miércoles, 3 de septiembre de 2014

CRUELDAD INNECESARIA



Mi intención era y es la de centrar mi entrada de hoy en toda la miseria que hoy sabemos con certeza que rodeaba a la familia Pujol ante la indiferencia o el silencio cómplice de las fuerzas políticas y la sociedad catalanas, pero la verdad es que, ante espectáculos tan lamentables como el que dio ayer el ministro Montoro en el Congreso, haciendo una vez más utilización partidista de la información a la que tiene acceso por su cargo, no puedo dejar de subrayar que se echa en falta y se hace más necesaria que nunca en España una administración profesionalizada y ajena, si no a la política, sí a los políticos y que vele realmente por los intereses de los ciudadanos y no por los del partido en el gobierno.
Fue bochornoso comprobar una vez más como este ministro prepara su picante plato, escogiendo los datos cuidadosamente para que el resultado final cause el mayor daño posible a la víctima elegida, en este caso el viejo socio de su partido, cuya cabeza no quiso servir hace tres legislaturas, cuando él ocupaba el mismo puesto y los negocios de los Pujol eran los mismos, aunque entonces no interesó llegar más allá que de dar un susto a quien tenía en su mano complementar una mayoría minoritaria en el Congreso.
No estoy defendiendo, no, a ese pequeño Ubu empeñado en parecerse a la caricatura que de él hicieron Els Joglars. En absoluto. Su actitud en los años en que, desde dentro o desde fuera de la Generalitat ha hecho y deshecho en la política catalana y en la nacional ha sido la misma que la de esos capos de pequeñas familias de la mafia que construyeron su poder e influencia mediando entre las familias rivales, administrando sus apoyo a cambio de que se respete y se agrande su territorio de influencia.
Eso hizo Pujol, mientras que, como diría un castizo, ponía el cazo para cobrar de aquí o de allá por sus favores, supongo que no en su propio nombre sino en el de su partido, el que durante tantos años aprobaba obras y contratos, el mismo que comenzó la loca carrera por el desmantelamiento de la sanidad pública en Cataluña, llevándola a la ruina y abocándola a los recortes en los que Cataluña fue pionera en España. Eso hizo ante las narices del resto de partidos y el sospechoso silencio de la prensa que vio, oyó y calló durante demasiado tiempo.
En medio de toda esta indecencia, sólo algunos héroes civiles, de esos que nunca son condecorados, sino todo lo contrario, héroes como los fiscales Jiménez Villarejo o Mena o periodistas como José Martí Gómez, se atrevieron a denunciar, en voz alta y con datos, los tejemanejes de Pujol, su familia y su partido. Los fiscales llevaron adelante la brillante instrucción del caso Banca Catalana, en la que se demostraba que Pujol hizo desaparecer, quizá heredándolos, quinientos millones de pesetas de la banca que construyó, al menos eso decía, como embrión de un gran banco nacional catalán.
La instrucción fue truncada por el servilismo de la mayoría de los jueces que en el plano de la Audiencia de Barcelona dejaron a Pujol fuera de toda responsabilidad. Fueron los años en que el pequeño Ubu se envolvió en la senyera proclamando que so ataques, ahora vemos que justificados, contra su persona eran en realidad ataques contra Cataluña. Lo curioso, lo lamentable es que el mensaje caló y Pujol acabó siendo intocable... hasta hoy.
Unos y otros gobiernos del PP y del PSOE han callado y ahogado cualquier investigación sobre los negocios del Ubu, su partido y su familia. El conocimiento de todas esas trampas, las mayores de la historia, según el histriónico Montoro, ha sido tradicionalmente el comodín con que unos y otros han conseguido el apoyo a sus gobiernos minoritarios. Todo, hasta que el partido de Pujol, al igual que hiciera él mismo en los tiempos del sumario Banca Catalana, se envolvió en la bandera de la independencia en su huida hacia adelante, cuando sus tempranos recortes empezaron a pasarle factura en las encuestas.
Quiero aclarar que aunque parecería por el título de la entrada que estoy defendiendo al pequeño Ubu de la crueldad del malvado Montoro, mi intención es la contraria, porque quien creo que está padeciendo una crueldad innecesaria es el pueblo catalán, cuyas legítimas aspiraciones a expresar en las urnas sus deseos de independencia han servido para envolver y ocultar toda la mierda que hay detrás de la imagen y la historia del que en un tiempo se hizo pasar por muy honorable.
Resulta una ironía y una crueldad innecesaria hacer pasar a los catalanes por esto. Resulta sarcástico que, al final, haya sido Pujol, el hediondo pasado, el mejor aliado de Rajoy en su pulso contra el soberanismo de Mas. Haber utilizado los sentimientos de los catalanes para taparse las miserias, como ha venido haciendo este Ubu Pujol, y utilizar esas miserias contra los catalanes, como están haciendo ahora Rajoy y Montoro, después de catorce años de tenerle en sus manos, con su expediente, es, eso sí, una crueldad innecesaria.


