martes, 31 de mayo de 2016

ME APUNTO A LA CERVEZA


Me gustan las campañas electorales porque en ellas los partidos, especialmente los de la derecha, se esfuerzan parecer lo que no son y, sobre todo, porque se gastan mucho dinero en contratar agencias de publicidad que, como mucho, les venden remedos de otras campañas publicitarias de éxito, aunque con mucha menos gracia y, sobre todo, con las huellas digitales del "pagano" que acaba metiendo la cuchara, subrayando lo obvio, colando sus fantasmas y sus estereotipos en el "anuncio" y cagándolo todo, como diría un castizo.
Para su vídeo de eso que hipócritamente llamamos "precampaña", Ciudadanos se ha metido en un bar que pretende ser el reflejo de la sociedad española, con una Loles esforzada madre de familia, no se sabe si ejecutiva o secretaria, que no puede conciliar trabajo y vida familiar, un camarero-propietario, algo padre y algo filósofo, un parado con cara de George Clooney que no encuentra trabajo aunque se esfuerza, no porque los gestores de la economía hayan priorizado la salvación del capital financiero y las grandes empresas frente a la salvación de las personas, los verdaderos ciudadanos, sino porque no tiene suerte. Por eso, porque no tiene suerte, ese padre protector, ese confesor que siempre hay al otro lado de la barra, el que vela por sus clientes y, si hace falta, les regala un décimo del gordo premiado, le aplaza el importe del café hasta que las cosas le vayan bien.
En tanto, mientras vamos conociendo a estos clientes de guardarropía, otro personaje, menos creíble aún que los demás, empeñado en el cerebrín de los autores en parecerse a Pablo Iglesias, con coleta y todo, va de la tragaperras al móvil y del móvil a las tragaperras, ajeno a las tragedias y problemas que desfilan a su alrededor. Y en eso, aparece Mariano Rajoy en esa tele perenemente encendida que hay en toso los bares, para anunciar la "repetición" de las elecciones. Y, claro, eso desata las iras de los presentes contra los políticos que han estado perdiendo el tiempo, especialmente contra Mariano Rajoy "que no ha hecho nada en estos cuatro meses". Otra vez a gastar dinero.
Es entonces cuando el buen padre-tabernero abre el memorial de afrentas, citando la corrupción y el latrocinio generalizado y, oh sorpresa, Pablo "Rocky" Iglesias parece salir de su mundo para gritar sin convicción su "el poder para la gente", un recurso de mal guionista que sólo sirve para que, una vez más el tabernero apostille que "será para su gente" y que "a ver si hay suerte", otra vez la suerte como solución, y enchufan a éste, el parado Clooney, como hacen con todos ellos. Y, en estas, llega al bar un repartidor que, sin más, la emprende con "Rocky" preguntando si está levantando España, a lo que un segundo camarero apostilla que ese sólo levanta el móvil.
Y entonces, anacronismo donde los haya, aparece "él" en la tele, Albert Rivera en estado puro, en uno de sus mejores momentos parlamentarios, para que un cliente hasta entonces silencioso, con pinta de prejubilado y la lección bien aprendida, inicie su canto, la oda a los sufridos españoles que levantan el país una y otra vez cuando se hunde, repasando las virtudes de todos los presentes, a los que anima diciendo que ha llegado el momento de "creer en nosotros mismos" y en este país, "para cambiarlo", aquí hace una pausa valorativa, una paradinha, y añade, para que nadie le confunda con Rocky y los suyos, "cambiarlo para mejor, claro". Y a continuación el chute de chauvinismo: "Este país lo tiene todo para ser uno de los mejores del mundo, lo único que necesitamos, añade, es que los políticos no nos lo pongan más difícil y, sobre todo, señalando al Rivera de la tele, que sean humildes"
Es entonces cuando el "jubilata" suelta su cuña y nos aclara que va a votar a Rivera, no a  Ciudadanos, sino a él, a Albert Rivera, que sigue contando su cuento en la tele, y, ahí, la pantalla se tiñe de naranja como una ventana al futuro, un futuro que suponemos para todos, menos para Pablo "Rocky" Iglesias que, en medio de tanta emoción, apurando su cerveza pide otra y que se la apunten, lo que sirve a tan brillantes guionistas para hacer un chiste, tan malo como obvio, poniendo en labios del tabernero un "tú siempre con la misma coletilla" .
Pues, que lo sepáis, yo me apunto a las cervezas, a las de Pablo Iglesias y Alberto Garzón, que, por fin, parece que, lo dicen las encuestas, están poniendo en movimiento a la izquierda de este país. Y eso no puede ser malo,

