miércoles, 30 de octubre de 2019

PROFANACIONES



Dice Cayetana Álvarez de Toledo, hoy en EL PAÍS que la exhumación de los restos del dictador de la basílica del Valle de los Caídos fue una profanación porque, aunque la llevó a cabo el gobierno con el visto bueno del Supremo y ejecutando una ley aprobada por el Congreso, fue contra la voluntad de la familia Franco. Pues bien, me gustaría darle a esa estirada mujer,  de corazón de hielo para más señas, incapaz de ponerse en la piel de alguien que no sea de su privilegiada clase, la interminable lista de las familias que siguen sin encontrar los restos profanados de sus muertos, arrancados de la primera tierra en que reposaron, casi siempre sin nombre, para ser apilados en cajas, en húmedas criptas, y dar así sentido al megalómano proyecto del tirano en la sierra madrileña, coronado por una enorme cruz de cemento que más parece una espada clavada sobre los restos de sus víctimas. Me gustaría facilitar esa lista a la "poli mala" del PP, de eso presume en la entrevista, pero me temo que no me daría una vida, la única que tengo, para hacer la nómina de tanto muerto sin tumba y tanto crimen impune.
Habla Álvarez de Toledo de profanación y yo me detengo en otra, para mí más grave, la del recinto que yo creía sacrosanto de la universidad, "tomado" ayer por energúmenos encapuchados con el fin de impedir que alumnos y profesores pudiesen recibir e impartir las clases, dando así la sensación de que la huelga convocada por la independencia alcanzase un seguimiento que, sin esa coacción, sin esa violencia sorda de mesas y pupitres apilados contra las puertas, de capuchas y embozos, no hubiese tenido nunca el seguimiento que tuvo en la Pompeu Fabra y no en aquellas en las que hubo libertad de movimientos.
Sin embargo y siendo esto muy grave, más lo fue la actitud cobarde de muchos claustros, entregados a la estrategia y el ideario de estos jóvenes airados por la independencia y poco más, que no saben muy bien por qué hacen lo que hacen, como demostró una presunta representante de los violentos que, en mi opinión apenas podría haber puesto voz a la clase de los elefantes de la escuela infantil de mi nieta y que con la barricada de enseres al fondo consiguió sus quince minutos de gloria en la tele, que, como ayer ya apuntaba en este blog, parece ser la meta de muchos independentistas.
Lo cierto, a la vez que muy triste, es que los claustros de las universidades catalanas se han perdido el respeto a sí mismos. entregándose a las caprichosas exigencias de todos los "millanastrays" de turno que les exigen prebendas y facilidades para quienes sirvan activamente a la causa, al parecer sagrada, de la independencia. Me cuesta creerlo, sobre todo habiendo vivido los últimos años del franquismo en una universidad bien distinta de la que ayer vi en Barcelona, porque aquella universidad era más libre y más universal, porque en ella no ningún profesor lanzaba huevos a quien sólo daba su opinión contra la violencia ante las cámaras, frente al rectorado. Yo recuerdo sentirme libre dentro de algunas facultades, no todas, protegido por decano y profesores de los grises, la policía franquista, que las rodeaba a caballo. Por eso, mi inteligencia no puede tolerar lo que vi ayer, un campus cerrado por el rector "por orden" de unos pocos estudiantes. Tampoco lo que se avecina, la supresión de parciales y quién sabe si el aprobado general para los "héroes" de la revuelta, sin respetar el esfuerzo de quienes estudian todo el curso, quizá simultaneando esfuerzos con un trabajo para poder pagar la matrícula.
Harían bien esos rectores y profesores que llevan años abonando su "huertecito" en el tóxico jardín universitario, un huerto en el que arraigar su carrera, vigilados siempre por quienes permitirán, o no, que florezcan, sus compañeros vigilantes y guardianes de la causa.
Harían bien todos estos profesores y rectores egoístas y acobardados en ver la magnífica película de Alejandro Amenábar, en la que se habla de otros profesores, de otra universidad y de otra revuelta, un golpe de Estado, al que algunos supieron y quisieron resistirse, al menos en lo que a su propia dignidad atañía, resistiéndose a la profanación del templo del saber con aquel, legendario o no, "venceréis, pero no convenceréis" atribuido a Miguel d Unamuno. 