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martes, 2 de septiembre de 2014

LA PLAGA DEL PARO


Deberían haberlo previsto ayer los sesudos analistas de la actualidad. Deberían habernos adelantado que, puesto que Rajoy no desplegó en Soutomayor la pluma de la creación de empleo, la cifra del paro que hoy se ha dado a conocer iba a ser mala. Tan mala como ese hongo pertinaz que, una y otra vez, se empeña en arruinar la vistosidad de los rosales. Pero no hay nada que temer, porque, si las hojas, los ciudadanos, se vuelven amarillentas, se secan y se caen, las raíces, los Botín, los Florentinos y demás están cada vez más vigorosas.
El gobierno del PP, que trabaja sólo para sus amigos a expensas del resto de los españoles, entre los que, por desgracia, también están muchos se sus votantes, continúa hablando con descaro de bajar impuestos, mientras anuncia nuevos recortes y, si la gente no cae en la cuenta de tamaña e injusta contradicción, es porque todos esos analistas que, como los gatos de don Melitón, bailan en el plato que les dicen no tienen el más mínimo interés en detenerse en la tragedia de más de cinco millones de españoles ni mucho menos en relacionar ese paro con la corrupción y el despilfarro de unos pocos.
Quienes ejercen el hasta hace no tanto honrado oficio de intermediar entre lo que pasa y los ciudadanos, los periodistas, hace tiempo que disfrazan la realidad con cifras. Cifras manipuladas o no, porque hay veces que basta con saturar los oídos del ciudadano con ellas, para que dejen de tener el más mínimo sentido. Y lo digo porque creo que eso, que el exceso de información produce desinformación, es de lo poco que saqué en claro de mi paso por la facultad.
Pero volvamos al paro sin abandonar el papel del periodista. Este mes de agosto, por fin y probablemente porque no había un jefe para impedirlo, un diario económico se tomó la molestia de hacer las cuentas que no quiere hacer el Gobierno con sus cifras creación de empleo, En su reportaje, los autores tradujeron los datos de creación y destrucción de empleo a horas de trabajo desaparecidas con la destrucción empleos a jornada completa y las horas de trabajo creadas con ese empleo basura de unas pocas horas a la semana, por lo general concentradas arbitrariamente -en hostelería y comercio, por lo general- que, por desgracia es el único que se crea y del que el gobierno presume sin dar detalles.
Pues bien, resulta que, a pesar de lo que el gobierno quiere hacernos creer, el saldo es tremendamente negativo, porque aunque en teoría se han creado el doble de empleos de los que se han destruido, las horas de trabajo a que equivalen son apenas dos tercios de las que había. Y eso, a costa de deteriorar derechos, condiciones de trabajo y salarios, porque, ya es hora de caer en la cuenta de ello, una gran parte de los nuevos trabajadores cobran la mitad o menso de los que hubiesen cobrado hace apenas seis años, cuando la crisis comenzó a manifestarse seriamente en nuestro país.
Uno no llega a explicarse por qué las calles de este país no se han llenado de tironeros y por qué los mendigos que alguien reparte estratégicamente en las esquinas, las puertas de los supermercados o las panaderías son casi todos "importados". Habrá quien nos vuelva a hablar de economía sumergida, como pretendiendo que nos sintamos culpables por tratar de sobrevivir, cuando la verdadera sangría a las arcas del Estado es la que llevan a cabo las grandes empresas que cotizan por el mínimo, mucho menos que sus trabajadores, o se llevan sus cuentas a cualquiera de los países ventajistas en los que, a costa del resto, se reducen sus impuestos al mínimo.
En fin, un feo asunto este del paro que parece importar poco o nada al Gobierno que, no sólo deja a los españoles sin trabajo, sino que les deja sin médico, sin escuelas, sin carreteras decentes, mientras, eso sí, nuestros ricos siguen ganando más y más, el fútbol sigue siendo, en contra de lo que ocurre en países más ricos, cada vez más caro y los estadios siguen llenos y la deuda de los clubes a Hacienda crecen. Y es que el paro es una plaga que no parece importar a nuestros gobernantes, porque sólo afecta a algunas hojas de las plantas del jardín. Lo que olvidan es que esas hojas, antes o después son necesarias para que las raíces vigorosas, los florentinos y botines no se pudran.