lunes, 30 de mayo de 2016

EL GUIÑOL DE VENEZUELA


Entre col y col futbolística, telediarios y periódicos nos han colado este fin de semana la lechuga, las lechugas, de un Albert Rivera con movido en Caracas por un sufrimiento parecido al que viven aquí, al lado de los mismos lugares en los que pide el voto para un centro inexistente, tantos y tantos españoles golpeados con crueldad y sin miramientos por una crisis que aquí, en España, y gracias al desigual reparto de ayudas y soluciones, se ha cebado con los más débiles, sin que esos telediarios que este fin de semana buscaron sus lágrimas en Caracas, se hayan fijado en las de los hombres, las mujeres y los niños que un día sí y otro también se acuestan con apenas un mendrugo de pan y un vaso de leche aguada.
Parece como si la gente de orden, la derecha sólo fuese capaz de ver el dolor y la pobreza que otros generan, parece como si aquí, en España, una venda cubriese sus ojos para ahorrarles el mal trago, difícil de explicar, de tantas y tantas familias sin trabajo, de tanta y tanta gente haciendo cola para un plato calientes, de tantos hipermercados repletos, tirando comida a la basura o, en el mejor de los casos, entregándola para su redistribución por organizaciones solidarias, porque hay gente, demasiada gente, que no puede acudir a llenar su bolsa, pagándola en caja, porque hace meses que no entra un salario en su casa.
Es hermosa la épica del dirigente que "desinteresadamente" "se la juega" en un país extranjero para pedir la libertad de sus correligionarios encarcelados y llorar por las estanterías vacías de alimentos y cepillos de dientes de todos esos supermercados a los que acude la gente humilde, porque los de los "barrios altos", como hemos podido ver en las redes, tienen, como siempre, de todo, aunque sólo para aquellos que lo puedan pagar. Y que conste que ni Nicolás Maduro, ni antes Hugo Chávez, han sido ni serán santos de mi devoción. Que conste también que tengo claro que, si falta la libertad, todo lo demás, aunque sobre, falta también.
El pecado de Chávez fue el de subsidiar a sus compatriotas con los beneficios del monocultivo, del petróleo, una bendición que llevaba implícita el castigo de que su precio se puede manipular en los mercados, dinamitando cualquier intento de redistribución de la riqueza entre la gente. Y eso, por no hablar de la corrupción que genera y que añade una nueva casta a las ya existentes desde hace años en el país caribeño.
Los movimientos de Rivera y Rajoy, a propósito de Venezuela, tienen  como objetivo sacar el foco de muestro país y el evidente fracaso económico de sus dirigentes que no han conseguido sacudir de las espaldas de un 20% de los ciudadanos el fantasma del paro, que ven como los pensionistas y quienes tienen las rentas más humildes ya no muerden el anzuelo cebado con bajadas de impuestos que se vuelven contra sus bolsillos, porque están vaciando la caja de la seguridad social y privándoles de servicios indispensables, y están dejando de creerles. 
Por eso no les conviene, a ellos y al propio PSOE, que se hable de lo que está pasando aquí ni de por qué pasa. No les conviene que hagamos cuentas. No les conviene que en cada casa se haga, como he visto hacer a mi padre, con alma de contable, en la mía, un balance con lo que se ingresa y los que se gasta, un sencillo papel en el que en una columna se sume lo que estos señores del PP nos han traído y en otro lo que se han llevado o lo que nos han quitado. No quieren que nos detengamos a hacerlo, porque el resultado sería elocuente. Por eso, nos llevan de excursión a Venezuela, Lo malo es que seguirán haciéndolo mientras Pablo Iglesias y sus compañeros no expliquen con claridad su relación con Venezuela, mientras permitan que la niebla cubra un pasado que debe ser aclarado y mientras no defiendan sin lugar a la más mínima duda la libertad de todos.
Parece evidente que los hay interesados en que el partido de las próximas elecciones se juegue en Venezuela y la mejor forma de evitarlo o al menos de ganar ese partido es solando ese lastre que no acaban de soltar los dirigentes de Podemos.
Venezuela no es España, aunque en España hay gente pasándolo tan mal como en Venezuela, y los españoles no tenemos por qué jugarnos el futuro aplaudiendo o abucheando a nuestros políticos, convertidos en títeres en el guiñol de Venezuela.

viernes, 27 de mayo de 2016

¿PARA CUÁNDO UN POCO DE AUTOCRÍTICA?


