jueves, 30 de marzo de 2017

HISTERIA LEGAL


¿Qué está pasando aquí? ¿Es que nos estamos volviendo locos? ¿Pueden unos chistes de mal gusto, "más viejos que el canalillo", que diría un castizo, de los que todos conocemos y hemos contado más de media docena, costar el futuro de una joven, condenándola a un año de prisión que no cumplirá si tiene la prudencia y la suerte no comete un error, por ejemplo, al volante o tiene la desgracia de ser detenida en una manifestación, quizá por estar en el lugar equivocado o ser la que menos corre de todos los manifestantes? ¿Pueden, con la pena añadida de siete años de inhabiitación para cargo público, privarla, al tener ya antecedentes penales, de la beca que le permite estudiar y echar abajo sus aspiraciones de dedicarse a enseñar la Historia que hoy estudia y de la que, muy a su pesar, ya forma parte? ¿Nos estamos volviendo locos o es que ya lo estamos?
Hagamos un poco de Historia. La Audiencia Naciona se constituyó como un tribunal que fue creado "ad hoc", para sustituir. entre otros, al siniestro Tribunal de Orden Público del franquismo, por el que pasaron sindicalistas, estudiantes y opositores al régimen que, con los años y recuperada libertad que debiera habernos dado la democracia, redactaron y aprobaron la Constitución que nos permitió caminar hacia adelante, pero que ya se nos ha quedado vieja, un tribunal, la Audiencia, que se ocupa y se ha ocupado, fundamentalmente, de los delitos de terrorismo, aunque también y más últimamente, de delitos económicos, narcotráfico y, en general, todos aquellos cometidos en todo el territorio nacional o el extranjero.
No es de extrañar, por tanto, que, después de tantos años de juzgar a terroristas, especialmente a etarras, perduren en él algunos tics y una cierta deformación que lleva a contemplarlo todo bajo el prisma del terrorismo y el dolor que éste causó durante tantos años en España. Afortunadamente, esos años parecen haber pasado ya y nuestros problemas son hoy otros.
Sin embargo, lo queramos o no, nuestra vida y nuestras leyes están aún ensombrecidas por el pasado y, más aún, las leyes especiales redactadas al abrigo de los diferentes pactos antiterroristas tienen un cierto toque de histeria, justificado quizá en su momento, que hoy nos perecería casi ridículo y que, pese a que no lo tengamos presente, sigue presente en nuestra vigente legislación y que, de vez en cuando, como ahora, o como en el triste asunto de los titiriteros, nos devuelven la sensación de vivir bajo la amenaza del TOP y las leyes franquistas.
Lo peor de todo es que esta ley, con la que se ha condenado a Cassndra y que permitió mandar a los titiriteros a prisión, fue aprobada con los votos de prácticamente todo el parlamento de la anterior legislatura, incluidos los del grupo socialista, en uno de esos movimientos convulsivos y liberticidas en los que parece jugarse a las sillas musicales y en los que nadie quiere quedarse de pie y retratarse, porque creen que serían tildados de antipatriotas, cuando, por el contrario, lo más patriótico sería defender los derechos de la gente, protegiéndolos de los abusos del poder.
Aún así, no sólo son las leyes que permiten monstruosidades como la condena de Cassandra, y quienes las aprobaron, espero que sin pensar en sus consecuencias, los únicos responsables del doloroso desaguisado. También lo son los fiscales que proponen las penas y los jueces que las imponen, porque, por más severa que sea una ley, es su obligación, o así quisiera yo que fuese, moderarlas en su aplicación para no provocar cataclismos como éste. Y es que, si las leyes fuesen tan rígidas en su aplicación, los jueces serían innecesarios y podría juzgarnos, los dioses no lo quieran, una máquina.
Lo peor de todo es que, otra vez, el Supremo o, en su caso, el Constitucional o el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos los que vengan a sacar los colores, si no a poner en ridículo a los autores de la sentencia. Y lo peor sería que la absurda ley que permite condenar a la ruina de su vida a quienes hacen chistes, escriben canciones o mueven guiñoles, permanezca intacta. Nuestros diputados ya están tardando en emprender la reforma de un articulado tan innecesario como cruel. Un articulado que hoy condena a Cassandra, pero que, mañana, puede condenarme a mí por escribir esto i quién sabe si a vosotros por leerlo.
A las víctimas del terroriusmo, sen las que sean, hay que respetarlas, lo que no quiere decir que su opinión pese más que la de cualquiera de nosotros ni, mucho menos, que en su nombre se cometan arbitrariedades. Tenemos que serenarnos todos, empezando por los jueces y los legisladores, bastante hemos sufrido ya tosos. Otra cosa no sería más que histeria judicial.