martes, 29 de octubre de 2019

SALIR EN LA TELE



Qué sabio es eso de decir "que hablen de ti, aunque sea bien", con esa irónica frase se pone de relieve que lo que importa no es el fondo de las cosas, ni siquiera llevar la razón o no, sino que lo realmente importante es el ruido que cada uno sea capaz de hacer. A su manera, Elisenda Paluzie, presidenta de la Asamblea Nacional de Cataluña, uno de los dos volantes de inercia de los que el independentismo se sirve para controlar el ritmo de su "procés", la expresó ayer, cuando, en una entrevista en TV3 -la televisión que, según los CDR, no manipula como la española, a pesar de que emita programas de humor mientras arden las calles en Barcelona o permita que se compare en otro de sus programas a los mossos d'esquadra con perros- y esta señora la expresó cuando supo ver en esas barricadas, con esos heridos y esos destrozos, había algo de positivo y lo positivo de esa violencia es que, gracias a ella, el conflicto ha aparecido en la agenda de los medios internacionales. O lo que es lo mismo, se está, hablando, aunque mal, de lo suyo.
Que hablen de la independencia aunque sea mal, que hablen de su trenes saboteados, de su aeropuerto tomado, de sus carreteras cortadas, de sus universidades cerradas, de sus calles asoladas, de su policía apedreada, de todo lo horrible e indeseable que está pasando, si, a cambio, se habla de independencia, del sueño de una  parte de los catalanes, menos de la mitad, frente a la otra parte que ni se manifiesta ni  vota a sus partidos. Eso es lo que quieren: salir en la tele, que salgan en la tele sus jóvenes y sus no tan jóvenes apedreando agentes, destrozando los furgones que pagan entre todos, quemando coches, semáforos y contenedores de basura que con su trabajo o con sus impuestos pagan entre todos, quemando en una noche árboles que tardan décadas en alcanzar el porte que tenían cuando ardieron. Que hablen, aunque no sea de la independencia, sino de lo difícil que es llegar a una de las ciudades más hermosas de Europa, lo incómodo o peligroso que es alojarse en alguno de sus hoteles o lo imposible de pasear por ella en determinados días a algunas horas. 
No se habla de independencia, se habla de incidentes. Tampoco se habla de que los jóvenes necesitan en Cataluña lo mismo que en Madrid o Badajoz: trabajo y becas. No se habla de qué obtendrían, más allá de la independencia, si es que la consiguen. No se habla, quizá porque no se sepa o no se quiera pensar en ello, porque serían los mismos que incendian las calles o quienes les alientan a ello o, como mínimo les perdonan por hacerlo,  los que cierran las universidades a capricho de los CDR, sin importarles el futuro de quienes pagan matrículas carísimas, las más caras de toda España, les van a gobernar quienes no se preocupan de otra cosa que de la independencia y su coreografía, los que reduzcan el mundo a los pocos países que aún les miran con simpatía, aunque habiten en la extrema derecha, en el neofascismo que, curiosamente, atribuyen a lo que, despreciativamente, llaman Estado Español.
No quieren pensar en ese día siguiente. No quieren pensar en el futuro. No quieren ni siquiera pensar, les basta con coreografiar la próxima marcha, escoger los próximos cortes de carretera y trenes, los próximos boicots o con incluir en la siguiente lista de botiflers al primero que, al contrario que ellos, se atreva a pensar por si mismo. Lo demás apenas importa. Basta con salir en la tele, aunque sea así, de este modo tan poco edificante.

