenía dieciocho años y estaba a punto de ir a la universidad... pero aún no era mayor de edad, porque, en la España de Franco, con dieciocho años se podía morir por la patria en el Sahara, pero no sin ser mayor de edad. Recuerdo que ese verano había salido por primera vez fuera de España y que el destino fue París, ese París que cinco años antes había soñado con una revolución imposible que, aunque frustrada, tuvo la virtud de hacer caer a los gobernantes en el poder que, sin saberlo, atesoraban los jóvenes.
Por eso, porque aún tenía fresca la memoria de la universidad parisina, de los actos culturales, de las proyecciones de documentales inimaginables en España, de los carteles y las colectas en solidaridad con España, esas otras imágenes, las del asalto al Palacio de la Moneda, en Santiago de Chile, fueron para mí un jarro de agua fría, una puerta abierta a la depresión y al desánimo.
Recuerdo que las noticias que llegaban de Chile, las imágenes de aquellas detenciones salvajes en las que un ejército, el chileno, con una tradición de respeto a las leyes insólita en toda América Latina, enviaba a los hijos del pueblo contra el pueblo, practicando detenciones salvajes, torturas y asesinatos indiscriminados contra quienes, habían cometido el error de creer en las leyes o, simplemente, ser pobres y obreros.
Se me vino el mundo encima, porque todas esas horrendas imágenes, todas esas historias de sangre y dolor que venían de aquel país en el que los empresarios, la gente pudiente hizo lo imposible para hacer caer el gobierno que se habían dado los chilenos, se empeñaban en decirme que los Estados Unidos  no estaban dispuestos a permitir otra democracia popular en América ni, mucho menos, en Europa. Así que mis deseos de que un día los españoles pudiésemos disfrutar de esa libertad que hacía apenas dos meses había conocido en Francia, se esfumaban de golpe.
Menos mal que unos meses después aquí al lado, en ese país para el que nunca mirábamos y que aún seguimos sin mirar, unos jóvenes oficiales, cansados de dejar su sangre en unas colonias que no eran portuguesas, sino, simple y tristemente, sólo de algunos portugueses, emprendieron la revolución más hermosa que se pueda imaginar, revolución, frustrada también para algunos, que desalojó del poder a una dictadura, la del "Estado Novo" de Salazar, más antigua aún que la española. Y menos mal que llegó, porque, de otro modo, hubiese cundido la desesperanza,
Para mí, aquel once de septiembre de hace cuarenta años sigue siendo el "once de septiembre". No sabía entonces lo que era ni que significaba la diada, ni podía imaginar una salvajada como la de los atentados en Nueva York y Washington. Aquel once de septiembre fue mi once de septiembre y de él aprendí que no hay que perder la esperanza y que si en un extremo del mundo  hay unas unas botas militares capaces de aplastar a su pueblo, en otra hay soldados dispuestos a convertir cada cañón de sus fusiles en un búcaro para un clavel.
Lo que hay de bueno en el hombre es más que la maldad que se nos impone y hay que confiar en esa bondad abundante y defenderla de esos monstruos que, como Kissinger o Pinochet, querrían aplastarla.
 
 
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