miércoles, 29 de marzo de 2017

HUIR HACIA ADELANTE


Hoy comienza a andar el proceso de desconexión del Reino Unido de la Unión Europea con la que, dicho sea de paso, nunca estuvo muy comprometido. Ya se sabe que los británicos han sido siempre muy celosos de su identidad y, más aún, de su moneda y que, por algo, el suyo ha sido el último gran imperio de la Historia. Tanto es así, que, desde hace siglos y antes de que se soñase siquiera con volar ni mucho menos con la construcción del costoso Eurotúnel, cuando la niebla se tendía sobre el Canal de la Mancha, haciendo imposible la navegación, los periódicos titulaban con orgullo que era Europa la que quedaba incomunicada con las islas.
Desde que, en 1973, Reino Unido se integró, aunque de aquella manera, en lo entonces era nada más Mercado Común, la actitud de los dirigentes del Reino Unido ha sido fundamentalmente egoísta y en cierto modo obstruccionista. Al Reino Unido nunca le interesó Europa, mucho menos los europeos, más que como mercado para su industria y sus finanzas. Por eso, cada paso dado hacia la integración, lo han dado a regañadientes.
Aun así y como el roce hace el cariño, los británicos se acostumbraron a nuestra presencia en las islas, especialmente en la cosmopolita Londres, y nosotros nos acostumbramos a que en nuestras costas floreciesen colonias británicas, no tan ricas ni tan pobres como dicen las malas lengua, al calor de nuestro sol y nuestra sanidad, que, mal que bien, trajeron trabajo y una cierta prosperidad a los inviernos del Mediterráneo español.
Y en eso, llegaron la ampliación de la Unión Europea hacia el Este, tan deseada por Alemania, y, sobre todo, la crisis, que todo lo trastocaron, dejando a la clase obrera británica, sin minas, sin trabajo en la industria, cada vez más pobre y marginada, en paro, pendiente de los subsidios y, una vez más, sin esperanzas, mientras que la inmigración procedente de la Commonwealth y de los países del sur y el este de Europa, aceptaban trabajos rechazados por ellos.
En ese caldo de cultivo, el miedo, cuando no odio, al extranjero fue creciendo, abonado además por la inmoral xenofobia de la simpar prensa amarilla británica, y, a su sombra, fueron creciendo, cómo no, los partidos ultranacionalistas, por no decir directamente fascistas, que hicieron removerse en su  cómoda siesta a una derecha apoltronada y más pendiente, como aquí, de su destino al otro lado de las puertas giratorias que del sufrimiento de quienes tiene que vivir en los barrios que el final del sueño convirtió en sucios y abandonados,
Por eso Cameron, el responsable de la infamia, se apuntó a la aventura del referéndum para desviar la atención de su responsabilidad en la crisis, echando a los perros rabiosos el hueso de un referéndum con el que entretenerles, dejando sin suelo a quienes querían salir de Europa y, más que nada, cerrar las fronteras a tanto extranjero "caza empleos". Sin embargo, al inquilino del 10 de Downing Street, mal informado y poco acostumbrado a pisar el país, un país en el que en los años treinta, como en el resto de Europa, floreció el nazismo, se vio atrapado en su propia trampa, dejando al país, que se pronunció con contundencia suficiente, en la puerta de salida y sin paracaídas. Y, por si fuera poco, los escoceses quieren, ahora que las reglas del juego han cambiado, que se les pregunte otra vez si quieren seguir formando parte del Reino Unido.
Por eso estamos aquí hoy, a punto de comenzar a desmontar los puentes sobre el Canal de la Mancha, con el destino de las decenas de miles de españoles que habían decidido buscar su refugio vital en el Reino Unido y las decenas de miles de británicos que quieren vivir sus últimos años en España frente al cañón del revólver con el que un primer ministro irresponsable decidió jugar a la ruleta rusa.
Lo de Cameron fue una huida hacia adelante irresponsable que ha dejado a Europa donde, probablemente, ni el mismo quería, del mismo modo que la conversión de Artur Mas y su corrupta CiU al independentismo no es más que otra huida hacia adelante para salir del pozo ciego en el que se metió con su partido, el del tres por ciento. 