Vivimos en un país, esta España de nuestras penas, en el que los dos principales partidos, los que se han venido alternando en el poder a lo largo de las tres últimas décadas, PSOE y PP, viven inmersos en innumerables casos de corrupción, hasta el punto de que uno más que el otro, pero los dos, al menos en los telediarios, pasan casi más tiempo en los tribunales que en el Parlamento. Vivimos en un país que parecía haberse resignado a soportar un alto nivel de corrupción entre sus políticos, del mismo modo que se había resignado a soportar un paro impropio de un país desarrollado, del primer mundo y parte de la aparentemente privilegiada Eurozona.
La falta de costumbre nos impide preguntarnos tanto como debiéramos por qué pasa esto en España, por qué estos partidos y algún otro, como la extinta CiU, no dan explicaciones por sus corruptelas y, sobre todo, por qué no se las exigimos. Sin embargo, ya va siendo hora de que lo hagamos, ya va siendo hora de que se nos explique con pelos y señales por qué en un partido como el PP, en el que, por ley y como en todos, las cuentas debieran ser transparentes, un señor, un presunto delincuente, según alguno de sus dirigentes, esa persona, según otros, ha podido manejar millones de euros en España y fuera de ella sin que nadie lo notase, ya va siendo hora de que el partido del gobierno, el que, como la pareja Duato & Arias, debería dar ejemplo al resto d  los españoles, el que maneja con naturalidad y soltura sus cuentas "en negro", comience a dar explicaciones por ello y no sólo en los tribunales, ya va siendo hora de que nosotros, los que sostenemos el sistema con nuestros impuestos se las exijamos.
Basta con tener acceso a sus despachos, como está ocurriendo en los ayuntamientos del cambio para, como en Madrid o Barcelona, comprobar el compadreo existente entre los viejos consistorios y las grandes constructoras, basta con asomarse a los cajones de Gallardón, Botella y compañía, para ser conscientes del descaro con que nos estaban desvalijando, para ver como en obras mastodónticas, como la rebautizada Calle 30, las cosas se pagaban dos veces o se pagaban y no se hacían, siempre en beneficio de las grandes constructoras, generosas con el partido del alcalde al que, antes o después, sin duda sabrán recompensar. Algo que molesta seriamente al brazo derecho de Gallardón, Manuel Cobo, que no se corta a la hora de expresar su malestar por la lógica revisión de las cuentas que dejó su amigo.
Curiosa fauna la de nuestros gobernantes durante tantos años que son capaces de plantear en público la necesidad de redefinir la corrupción, porque, incluso la complaciente legislación actual les tira de la sisa y se sienten incómodos en ella. Curiosa fauna ésta, en la que toda una vicepresidenta, aunque sea en funciones, se permita plantear la de cosas que podría haber hecho el PP con el dinero B que, según ellos, les robó Bárcenas, lo que no deja de ser una asunción de culpa, subconsciente, claro, por su parte.
Y qué decir del PSOE, cuyo candidato se "vendió" a Ciudadanos y anda ahora por ahí, después de haber demostrado su incapacidad para formar, teniendo como tenía los mimbres precisos para ello, un gobierno de mayoría progresista, colocando, él o sus chicos del coro, esos síes anacrónicos y fuera de lugar, por doquier, incluido el monumento a la Constitución erigido en Madrid, como queriendo decir que, a pesar de sus evidentes carencias, con esta constitución les basta.
Tampoco habla, ni pide perdón por algo tan escandaloso como el asunto de los ERE en Andalucía, un ejemplo de lo que nunca debe volver a repetirse, el uso partidista, con distracción de fondos incluida, del dinero de todos, un asunto que está apunto de sentar en el banquillo a dos ex presidentes de su partido en Andalucía.
No dirá nada sobre ello, como tampoco dirán nada Rajoy ni los suyos de todos sus fangales. No es la costumbre y menos en campaña. La corrupción propia no se lleva a las urnas, aunque sirva para pagar sus resultados, aunque luego, si las urnas les favorecen, presuman de haberles sido perdonada por los electores. No, no se lleva la autocrítica. Y, si no se lleva, es porque hay demasiada tolerancia a todos estos pecados, demasiado compadreo entre unos y otros y, desgraciadamente, con la prensa que, para nuestra desgracia, demasiado a menudo ve, oye y calla. Y nosotros con ella.