viernes, 25 de octubre de 2019

NO FUE UN FUNERAL DE ESTADO



Después de todo lo visto ayer, después de contemplar a través de las imágenes esa enorme explanada barrida por el viento del noroeste. silenciosa y vacía, cruzada apenas por el exiguo cortejo familiar que había autorizado el gobierno, con el féretro del abuelo dictador a hombros, después de esa digna y respetuosa soledad garantizada por el gobierno, no me explico de qué se quejan unos y otros, por qué hablan de un segundo y solemne funeral, cuando no había otra forma más discreta de hacerlo, sin ofender a la familia. Quizá sacar al dictador de noche, en un furgón funerario sin más, sin testigos, sin cámaras, sin publicidad, a escondidas, como quizá se merecía el dictador, pero no como un gobierno que pretenda hacerse respetar debería haberlo hecho.
No hubo banderas, no hubo imágenes morbosas de la exhumación y la reinhumación de los restos del dictador y, si dentro de unos días las hay, será porque la genética se impone y los genes heredados de los Martínez Bordiú lleven a alguno de los deudos a traficar con imágenes robadas de las ceremonias, como ya hizo el siniestro marqués de Villaverde con las de la agonía de su no menos siniestro suegro, ensartado por cables y tubos, muerto en vida ya en una cama del Hospital La Paz.
Todo lo que podría haber perturbado esa digna sobriedad le fue requisado a la familia poco antes de la exhumación, los móviles con que grabar esos momentos y la bandera que ya no es de España con que hubiesen querido sacar el féretro de la basílica, quedaron a buen recaudo en manos de los encargados de la seguridad del acto.
No hubo imágenes y no hubo uniformes. Tampoco música, no hubo honores. Sólo la digna sobriedad imprescindible. Sí hubo cobertura periodística desde el exterior y fue esa cobertura, excesiva como todo lo que toca la televisión, imágenes de la espera en el exterior de la basílica, trufadas de un sinfín de entrevistas, pocas veces acertadas, con las que rellenar los tiempos muertos y ordenar la emisión de la publicidad. De modo que, si hubo exceso, si aquello pudo parecer lo que nunca fue, un funeral de Estado fue gracias a la televisión que se invita sin la mesura que debiera a todo cuanto pueda ser considerado un "hecho histórico".
Pese a todo quienes llevan meses en campaña electoral no renunciaron, cómo podrían renunciar a ello, a hacer electoralismo. Los unos, para insistir en que no era necesario sacar al dictador de su mausoleo, los otros, para acusar a quien, después de cuarenta y cuatro años de anomalía democrática, se atrevió por fin a apearlo de una dignidad que nunca mereció. Lo de los primeros, la derecha más o menos extrema, hijos en gran parte del tronco común de aquel partido formado por Fraga, ministro de Franco, herederos, algunos, de fortunas amasadas al calor del saqueo y la represión reinantes durante décadas en este país, es explicable. Lo de los otros no.
Porque no tiene  sentido que EH Bildu, Esquerra y el partido de Puigdemont pidan explicaciones a la ministra Delgado, imagen ayer de la dignidad, la sobriedad y la firmeza requeridas, por haber propiciado ayer la exaltación del franquismo o por haber regalado un segundo entierro solemne al odiado dictador. Un coro reclamante al que se unió también Pablo Iglesias, olvidando que, casi a las mismas horas, la Cadena SER documentaba el pasado falangista, número tres llegó a ser, imágenes de sus marchas al Valle de los Caídos incluidas, del todavía responsable de Educación del ayuntamiento de Móstoles, impuesto por Podemos, lo que quizá explica la negativa de Podemos en la localidad madrileña a forzar la destitución de la polémica Noelia Posse.
Creo que ni unos ni otro tienen razón, que habla por ellos ese electoralismo del que acusan a Pedro Sánchez, porque aquello no fue, de ninguna manear, un segundo funeral de Estado para el odiado dictador. Fue una ceremonia necesaria que los españoles, no Franco ni su familia, nos merecíamos.