martes, 28 de marzo de 2017

DUDAS RAZONABLES


No soy seguidor, ni siquiera ocasional, de "El Objetivo" ese programa que emite La Sexta a mayor gloria de la periodista Ana Pastor, pareja del director de la cadena, Antonio García Ferreras. Y si no lo veo es porque no soporto a los periodistas que pretenden ser protagonistas de la noticia y, menos aún, a quienes creen saber las respuestas a todas las preguntas y callan y acorralan a todo aquel que tenga la osadía de contradecir la realidad que, desde su micrófono convertido en púlpito, ellos tratan de imponer.
No sigo su programa, porque me siento incómodo ante ese acorralamiento innecesario, nunca lo veo porque no creo que hacer información sea librar un combate a muerte con quienes de antemano se ha etiquetado de antemano como "malos", para luego posar junto a sus cabezas cortadas en una bandeja, como si de una bella t caprichosa Salomé de tratase. No sigo "El Objetivo", apenas lo veo y si lo hago es siempre por accidente, porque creo que la información es algo más que espectáculo, algo más que una película de buenos y malos, en la que tendríamos que aplaudir siempre al séptimo de caballería, aunque su carga acabase arrasando el campamento indio, repleto de niños y ancianos.
Pues bien, el pasado domingo Ana Pastor, Pastor, como, sin ninguna naturalidad, dice su compañero Ferreras, se ocupó de la reforma de una vivienda propiedad de la Dirección General de la Guardia Civil, para su presunto uso por el actual director general de Tráfico, ajeno al cuerpo, un uso irregular que denunciaba una asociación "sindical" de guardias civiles. No vi, como digo, el programa, peo si tuve eco de ella, eco hasta la saciedad, a la mañana siguiente en el programa "Al rojo vivo" que dirige y presenta Ferreras. Y si digo "hasta la saciedad" es porque pareciera que no había ocurrido otra cosa en España y que no hubiese otra información en el día capaz de eclipsar la "exclusiva" de Ana Pastor,
En la película que nos contaron, el malo malísimo era el director general de Tráfico y mano derecha del ministro Zoido en el ayuntamiento de Sevilla, Gregorio Serrano, que estaría viviendo por la cara en un pabellón de la Guardia Civil al que no tendría derecho. Algo que en el peor de los casos no sería exactamente así, pero que ya ha quedado fijado así para siempre en la nada exigente memoria de la gente.
Al parecer, la Dirección General de la Guardia Civil reclamaba el uso de una construcción anexa a la Agrupación de Tráfico, en la que se encuentra actualmente la vivienda asignada al director general y, para ello, se propuso su permuta por otra de titularidad de la Guardia Civil, una permuta que no llegó a realizarse, porque finalmente se desaconsejó, aunque ya se habían iniciado obras de reforma en el pabellón designado y el director de Tráfico llevaba semanas viviendo en hoteles. Un embrollo sobre el que hubo silencio o casi silencio oficial, lo que dio lugar a todo tipo de especulaciones, reforzadas por todo lo opinado a lo largo del día, especialmente en La Sexta, sobre la "exclusiva" de Ana Pastor, seguimiento en antena, oportunamente adornado con la presencia de la compañera del jefe, algo muy propio de la vehemencia informativa y de los modos de Ferreras, con el que trabaje durante años.
Para más inri, a la hora en que habitualmente comienza "El Intermedio" o "el Wyoming", como dice Susana Díaz y queriendo ver, precisamente, el tratamiento que daban Monzón y sus guionistas al advenimiento de la presidenta andaluza en carne mortal de candidata, me encontré con una absurda conexión en directo con la DGT, para una rueda de prensa del director Serrano, en la que, supongo, Ferreras esperaba el anuncio de su dimisión, una larga y absurda espera, un "estiramiento" artificial y molesto del informativo de noche, con pausas insostenibles, en el que, finalmente, tal anuncio no se produjo, sino, más bien al contrario, pudieron escucharse explicaciones más o menos verosímiles de lo que había dado lugar al embrollo.
Quizá por eso, después de tan larga y frustrante espera, cuando las explicaciones de Gregorio Serrano comenzaban a ser coherentes, la retransmisión se interrumpió, para dar paso a un sarcástico Wyoming, más que mosqueado por la espera. Por eso y por el escaso eco que la "exclusiva" de Ana Pastor ha tenido en la prensa de hoy, me permito abrigar dudas razonables sobre esta información que, a mi modo de ver, fue a la antena "cogida con alfileres" y sin haber comprobado todos y cada uno de sus términos. Del mismo modo, tampoco descarto que a más de uno de entre vosotros esto que he escrito os genere también dudas razonables, pero, os lo aseguro, anoche, el director general de Tráfico y sus razones me parecieron creíbles.