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lunes, 1 de septiembre de 2014

EL SELFIE DE RAJOY


Lo de Rajoy ayer en Soutomayor, con  mil doscientos invitados en un escenario amigo y sin el más mínimo asomo de crítica n fue más que un selfie. No el primer selfie del curso político, como pretenden hacernos creer, sino el último de las vacaciones. De no haber sido por la hora, demasiado temprana, habría sido el equivalente a esa última cena que se comparte con los amigos la última semana de vacaciones, para contar anécdotas, incluso de tiempos ya lejanos, cuando se ha sido fiel al escenario de las vacaciones, y para hablar también de nuevos proyectos, a punto de partir cada uno a sus casas.
Considero un selfie lo de ayer, porque, en los selfies, el protagonista lo elige todo: los acompañantes, el fondo, la luz, el gesto.... bueno, el gesto no, porque Rajoy es de los míos que, ni a tiros, salimos simpáticos en las fotos. Un selfie caro, cuyos estrados, atriles, forillos y autobuses espero que haya pagado el partido, sin bigotes ni correas de por medio, porque la fiestecita fue a mayor gloria de Mariano Rajoy y no del presidente del Gobierno.
Por lo demás, el selfie de ayer, como todos los selfies y más los de Rajoy, no dejo el menor resquicio a la sorpresa. Todo lo dicho por el presidente era lo esperado. Todo, los velados envites apoyados en faroles a los que nos tiene tan acostumbrados, que, al final, nunca se confirman. Uno de esos faroles, el que hizo en clave agrícola, me llamó especialmente la atención. Dijo Rajoy que lo suyo no son brotes verdes -los brotes hay que verlos y los suyos no se ven- sino raíces vigorosas, que, como todo el mundo sabe, se esconden bajo la tierra y, si asoman, como asoman las de la higuera, lo hacen rompiendo algo. También algo parecido a que, si no reparten grano es porque lo están usando como simiente o, lo que es lo mismo, que habrá que esperar otro año para que todos disfrutemos de la cosecha.
En eso, hay que reconocer que Rajoy es un maestro. Nadie como el para ocultar, disfrazar o esquivar la realidad. Nadie como él para disimular y esperar, nadie como él para dejar que las cosas las arregle el tiempo o se pudran definitivamente. Lo ha demostrado con las justas aspiraciones que los catalanes tienen a expresar su voluntad. Ha dejado pasar el tiempo, ha permitido que creciesen las contradicciones, pero a sabiendas, eso sí, de que tenía en su mano el comodín de las cuentas de Pujol, un comodín que han venido guardando todos los gobiernos que en democracia han sido en España y que ninguno se atrevió a jugar por eso del "sentido de Estado" del ex honorable que compraba, a izquierda y derecha, el silencio sobre sus trampas fiscales, a cambio de su apoyo a las mayorías minoritarias de PP y PSOE en Madrid.
La estrategia perfecta con que el PP -no pensemos que son absolutamente torpes, porque algunas cosas las bordan- ha ido minando el prestigio de CiU, desenmascarando a un Pujol mezquino, a partir de los feos tejemanejes de su viajero primogénito, ha dado su resultado. Artur Mas es hoy un hombre acorralado al que desprecian sus socios en el viaje a la independencia y del que reniega su pata democristiana. Y, ahora que el president catalán anda desconcertado y, por qué no decirlo avergonzado y temeroso por las consecuencias del asunto Pujol, es cuando el PP comienza a hablar de la posible reforma de la Constitución, ahora que el pescado está macerado, considera que ya es momento de prepararlo para la mesa.
Quiere también Rajoy, lo dejó claro en su selfie, llevar adelante su reforma del sistema de elección de los alcaldes y, si no me equivoco, su intención es sólo a corto plazo, porque lo único que pretende es poder presentarse a las próximas generales con las mismas o más alcaldías de capitales que han fueron las que llevaron al PP a la Moncloa en dos ocasiones. Sabe Rajoy que los partidos ganan y pierden poder en los ayuntamientos y no está dispuesto a que eso, lo negativo, con un electorado de izquierdas más movilizado que nunca, pueda suceder.
Y sabe lo que se hace, porque ese pasar la elección de alcaldes de un sistema en el que la victoria se consigue sumando puntos y fuerzas a un enfrentamiento en el que la victoria sólo se consigue por KO también le conviene al PSOE que conservaría su poder municipal en Andalucía. Bien es verdad que, por causas y con propuestas bien distintas, el PSOE parece dispuesto a acompañar al PP en la reforma de la elección de los alcaldes. Y esa, lo quiera o no Pedro Sánchez y lo quieran o no los militantes del PSOE, será la prueba de toque del verdadero talante democrático del nuevo partido socialista, porque negar el acceso de los partidos emergentes a las instituciones es ahondar en los errores que nos han traído hasta donde llegamos a estar, con una parte importante del electorado desencantado y desesperanzado, y con el poder de decisión en manos de dos o tres partidos demasiado susceptibles de ser corrompidos.
En fin, fortalecer las profundas raíces de quienes están convencidos que el poder les pertenece por derecho y por cuna es el objetivo de Rajoy y así lo dejo claro en su selfie de ayer, el último de las vacaciones o el primero de la temporada, un monólogo entre amigos, sin el riesgo de esas preguntas inconvenientes que tanto cabrean al presidente.