jueves, 24 de octubre de 2019

ELECTORALISMO FÚNEBRE


Quién me iba a decir hace unos meses que el autoconsiderado líder de la izquierda española Pablo Iglesias, guía del pensamiento, también por propia iniciativa, de esa izquierda se sentiría incómodo con el desahucio de los restos de Franco de su mausoleo en la sierra del Guadarrama ¿Será porque le gustaba tener de vecino el cadáver del dictador, Galapagar está más cerca de Cuelgamuros que de El Pardo, será que no quiere remover el pasado, será que ahora cree en aquella reconciliación, en aquella bendita amnesia que sirvió para que los demócratas olvidásemos a los excesos de aquellos verdugos que mataron, torturaron, encarcelaron y robaron a sus víctima de todos los colores, a lo largo de casi cuarenta años, mientras que ellos, los verdugos, jamás olvidaron los números de las cuentas en las que fueron escondiendo el resultado de su rapiña, robada directamente, comprada con el miedo como intermediario, o arrancada del sudor de los presos, cautivos decían, que durante años vieron marchitar sus vidas en penales y campos de trabajo inmundos?
Yo pensé que cualquiera que quisiera cerrar la cuanta de tantos años de dolor, cuarenta años de rabia contenida, de miedo y de humillaciones, se felicitaría por este gesto simbólico, aliviar la humillación de quienes, después haber sido asesinados en el campo o junto a las tapias de cualquier cementerio y arrojados sus restos en cunetas y fosas comunes, después de todos esto fueron removidos de la tierra, anónima o no, en la que descansaban para servir de escolta forzosa de su asesino. Lo pensaba, pero me equivocaba, porque no fui capaz de calcular hasta dónde puede llegar la miseria humana, hasta qué punto un político con más de gurú que de demócrata, puede rebajarse para tratar de arrebatar unos votos que se convierten en escaños y estos en sueldos y subvenciones para su partido.
Gracias a Pablo Iglesias lo he sabido. La primera vez que escuché sus reproches a la exhumación creí que había oído mal que, como mucho, había sido un "calentón", u exceso verbal de quien lleva ya años enredándose y tratando de enredarnos en la demagogia, Sin embargo y por desgracia, he podido comprobar cómo se revolcaba en lo que pensé que era un error, acusando a Pedro Sánchez de hacer electoralismo con la exhumación del dictador a pocas fechas de las elecciones. Después de muchas vueltas he llegado a la conclusión de que lo de Iglesias son simples y miserables celos. Celos de haber estado sentado en la mesa del Consejo de Ministros que dio el visto bueno con fecha y hora a este traslado que cierra o abre, como se prefiera, una nueva etapa de la Historia de España. Su partido podía haber formado parte de ese gobierno, pero tres ministerios y una vicepresidencia le parecieron poco para Podemos.
Cree Iglesias que la culminación del proceso iniciado por el Congreso hace muchos meses, a las que ningún gobierno democrático se había atrevido, es un acto electoralista, porque la salida de la momia del dictador de tan ominosa cripta podría reportar a Pedro Sánchez réditos electorales. Iglesias olvida o, mejor dicho, oculta a quienes le escuchan que la fecha no es elegida sino el resultado de un largo, larguísimo y cansino, trámite judicial en el que los monjes que hasta hoy custodiaban los restos del dictador, haciendo una suculenta "caja" por ello, o el abogado de carísima minuta de la familia del tirano, hijo de un ministro falangista de Franco y cuñado de Alberto Ruiz Gallardón, resuelto por el Tribunal Supremo a favor del Gobierno una y otra vez hace apenas unos días.
Es lamentable por tanto que alguien que dice defender a la izquierda, alguien que presume de estar con las víctimas de Franco, alce su voz para sumarla al coro de quienes no estuvieron ni están de acuerdo con que esto, el desalojo del cabecilla de los asesinos del lugar donde reposan sus víctimas pudiese llevarse a cabo. Dice Iglesias que no había prisa, debe confiar en que la derecha, ojalá, no va a ganar las elecciones, pero, como yo no me fío y menos si que lo haga la izquierda depende de él, prefiero y aplaudo la prisa de Sánchez. Oponerse al traslado desde izquierda que por tres veces ha impedido que gobierne la izquierda, eso sí es electoralismo, electoralismo del peor y del más fúnebre.