lunes, 27 de marzo de 2017

ZURCIR EL APARATO


Ya está, la mujer poseída por Felipe González, como la niña de "El exorcista" estaba poseída por el diablo, la que presta su voz y su gesto al PSOE repudiado por los votantes en la últimas elecciones, la que confunde mal genio y autoritarismo con poder de convicción y autoridad, la que pregona a voces  su pescado nada fresco teñido con la anilina del pasado, la que regaña a propios y extraños cuando habla, la que suena con una música monótona de crescendos que no llevan a ninguna parte, la que confunde, qué equivocación, Andalucía con España y España con Andalucía, ella, la única, la ensoberbecida presidenta andaluza, anunció ayer que ya tiene, o cree que tiene, agua en la piscina a la que, desde hace tiempo, había decidido lanzarse.
No podemos olvidar, al menos yo no puedo hacerlo, que Susana Díaz fue el instrumento del que se han servido los grandes intereses económicos, esos que tienen abducido al gobierno, a los gobiernos de España y Europa, para dinamitar cualquier posibilidad de que el mal llamado populismo llegase a los cajones del poder, esos cajones en los que se guardan todas las trampas del pasado, incluidas las de quienes ayer se sentaron en torno a ella en esa ceremonia de advenimiento en carne mortal, en la que nos dijo lo que ya sabíamos todos: que se muere por el poder y, cuanto más, mejor.
La imagen que ilustra esta entrada Están todos. Algunos pensarán que Susana Díaz quiso rodearse del pasado que fue glorioso del PSOE, pero que ya no lo es, pero, por desgracia, ese pasado glorioso lo enterraron los mismos protagonistas que lo gestaron. Felipe González que, con su desidia y sus aires de grandeza, se dejó enredar por la superestructura especuladora, mientras arrastraba los pies que habían embarrado en los oscuros senderos de los GAL. Estaba Alfonso Guerra, martillo de hereje y asceta de la política que se tuvo que ir porque en su charca también crecieron ranas conseguidoras y porque la camaradería que le unió a Felipe González, la de los tiempos de la tortilla había dejado de existir. Estaba también José Luis Rodríguez Zapatero, una especie de Pedro Sánchez, para quien los astros y los siniestros intereses de lo más oscuro de la trama especuladora del PSOE se conjuraron en aquel congreso de la sorpresa, en el que nos salvó de una Guatepeor llamada José Bono, que llegó a La Moncloa por la miseria moral de un personajillo llamado Aznar y que tuvo que dejar el poder por habernos entregado atados de pies y manos al dios que habita en Bruselas, no sin antes encadenarnos a la hipoteca que fue la reforma del artículo 135 de la Constitución, el que protegía nuestro bienestar de la deuda. Y está también, por fin, Alfonso Pérez Rubalcaba, el incombustible, el gran enredador, el encantador de periodistas, que, después de cosechar los peores resultados electorales para el PSOE sin la competencia de Podemos, hizo la peor oposición de toda la historia, callando miserablemente ante los crueles recortes de Rajoy.
Ese es el pasado nada glorioso del que se quiso rodear ayer Susana Díaz, porque el pasado lo marca el último recuerdo que nos queda de él y, la verdad, los recuerdos que nos quedan, que me quedan, de esos cuatro personajes son tan sombríos como los que os acabo de describir. Ese es el pasado en el que se apoya Susana Díaz, un pasado que es el suyo, porque apenas ha vivido fuera del partido y porque decidió hace mucho que su futuro estaba también en el PSOE, Un futuro que, otra vez, nos ha descrito con un enigma que es casi una perogrullada, ese "vamos a gobernar desde la victoria", pues claro, no va a ser desde la derrota ¿o es que está marcando ya su veto a ese Podemos que tanto le ocupa y le preocupa en Andalucía, el veto, quizá recíproco, que nos trajo otros cuatro años y quién sabe si más de un Rajoy cada vez más denostado, paro cada vez más firme electoralmente.
Susana Díaz dijo, después de reventar el PSOE con aquel "asesinato" en el Comité Federal, que había que coser el partido entre todos, pero, por lo visto y escuchado ayer, lo suyo es zurcir el aparato. Zurcir,, que no es otra cosa que reconstruir falsamente los tejidos ya desgastados por el uso y abuso del poder y por la polilla del tiempo, por el que se les ve al culo al partido y a sus viejos dirigentes.