jueves, 26 de mayo de 2016

AMISTADES PELIGROSAS


Mal asunto el de las tertulias radiofónicas y televisivas. Se habla tanto y de tantas cosas, se da tantas vueltas a los mismos argumentos, se habla tanto sólo para no estar callado, se llenan los incómodos silencios con tanta nadería que la única posibilidad de no tener la boca cerrada, el único modo de poner a salvo los suculentos honorarios que en ellas se pagan, la única actitud que permite sobrevivir en ellas es la de la frivolidad.
Con honrosas excepciones, que las hay, el perfil del tertuliano es el de una especie de juglar que canta las excelencias del partido que defiende, a veces como militante disciplinado, a veces con tintes más o menos críticos y, las más de las veces, como periodista bien "informado" que vale lo que valen las filtraciones de parte que recibe, que es llamado a los platós y los estudios formando parte de uno de los "cupos", con que se conforman, en función del color de sus opiniones, las tertulias.
Supongo que Javier González Ferrari, al que tengo por amigo, no era capaz de imaginar en qué iba a acabar el formato que puso en marcha hace más de treinta años en la SER con aquella "Trastienda", pionera en el "género", que cerraba "Hora 25". A ella, fui testigo, acudían conocidos periodistas, de distintos colores, de distintos medios, que aportaban sus "primicias" y que confrontaban sus propias opiniones sobre asuntos de actualidad. Pero desde aquello, ya lo he dicho, ocurrió han pasado muchos años, tantos, que es difícil identificar sus objetivos, más cercanos al debate, tan del gusto de nuestros vecinos franceses, que de los gallineros con los que, bajo la consigna de "más rato más barato", se cubre tiempo de antena con un coste mínimo.
De todo esto debería desprenderse, al menos eso pienso, que el género, el lugar de encuentro en que se han convertido las tertulias es un territorio peligroso y perverso en el que, además, se fomentan amistades peligrosas. Escribo esto último al hilo de la salida que ha encontrado el concejal socialista del Ayuntamiento de Madrid, Antonio Miguel Carmona, el de las naumaquias en el estanque del Retiro, que, para justificar su relación con el hoy detenido ex presidente de Ausbank, Luis Pineda, después de haber sido sorprendido en una comprometedora conversación telefónica, aduce que le conoció en una de esas tertulias y lo dice como quien dice estoy sucio hasta las cejas, porque vengo de un barrizal,
Tendría que explicar Carmona en cuál de las muchísimas tertulias en la que ha participado y participa se cruzó con Luis Pineda. También cual fue su relación con él, como para relacionarse con él con esa familiaridad y para que Pineda se atreva a pedirle colaboración para neutralizar a una concejala, la de Cultura, Celia Mayer, que, al parecer, estaba poniendo trabas a uno de sus negocios, además de pedirle, de paso, que le busque una antena para la radio que está montando para Ausbanc, que, a cualquiera medianamente informado, no se le escapa que con el fin de convertirla en una poderosa herramienta para sus extorsiones.
No digo ni pretendo hacerlo que cuantos asoman la patita en las tertulias lo sean, pero convendría recordar que algunos de nuestros políticos y periodistas más polémicos son o han sido participantes en alguna de esas tertulias. Sin ir más lejos, Francisco Granados, preso desde hace más de un año en la cárcel de Estremera, era habitual de las de la Sexta y la SER y que algún periodista que sin duda hoy renegará de él, defendía su honorabilidad cuando fue "pillado" con cuentas en Suiza y ya se sabía de su implicación en el espionaje "entre colegas" en el gobierno de la Comunidad de Madrid.
Dicen que el roce hace el cariño y debe ser así, porque son muchas las relaciones contra natura que se establecen en esos ambientes, en esos ratos perdidos que acaban en cenas, comidas o cañas, en las que se acaban intercambiando cromos y favores. Ambientes irreales en los que se levantan la voz y se hacen aspavientos quienes, cuando se apagan los focos o se cierran los micrófonos, hablan de "sus cosas" y, caña a caña, café a café, favor a favor, tejen su red de amistades peligrosas. Este compadreo explica muchas cosas, pero eso ya es Historia, Historia reciente de España

miércoles, 25 de mayo de 2016

¿DE QUÉ VAN?