martes, 22 de octubre de 2019

REVOLUCIÓN Y BASURA


De todo lo que he visto y oído estos días en relación con los incidentes de Barcelona, horas y horas de televisión, gritos, consignas, sirenas, llamas, piedras, escopetazos y cohetes, lo que, quizá, me haya llamado más la atención han sido las palabras y los gestos de la gente de a pie, especialmente la que se  enfrenta a pecho descubierto a violentos enmascarados, envueltos muchas veces su bandera, esa misma bandera que unos y otros cuelgan de su balcón en ocasiones señaladas.
Recuerdo especialmente el incidente ocurrido entre un grupo de violentos, dispuestos a apedrear a los antidisturbios, frente a los que una mujer a cara descubierta les gritaba "así no, así no" y la respuesta de uno de esos energúmenos que le dijo que "aquello era una revolución y no una fiesta". Sin querer, aquel enmascarado, nos estaba diciendo que las marchas y las concentraciones pacíficas que llevan a cabo los independentistas, probablemente esa mujer entre ellos, están de fiesta y que son ellos, con sus piedras y sus barricadas, quienes está haciendo la verdadera revolución.
Extraña revolución esa que convierte una ciudad, una de las más hermosas y amables que conozco, en un campo de batalla lleno de humo y escombro, sin conseguir nada a cambio, salvo el pavoneo ante los colegas quien se ha creído héroe por unas horas y las descargas de adrenalina que tan buenas son para un corazón joven y fogoso, si es que lo soportan.
Es de agradecer que en medio de estos altercados aparezca gente como esa mujer o como la que horas después de la batalla campal en la plaza de Urquinaona proclamaba su derecho a pasear por su barrio, sembrado de cascotes y llamaba burros a los enmascarados porque, siguió explicándoles, serán ellos quienes pagándolo y no quienes se esconden detrás de ellos, que nunca pisarán la cárcel. Sabias palabras, las de esta mujer, dichas desde la emoción t la rabia que dan idea de lo que debe estar pasando la gente de a pie en Cataluña. 
Esta mañana el sonido que nos golpeaba en la conciencia es el de un vecino de Reus que comparte edificio con la sede del PSC y que, cuando regresaba de pasear a su perro, se encontró el portal de su casa bloqueado por la basura con que los catalanes bienpensantes, los que siguen las consignas para no equivocarse, habían decidido castigar a los socialistas. "En mi casa no", les gritaba, mientras uno de los "basureros" inversos acabó por añadir ·tiene razón".
Es esa otra de las características de esta "revolución" la de cubrir de insultos y basura a quienes no comparten pensamiento y consignas. Ese es el riesgo de quien quiere pensar por sí mismo y encuentra virtudes y defectos en un lado y otro. En cuanto te apartas del camino sagrado de la independencia, te caen encima los insultos y unos cuantos kilos de basura, a veces, incluso, personalizados con tu foto.
Muy extraña la relación de los catalanes alzados, Cataluña ha sido siempre tierra de buen teatro, con la basura que utilizan tanto en la escenografía de sus algaradas, quemando contenedores, como en la coreografía de sus protestas, llenando de basura y a veces de excrementos la puerta del señalado o de lazos confeccionados también con bolsas de basura amarillas, las calles y fachadas. 
Los catalanes independentistas, llenos de optimismo, habían proclamado la suya como "la revolución de las sonrisas, pero, visto lo visto y sin buscar segundas intenciones en lo que digo, bien podría acabar siendo "la revolución de la basura"