viernes, 24 de marzo de 2017

NOMBRES


Hace unos días escuché a Pablo Casado, ese joven valor del PP forrado de títulos académicos de rimbombantes nombres en inglés, criado a los pechos de Aznar, del que fue jefe de gabinete con sólo veintiocho años, decir que hay quienes, se refería a Podemos y el PSOE, para ser felices, tienen que cambiar el nombre de las calles, pero que ellos, el PP, sólo quieren ser felices. Olvida y, lo que es peor, desprecia el hecho de que hay en España demasiada gente que, para poder ser felices, necesitan que desaparezcan de las calles y plazas los nombres de quienes acabaron con la vida de muchos de los suyos y, de paso, con la felicidad y la esperanza de los derrotados, gentes obligadas a pasar todos los días por delante de estatuas y placas que les traían malos recuerdos de años y años de dolor y miseria.,
Las palabras de este petimetre pretendían dar respuesta a la decisión del Ayuntamiento de Madrid por la que, en cumplimiento de la decisión aprobada por la mayoría de los vecinos en consulta pública y abierta de devolver el nombre original de Parque Forestal de Valdebebas al parque apresuradamente bautizado como Parque Felipe VI, por una Ana Botella en fuga tras su más que desastrosa gestión del ayuntamiento madrileño. Una decisión que parece ser, para el PP, motivo de existencia hasta que, de aquí a dos años, se celebren nuevas elecciones a las que, por lo anunciado por el escudero de una más que callada Esperanza Aguirre, abrumada por el aliento del juez y la Guardia Civil en su nuca, el PP llevará la restitución del regio nombre como principal promesa. Una polémica, ésta, que el rey podría zanjar renunciando públicamente a que el parque lleve su nombre en contra de la voluntad de los vecinos expresada en las urnas.
La de los nombres, es una polémica demasiado viva en un país de vencedores y vencidos, en el que tras la sangrienta guerra civil se rebautizaron calles y plazas con los nombres de los "mártires" de uno de los bandos, el "generalísimo" o la fecha de aquel pésimo golpe de estado que tardó tres duros años de guerra, centenares de miles de muertos y gran parte de la nación destruida en imponerse. En casi cuarenta años de guerra y dictadura se apearon de las paredes las placas con los nombres de poetas y escritores, alcaldes, diputados y presidentes, virtudes del hombre y su civilización, países alineados en "el otro bando", intelectuales, músicos y todo aquel que no hubiese dejado claro desde el primer momento su adhesión al régimen.