Yo creía, tonto de mí, que los partidos políticos estaban en nuestras vidas para hacerlas mejores, que los políticos se nos ofrecían cada cuatro años, en cada elección, para gestionar nuestro bienestar. Y no, nada más lejos de la realidad. Por desgracia, en la mayoría de los casos, unos y otros están para mejorar sus vidas o las de sus amigos y para gestionar su bienestar, a costa de lo que sea.
Acabamos de conocer por el INE que un 28% de los españoles, casi tres de cada diez, no llega a fin de mes, si no es dejando de comer carne o pescado como mandan la tradición o el sentido común y que, además, no pueden calentar su casa ni el agua de sus duchas ¿Y de qué creen que hablan los políticos en "precampaña", en esta sempiterna campaña en la que vivimos? ¿De la casi pobreza de esos casi trece millones de españoles o de "lo suyo"? Felicidades, habéis acertado, hablan únicamente de lo suyo. Mejor dicho, no hablan de lo suyo ni de lo poco que hacen por nosotros, hablan de lo de los oros.
Cuesta creer que el PSOE, por ejemplo, hable tan poco de Rajoy y sus fechorías, del Partido Popular y sus saqueos. Cuesta creerlo, pero es así. A Pedro Sánchez lo que le preocupa es que Podemos, junto a Izquierda Unida, representantes de la izquierda dolida y desencantada puedan superarle en votos, puedan llevarle por primera vez en democracia a ocupar el tercer puesto en las próximas elecciones. Lo que le preocupa al PSOE, a Pedro Sánchez, es dejar de ostentar el título de jefe de la oposición y, para ello, se esfuerza no en diagnosticar problemas y buscar soluciones, sino en meter el dedo en el ojo de sus rivales en la izquierda, en hacerse eco de cualquier bulo que se lance contra ella y, cómo no, en minimizar, cuando no en despreciar, cualquier logro de ésta en los ayuntamientos donde han alcanzado el gobierno.
No ve Pedro Sánchez el continuo saqueo a que ha sometido el PP a ciudades como Madrid. No lo ve y se empeña en impedir, con manguerazos de demagogia y falsedad, cualquier intento por parte de sus compañeros para reforzar desde el gobierno la gestión de las coaliciones progresistas que logró arrebatar por fin a la derecha los ayuntamientos de ciudades tan importantes o simbólicas como Madrid, Barcelona, Coruña, Zaragoza o Cádiz. No. Pedro Sánchez, ese maniquí con cara de curita joven y guapo, que recita lo que le escriben como recitaría un niño su papel en las absurdas, si no ridículas, fiestas escolares, prefiere ver esas capitales en manos de la derecha a permitir que otros demuestren que una gestión más honrada y más justa es posible.
Y qué decir de Albert Rivera, que viaja a Caracas y lo hace después de haberlo anunciado durante días, para crear la expectación y el morbo suficientes como para convertir su visita en un acto más de campaña y obteniendo a cambio de su presencia en la Asamblea Nacional la esperada recompensa de reforzar las dudas, negadas una y otra vez por la justicia española, sobre la financiación de Podemos, dejando en un segundo plano el evidente sufrimiento del pueblo venezolano.
Nada hacen ni dicen los partidos españoles, ninguno o casi ninguno, sobre la situación de países que, como Guinea Ecuatorial o el Sahara, tienen más cercanía en responsabilidad, espacio y el tiempo con nosotros que la patria de Simón Bolívar.
No. No hablan de lo que nos preocupa, no hablan de nuestros problemas. A cambio se tiran pellas de barro e insidias, como niños a la salida del colegio o como borrachos tras una noche de juerga, No se enfrentan a la realidad, porque no buscan nuestro bienestar y lo único que les interesa es nuestro voto, tratando de mostrar su lado más centrista, ignorando que el centro no existe en política, porque todos los partidos, incluida la tan llorada UCD -llorada con lágrimas de cocodrilo, claro- son de derechas o de izquierdas, como lo son los ciudadanos, los votantes, porque en asuntos de moral o de dinero sólo se puede ser eso: de izquierdas o de derechas. Y basta con hablar de impuestos o de los derechos de la mujer para comprobarlo.
Si Pedro Sánchez emplease la mitad del tiempo que ocupa en criticar a Podemos y a los "comunistas" en construir un proyecto claro para los españoles y en explicar claramente sus intenciones, si Albert Rivera, en lugar de insistir en relacionar a Podemos con Venezuela, explicase sin tapujos su relación con las empresas del IBEX y sus finanzas, probablemente todo estaría más claro.
Mientras tanto ¿de qué van?