lunes, 21 de octubre de 2019

EL PORQUÉ DE LAS COSAS



Tomo el título de esto que escribo de la magnífica colección d relates del sugerente autor catalán Quim Monzó y pido prestada a la Cadena Ser y a su autor Álvaro García esta imagen que ilustra a la perfección lo gratuito de la terrible violencia que durante seis largas noches de la pasada semana ha asolado las calles de Barcelona.
Poniendo por delante lo absurdo y gratuito de esta violencia, tan innecesaria como una borrachera de fin de semana que nada aporta a unos jóvenes, la mayoría lo son, que se dejan envolver por el humo y las sirenas, como si de una fiesta loca de alcohol y pastillas se tratara, sin saber muy bien por qué están allí ni a quien benefician victorias tan pequeñas como retener unos metros de calle o hacer recular durante unos minutos apenas a los antidisturbios. Me temo que no lo saben y, lo que es peor, que tampoco les importa.
Se conforman, dicen, con el "subidón" de adrenalina que da "jugar a la guerra" al lado de casa, con los colegas al lado para, después, a eso de las dos o las tras de la mañana volver a casa, a veces la de los padres, en la parte alta de Barcelona, con el teléfono lleno de imágenes ·de la hostia· y un montón de anécdotas magnificadas y deformes, "aventis" diría Marsé, que compartir con los amigos y, dentro de unos años, "papá cuéntame otra vez", enseñar a los hijos en la sobremesa de cualquier comida de familia quizá burguesa.
Cuesta entenderlo, pero hay que esforzarse en hacerlo. El fuego y la noche fueron el marco de aquel mayo del 68 que estalló por algo tan nimio como que en la universidad de Nanterre no se permitiese acceder a colegas de otro sexo a las habitaciones de las residencias de estudiantes y que acabó con un lugar en la Historia, vivo aún, cincuenta años después. Aquellos jóvenes que tomaron la Sorbona y el teatro Odeón para sus asambleas, aquellas barricadas en los bulevares dejaron miles de imágenes, en blanco y negro la mayoría, un montón de eslóganes y un regusto amargo de lo que no llegó a ser, al tempo que, con su fracaso cuando los sindicatos tomaron el control de la revuelta, trajo el alivio a una sociedad sorprendida y asustada.
Aquella revolución fue la de los cachorros de la burguesía. Eran universitarios y hace medio siglo, sólo los hijos de la burguesía llegaban a la universidad y no hay más que ver qué fue años después de aquellos "revolucionarios", cuyas peripecias retrató con tino Bryce Echenique en su "vida exagerada de Marín Romaña". Es verdad y soy consciente de ello, que, en los últimos años, desde las revueltas de la banlieu de París de los primeros años del siglo a las terribles noches de este fin de semana en Chile, pasando por los disturbios de Birmingham del verano de hace ocho años, los protagonistas fueron otros, jóvenes sin futuro ni retaguardia, cansados de que la espuma de la cerveza que es la vida se la lleven siempre los mismos, mientras ellos se ahogan en el paro, la falta de vivienda, los empleos "de mierda", el hastío y la desesperanza.
Esa juventud sin esperanza es el combustible al que quienes saben lo que hacen, el cerebro gris que saca partido de todo, especialmente de las crisis, económicas o sociales arriman su antorcha ornada de ideas más o menos románticas, el nacionalismo lo es, de entusiasmo y de nobles ideales que no dudan en traicionar en cuanto los sueños ya no son más que las cenizas de las hogueras.
Nadie pare recordar ya aquel cerco al Parlament de Catalunya y que obligó al entonces president Artur Mas, el que había quebrado y privatizado el estado de bienestar en Cataluña, el primero en sacar la tijera para recortar la Sanidad y muchos otros servicios, a llegar a la sede de la representación popular en helicóptero.
Mas se vio arrinconado, sitiado por la calle y chapoteando en la "mierda" de décadas de corrupción y no dudó en envolverse en la senyera y en convertir el nacionalismo y la promesa de un referéndum hoy por hoy imposible la barricada tras la que ponerse a salvo de la Justicia. De entonces a acá la democracia se ha enrarecido en Cataluña, se ha confundido la calle y la calle se puede manipular muy fácilmente, se confunde la masa que cubre calles y plazas, calculada desde un helicóptero, ignorando los matices del pensamiento de quien se manifiesta, y tratar de usarla para suplantar los votos de los que libre y responsablemente se "manifiestan" en las urnas, con garantías del respeto a los resultados,
Está claro que vieron aquel tumulto, aquella masa que llevó a Mas a saltar la verja del Parque de la Ciudadela desde el aire, y que decidieron hacerlo suyo. Desde entonces, apoyados en organizaciones como Ómnium o la ANC, han sorteado las normas del propio Parlament y con los CDR que defiende y aplaude el propio Torra, se han dedicado a imponerse en las calles, con pintadas, con amenazas y con la coerción a la libertad de los ciudadanos que suponen los cortes de carreteras y vías de tren, por no hablar de la lamentable ocupación del aeropuerto de El Prat.
Esa masa de jóvenes desesperanzados por un lado o bien alimentados y ciudad, pero deseosos de dar sentido a su ansia de emociones fuertes, estaba esperando que irresponsables como el president Torra justificasen su actitud, para convertirse en el brazo armado, de palos y gasolina, sí, pero armado, con el que callar las bocas disidentes en sus propias filas, como comprobó el sábado Gabriel Rufián, o para incendiar las calles y tratar de obligar al gobierno de España a sentarse a la mesa de una negociación sin sentido en un país democrático. Sin sentido, porque las quimeras, que se alimentan de mentira y sueños, arden con facilidad en las hogueras.
Hay que tratar de entender el porqué de las cosas. ésta es sólo mi aproximación, incompleta y seguro que equivocada al porqué de lo que está pasado en Cataluña.