Un espectáculo horrendo, de consecuencias nada éticas ni estéticas, al que nos cuesta poner fin, echar el telón, porque hay quien no está dispuesto a devolver las cosas a su ser, en cumplimiento de la ley y no hace sino poner palos en las ruedas del sentido común. En uno y otro lado, porque también hay, Madrid es un ejemplo, quien irreflexivamente se ha apresurado a arrancar placas que tenían su razón de ser y que han tenido que ser repuestas, con los consiguientes sonrojo y pérdida de argumentos y de razón para quienes pretenden hacer las cosas serenamente.
Simultáneamente, se ha aprobado una moción para retirar de varios hospitales madrileños el nombre que se les impuso y que no es otro que el de miembros de la familia real, nombre que confunde a quienes tienen que acudir a ellos, porque nadie o casi nadie sabe que él, "Infanta Leonor" está en Vallecas o el "Infanta Cristina" en Parla. Creo que, en el caso del hospital de Parla, que lleva el nombre de quien se lucró con los trapicheos de su marido y que por ello fue condenada al pago de una importante multa, el cambio está más que justificado. Y no sólo eso debería servir de precedente para que, en el futuro, no se dé a lo que es de todos el nombre de personas vivas, más aún, de niños que, cuando crezcan, puedan avergonzarnos como lo ha hecho la hermana del rey.
El consejero del PP ya se ha opuesto al cambio de nombre porque, dice, nos va a costar medio millón de euros. Yo, personalmente, creo que valdría la pena y que bastará con que "los suyos" dejen de meter la mano en la caja, para compensarlo sobradamente.
Por último y sin dejar de lado los nombres, en un precioso barrio de Madrid, cuyas calles se llenan cada día de gentes de toso los colores y todas las lenguas, una fuente, la de Cabestreros, justo al lado de un popular restaurante africano, conserva la placa que acredita que fue construida en tiempos de la república, un poco más abajo, siguiendo la calle Mesón de Paredes, una plaza, la ·de las Escuelas Pías", reducto que fue de los sublevados en julio del 36, acaba de ser bautizada con el nombre de un extremeño de nacimiento, Arturo Barea, madrileño de adopción hasta que, como perdedor, tuvo que emprender el exilio y, desde Londres, dio a conocer a todo el mundo el Madrid más popular. Un poco más allá, un pequeño rincón, apenas una plaza, recibirá muy pronto el nombre de Gloria Fuertes la poeta, poeta de guardia, más querida, sin ellos saberlo, de los madrileños, símbolo de tantas cosas, que nació un poco más allá, en la calle de la espada.
Me dijo una vez mi amigo Fernando Delgado que nada hay más triste que que den tu nombre a una calle y, pasados los años, nadie se acuerde que quién eras. Creo que aún es más triste que tu nombre en una placa traiga sólo malos recuerdos.

jueves, 23 de marzo de 2017

UN COCHE, UN CUCHILLO...