martes, 24 de mayo de 2016

LOS NUEVOS MIDAS


Bernie Sanders, el candidato de la izquierda del partido demócrata norteamericano, acaba de decir a EL PAÍS que "América está sufriendo y no confía en el establishment". Éste de Sanders es el gran pecado de los Estados Unidos y de quienes viven allí, mirarse demasiado el ombligo, sin ver que son parte del mundo, un mundo hecho de pequeños mundos interrelaciones, en el que todo lo que hacen y deciden unos y otros acaba teniendo consecuencias para todos. Por eso, la frase del rival de Hillary Clinton hubiese sido más correcta si, ampliando el campo de visión, hubiese admitido que es el mundo, todo el mundo, el que sufre el sistema y desconfía de él.
No entiendo cómo quienes mueven los hilos de eso que llamamos "establishment" no se dan cuenta de que, así, acaparando todos los recursos, pensando sólo en sus beneficios o dejando a la gente sin esperanzas ni futuro, la cosa no puede durar. Y no puede durar, porque, cuando la gente no tiene nada que perder, acaba por perder el miedo, todos los miedos, no puede durar, porque, con sus triquiñuelas, están devolviéndonos al siglo XIX, a esa sociedad que con tanta crudeza describió Dickens en sus novelas, una sociedad en la que el amo, el propietario de las fábricas, los talleres o las tierras y los palacios despreciaba a quienes trabajaban para él, porque, para él, eran poco más que ganado, ganado con el que se permitían de vez en cuando las pasiones, pero casi nunca el respeto y  la justicia.
A eso vamos y lo malo, lo peor, es que de situaciones como esa, la humanidad acaba saliendo, aunque con revoluciones o, lo que es peor, con guerras.
No hace tanto que los trabajadores -yo he sido uno de ellos- creían en sus empresas, las respetaban y las defendían. Hoy sería difícil encontrarlos así, porque, para las empresas los trabajadores, incluso su puesto de trabajo, son poco más que una cifra en la columna del debe, una cifra que hay que rebajar a toda costa o, si es posible, suprimir. Para los nuevos empresarios, aislados de sus empleados, como si tuviesen que protegerse de ellos, ignorantes de su esfuerzo y sus habilidades, el puesto de trabajo no vale nada, porque puede cambiarse por una máquina o, incluso, transformarse en capital puro y duro.
Las empresas se pueden deslocalizar, llevarlas a lugares en los que el coste de la mano de obra y las facilidades de todo orden que allí encuentran, impuestos más bajos, limitación de los derechos de los trabajadores y demás, las hagan más rentables. También pueden venderlas, para llevarse el dinero a paraísos fiscales, en los que se pagan pocos o ningún impuesto y donde su capital pase a formar parte de esos peligrosos fondos que conspiran contra gobiernos y países.
Mi única esperanza en este mundo apocalíptico y cruel en que vivimos es la de que alguien recuerde la leyenda de Midas, el hospitalario rey de Frigia, bendecido por Dionisos con el don de transformar en oro todo lo que tocaba, pero que, cegado por su ambición, acabó convirtiendo en maldición el don otorgado por los dioses, porque, cuando todo lo que había a su alrededor, su ropa, sus enseres, su comida, su bebida, incluso sus seres queridos, se transformó en oro. 
El mito, bondadoso con Midas, le libera de la maldición, cuando siguiendo el cemente consejo de Dionisos acaba lavando su cabeza en el río Pactolo, con lo que su mal y su ambición desaparecieron.
Ojalá los nuevos midas, los que quieren convertir en oro todo lo que tocan sin importarles el daño causado, sin medir las consecuencias, propias o a extraños, que origina su ambición, encuentren su río Pactolo y se olviden de la codicia que les está llevando a convertir en sucio dinero todo lo que tocan. Ojalá se, como Midas, se pierdan, humildes, en un bosque y nos dejen, por fin, vivir en paz.