viernes, 18 de octubre de 2019

EL AYATOLLAH TORRA


Hay personajes que creen estar en el mundo para cumplir una misión u, lo que es peor, para nada más. Le pasó a José María Aznar después de escapar al atentado en el que ETA quiso asesinarle y le ocurrió también a Julio Anguita después de salir de aquel primer infarto, ya va por el tercero, en plena campaña electoral hace ya más de un cuarto de siglo. También hay otros a los que el destino, la lotería de la vida si lo preferís, ha colocado, al menos eso creen, en un lugar imposible de imaginar antes, desde el que cumplir su misión soñada.
Es la peor de las combinaciones posibles, porque quienes cumplen esas premisas nunca piensan en lo inmediato, sólo viven y trabajan para ese momento lejano y glorioso de poner los pies en la mesa de Bush, convertirse en referente de la misma izquierda que reventaron o, como en el caso de Torra, entrar en la Historia como el héroe que trajo la independencia a Cataluña, aunque sea a costa de imponer su sueño a los demás, con el consiguiente sufrimiento que causa en una sociedad próspera como la catalana, condenada muy probablemente al aislamiento y el retroceso económico.
Cuando pienso en Torra y los suyos, si es que aún hay alguien con él, me viene a la memoria "Tierra" la segunda parte de la amarga autobiografía del húngaro Sandor Márai, en la que, al hablar del papel del ejército soviético poniendo fin a la ocupación nazi de Hungría, escribe "nos trajeron la paz, no la libertad, porque ellos tampoco a tenían". Quizá Torra, en la más inverosímil de las carambolas, podría llevar la independencia con la que sueña a Cataluña, pero me temo que no devolvería a los catalanes esa prosperidad cada vez más deteriorada de que gozaron, porque el sueño de Quim Torra y quienes están detrás de él es, pese a la grandilocuencia de sus palabras, más bien estrecho y pequeñito.
Ayer Torra, como el personaje sin los pies en la tierra que es, se pasó de frenada en ese discurso ante el Parlament que abrió, cómo no, preguntándose qué dirán mañana los libros de Historia de lo que está pasando, lo que demuestra que le preocupan más esos libros que los ciudadanos de hoy que muy probablemente nunca los leerán. Torra, por su cuenta y riesgo, sin encomendarse a dios ni al diablo hizo promesa de volver a "poner las urnas", sin haber consultado con sus socios de gobierno o sus compañeros de partido, quizá si se encomendó al "barón de Waterloo" que hoy, para desviar el tiro y evitar sorpresas se presenta hoy ante la fiscalía belga que debe decidir sobre la euroorden emitida por España para su detención y entrega a la justicia de nuestro país.
Uno y otro están acostumbrados, como lo están los suyos, a vivir de los fuegos de artificio, de golpes de efecto meditados y oportunos con los que dar otra capa de barniz a la leyenda que construyen para pasar brillantemente a la, su, Historia. Pero, a veces, de tanto jugar al rato y el ratón, de tanto utilizar a los demás en su propio beneficio dan un traspiés y se quedan, como ayer le pasó a Torra, colgados de la brocha y solos.
Quizá Torra, quizá Puigdemont, piensen en llevar la independencia a Cataluña apoyándose en las barricadas que arden todas las noches en Barcelona y otras ciudades. Así consiguió en los setenta el ayatolá Jomeini derribar al sah Reza Pahlevi. El ayatola Jomeini y los suyos lo consiguieron, pero a costa de que la revolución y sus guardianes sumiesen a Irán en una larga noche sin libertades una noche oscura que la mayoría de los iraníes esperaban al salir de la dictadura del sah. A mí me cuesta creer que la sociedad catalana, cosmopolita y más o menos libre, incluso en tiempos de Franco, pueda resignarse a vivir en un país con sus propios guardianes de la revolución, los CDR, velando por la rectitud y la pureza en el seguimiento de los designios del ayatolá Torra.