Sin pretender dármelas de nada, me atrevo a deciros que no me sorprendió el loco ataque llevado ayer en Londres por un sólo hombre, armado únicamente con un todo terreno alquilado y un cuchillo. No me sorprendió, como no me sorprenderá el siguiente que se produzca, en Londres o en cualquier otro lugar, mientras no cambie la política de Occidente en el Cercano Oriente y, sobre todo, en todos esos barrios y ciudades de la periferia de sus capitales, convertidos en almacenes de jóvenes sin futuro ni esperanza.
El terrorismo, especialmente este terrorismo a la desesperada, no se combate con más policías y menos libertad. Todo lo contrario. Ese terrorismo del no futuro y la injusticia se combate con más igualdad y más justicia social. Ese terrorismo que ayer se manifestó en el centro de Londres, junto a su parlamento, al pie del Big Ben, brota en cualquier lugar en el que se niegan la identidad y el futuro a los jóvenes. 
Isabel de Baviera, Sissi, emperatriz de Austria, asesinada en Ginebra, mientras paseaba a orillas del lago Leman, apuñalada con un estilete por un joven anarquista italiano. Hoy, Sissi viviría rodeada de escoltas y guardaespaldas, del mismo modo que el estado de Israel vive en continuo estado de sitio, con sus calles patrulladas por jóvenes soldados bien entrenados y equipados, con órdenes de disparar sin dudarlo contra cualquier sospechoso, más si su aspecto es el de uno de esos palestinos a los que se ha confinado tras de un muro, haciendo de su vida una larga espera para entrar o salir del "corral" en el que han sido encerrados por quienes ahora ocupan sus tierras y les impiden trabajar y prosperar con dignidad. 
Sin embargo, ni todos los soldados ni todas las armas del mundo pueden impedir que un hombre o una mujer desesperados conviertan cuchillo de cocina o de las llaves de un coche, una furgoneta o un camión, en el arma de su venganza desesperada contra quienes creen la causa de su desgracia y su humillación. Y, si alcanzar a su particular Sissi, les resulta imposible, bastará con apuñalar a quienes estén esperando a un autobús o atropellar a quienes pasean por cualquier calle.
Lo escribo porque me llamó la atención que ayer, aquejados del ombligo centrismo que por desgracia padecemos los europeos, los telediarios fijasen el inicio de este tipo de ataques en el Paseo de los Ingleses de Niza, cuando el verdadero antecedente, al menos en la historia reciente, está en las calles de Tel Aviv y en cualquier otro lugar en el que, sin acabar con el dolor y la injusticia, el control y la sospecha permanente se conviertan en el pan de cada día de los señalados como indeseables.
No hacen falta muros de cemento ni alambradas para encerrar a los desechados de la sociedad, los hijos de quienes vinieron a Europa a ganarse el pan que no les llegaba en su tierra, todos esos chicos que crecen en los parques y plazas de las ciudades de occidente, que viven solos la práctica totalidad del día, "abandonados" forzosamente por unos padres que trabajan todo el día para pagar el alquiler de esa caja de zapatos alejada del centro de las ciudades que limpian, en las que tienen que vivir. 
Son los mismos que hace unos años arrasaron desesperados la banlieu de París o las calles del mismo Birmingham donde hoy buscan a los "cómplices" del asesino de ayer. Entonces, nadie se fijó en ellos, nadie se ocupó de cumplir las promesas con que se acallaron aquellos incidentes. Todo siguió igual. Quizá aumentaron las patrullas policiales y, con ellas, los abusos y, con ellos, el odio, Y, mientras, las pantallas de sus televisiones se fueron llenados de imágenes de gente armada y eufórica, terroristas para nosotros, que, para ellos, se estaban convirtiendo en vengadores, en el ejemplo a seguir para salir de esa vida desesperada que les ha tocado vivir. Y, en esas, llegó Internet y puso lo demás. 
Y queda poco más que añadir. Salvo que, si el presupuesto que se destina a aumentar el número de policías y su equipamiento, el que se invierte en aviones, bombas y fusiles con los que hurgar en el avispero de Siria, Afganistán e Irak, el que se emplea en servicios de información que no se enteran de nada y, si se enteran, es para complicar más las cosas, si, en resumen, se emplease más en construir paz justicia y bienestar, con colegios, campos de deportes, escuelas y centros sociales y en crear puestos de trabajo que el que se invierte en preparar guerras preventivas y en llevar al basurero social a quienes ya no les sirven, todos, salvo los fabricantes de armas y los partidarios del capitalismo salvaje, viviríamos más felices y los ofuscados por la desesperación no verían en un coche o un cuchillo el instrumento de su venganza.