lunes, 23 de mayo de 2016

DIGNIDAD, BANDERAS, BESOS Y UN RETRATO

Mientras la delegada del Gobierno en Madrid, tan amante de prohibir y castigar como su antecesora, nos distraía con su aberrante y felizmente frustrada persecución de las senyeras esteladas, andaba ya atareada en autorizar la mayor exhibición de odio racista y xenófobo que han visto las calles de Madrid en todos los años de democracia.
No hay que ser muy listo, tampoco muy malicioso, para, después de relacionar una y otra decisión, sacar conclusiones y que estas conclusiones se tiñan con el aroma de simpatía hacia el extremismo de la derecha que desprenden la señora Dancausa y el gobierno al que representa. No hay que ser un lince ni ser muy leído para pensar que esta señora que anda tomando decisiones en contra de la ley, lo ha dicho un juez, y en contra de la voluntad de los vecinos de Madrid y la prudencia, debería haber dimitido o haber sido cesada hace tres días.
Pero no. Pretender eso es esperar demasiado de un gobierno que, cuando quiere, está en funciones y, cuando no, prorroga el permiso para apestar la ría de Pontevedra de la papelera Sniace y toma cuantas decisiones le convienen a él o a sus amigos. Por no comprometerse, ningún miembro se pronunció a las claras, sobre la tremenda metedura de pata de la señora Dancausa al pretender prohibir que las banderas independentistas, independentistas pero legales, entrasen en el campo. Como mucho, solo se atrevieron a invocar una ley, como todas interpretable, aunque siempre de inferior rango y supeditada a los derechos contemplados en la Constitución.
Un juez sí se atrevió y levanto la prohibición quitándole la razón. Un juez y el comportamiento cívico de miles de ciudadanos que exhibieron a lo largo de todo el domingo, ventoso y como hecho para lucir banderas, las suyas y respetaron las de los otros. Miles de ciudadanos que dejaron claro que los fantasmas viven sólo en determinados cerebros y se alimentan del miedo que esos cerebros consigan transmitirnos.
Ni un solo incidente, ni un solo conato de violencia, más allá de alguna patada o agarrón a destiempo sobre el césped del Calderón. Únicamente, la pitada al himno de quienes no se sienten representados por él, o a un monarca que lleva en el sueldo tener que soportar las muestras de cariño y las otras. Todo normal, todo plácido y feliz, no sólo porque se recluyese a una y otra hinchada en lugares distintos y alejados, sino porque unos y otros, yo los vi en mi querido barrio de La Latina, se respetaron e, incluso, confraternizaron.
Lección de convivencia y, por qué no decirlo, también de coraje, la dada por unos cuantos, pocos, ciudadanos que, a cara descubierta y en solitario, se enfrentaron a esa marcha neonazi que nunca debió autorizarse y que reclamaba prioridad en las ayudas sociales para los españoles frente a los extranjeros y no por la mala conciencia de que los suyos estén detrás de la desgracia de tantos españoles parados y desahuciados, no. Lo hacían por odio, quien sabe si temor, al diferente. Y eso siempre es malo.
Fue precisamente un extranjero quien, como recientemente hiciera otra inmigrante en Suecia, se plantó ante la manifestación recordándoles el horror y la vergüenza del nazismo. Pero también hubo quienes, a pie firme y en solitario protestaron, con el puño levantado, el paso de la marcha del odio.
Ya en la plaza del Dos de Mayo, el corazón del barrio de la movida madrileña, un grupo de vecinos dejó bien claro que no querían a los intolerantes en su barrio y una pareja gay se dio un largo beso frente a las banderas y las pancartas de tan aguerridos muchachotes.
Pero la policía no tardó en intervenir, para dar protección, no a quienes defendían la dignidad y la tolerancia, sino para "defender" a los violentos disfrazados de la "agresión" que estaban soportando de ciudadanos llenos de tolerancia y dignidad. Este fin de semana en Madrid hubo besos, banderas, mucha dignidad y un retrato, el de una autoridad y unas fuerzas del orden que, en los despachos y en la calle, actuaron de parte.