miércoles, 22 de marzo de 2017

DEROGAR LA LEY RAJOY


Por fin ayer, el Congreso decidió acabar con una ley, la vigente y tenebrosa Ley de Protección de la Seguridad Ciudadana, parece sarcasmo, del no menos tenebroso ministro Fernández Díaz, que pasará a la historia, esperemos que lo antes posible, con el expresivo apodo de Ley Mordaza.
Parece que fue hace siglos cuando Fernández Díaz, el de las devoluciones en caliente, el de la caza a pelotazos de los inmigrantes en la playa del Tarajal en Ceuta, el de las detenciones e identificaciones indiscriminadas en las manifestaciones de las mareas, el de las persecución a los sindicalistas y periodistas, el que pretendió prohibir obtener pruebas y publicarlas de los excesos policiales, el que quiso, en fin, amordazar y atar de pies y manos y amordazar a la ciudadanía, para que su partido campase a sus anchas, desmantelando derechos y libertades en este país que él cree de María y la Banca y no de quienes vivimos y trabajamos en él, el ministro de la policía de parte, esa que fabrica pruebas y dosieres contra su amo. Parece que hace siglos y, sin embargo, fue antes de ayer, como quien dice.
La disparatada ley, más propia de una república bananera que de un país civilizado y democrático, lleva la firma de Jorge Fernández Díaz, pero, no lo olvidemos, tuvo el visto bueno de todo el gobierno Rajoy de entonces en Consejo de Ministros y fue aprobada, en solitario, eso sí, con los votos de todo el Grupo Popular. Por eso no es de extrañar que ese, afortunadamente hoy mermado, Grupo Popular haya defendido con uñas y dientes y no sin extrañeza por las prisas de la oposición en abolirla, la derogación de una ley que cercenaba el derecho de los ciudadanos a manifestar en la calle, en la prensa y en las redes, su disconformidad con las injustas imposiciones del gobierno.
Está claro que aquel gobierno, no muy distinto de este, salvo por su debilidad actual en el Congreso, no quería testigos de sus desmanes. No los quería en la calle y no los quería en sus casas, leyendo el periódico escuchando la radio o sentados delante del televisor o ante las pantallas de su teléfono, tableta u ordenador.
Por eso, esta ley pretendió convertir a los ciudadanos en seres inertes, sin voz ni movilidad, para que no pudiesen medir en la calle, ni reconocer su fuerza frente a los atropellos, y lo hizo a conciencia, mandando contra las mareas a sus gladiadores y a sus infiltrados, atentos a cualquier incidente para desatar su violencia y para detener "sin ton ni son" a  "todo bicho viviente", sin motivos ni pruebas, con el fin de asustar a los indecisos, para que acabasen escondiendo su miedo en sus casas. Y, si los incidentes no llegaban, si las manifestaciones eran pacíficas, como pretendían sus convocantes, los incidentes se fabricaban, como se fabricaban las pruebas, para justificar los desmanes.
La ley de Fernández Díaz que ayer emprendió el camino parlamentario para su derogación o, al menos, la de sus artículos más arbitrarios, anteponía la palabra de las fuerzas de seguridad ala de cualquier ciudadano y negaba, además, la posibilidad de documentar con imágenes los incidentes, a sabiendas de que, en los tribunales, esa palabra no siempre salía bien parada. 
La ley que ayer comenzó a demolerse, es la ley de un tirano que quieren que recordemos con la cara de Fernández Díaz. Pro no, es la ley de un tirado con otro nombre y otros apellidos esa ley es la ley de Mariano Rajoy, la ley tras la que Mariano Rajoy pretendió parapetarse con sus injusticias No lo olvidemos, Fernández Díaz ya no están, pero siguen estando los mismos.