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lunes, 21 de julio de 2014

COSECHA DE SANGRE Y ODIO



Me he pasado muchos años intentando entender el porqué de tanta saña de los israelíes contra un pueblo, el palestino, que tuvo la desgracia de ir a parar a lo que un día fue tierra judía y que Occidente, abrumado por la culpa de no haber querido o no haber podido evitar el holocausto o sus causas, les entregó, sin medir o, peor aún, midiendo las consecuencias de lo que hacía.
Fue entonces cuando, en contra del sentido común, casi como una operación militar más, se trasladó a la Palestina, entonces bajo administración británica, a una gran parte de los judíos supervivientes de los campos de exterminio nazi, que después de liberados se hacinaban en campos de refugiados. La presión de los lobbies judíos en el mundo forzó aquel error y el fanatismo del relativamente joven y agresivo sionismo lo lograron a costa de la riqueza y los territorios de los habitantes de lo que entonces y desde hacía siglos era Palestina.
Es evidente que aquellos judíos escapados del infierno tenían todo el derecho a la paz y a la felicidad, después de todo su sufrimiento, pero también lo es que no se puede quitar la tierra así como así a nadie. Y las consecuencias no se hicieron esperar, la convivencia se hizo imposible y los sionistas, con los medios y el entrenamiento se encargaron de hacerle insoportable la presencia a los británicos, ejerciendo con saña y sin escrúpulos el terrorismo que ahora que lo practican con sus misiles y sus tanques desde la impunidad que da saberse ese estado mimado capaz de decidir quién es el presidente de los Estados Unidos o la marcha de la economía del mundo.
Aquellos terroristas formaron el núcleo duro del futuro ejército israelí, el mismo que dinamita o bombardea hoy las casas de sus "vecinos" palestinos, sin importarle, como no le importó en aquel golpe definitivo de la voladura del Hotel Rey David, quién estaba dentro y con la coartada -también la usó ETA en el Hipercor de la Diagonal de Barcelona- de que se avisó para el desalojo, coartada que sigue vigente para los ataques selectivos a las viviendas de quienes, sin juicio de ningún tipo, han señalado como terroristas.
En eso ha quedado el estado de Israel, en un niño malcriado y pendenciero, cargado de juguetes mortíferos con los que aterrorizar literalmente a quienes no se sometan a su insolente tiranía. Me duele tener que decirlo, pero, desde hace ya tiempo, eliminados o desmotivados y ya conversos los líderes partidarios del entendimiento y la convivencia, como Isaac Rabin o Simón Peres, Israel se ha convertido en un matón que compra a sus soldados entre los judíos recién llegados de Rusia o Argentina o sus hijos,  a cambio de esas tierras que no son suyas y que son a la vez el premio para esos reclutas forzosos y un nuevo motivo de inseguridad que justifique nuevos asentamientos que, a su vez, atraerá a nuevos inmigrantes que serán nuevos reclutas, a los que se dará nuevos asentamientos y, así, hasta llegar al mar, pasando por encima de la sangre y los cadáveres de los palestinos.
Israel es un país próspero y más lo sería si gastase menos en provocar el dolor de sus vecinos. Y podía ser un país tranquilo si no estuviese gobernado por belicistas irredentos que tapan con sangre y pólvora toda su corrupción. Un país que sería imposible de imaginar en Occidente. Un país en estado de guerra permanente en el que la juventud se rebelaría como se rebeló en los Estados Unidos  contra la guerra de Vietnam, de no ser por esa perversa política de inmigración que llena sus cuarteles de jóvenes que hablan español o ruso y que, por desgracia y con el cobarde silencio de la mal llamada comunidad internacional, se ganan con el fusil en las manos la que, antes o después, acabará siendo su tierra.
Pero no acaba ahí la cosa. Nos hemos acostumbrado a hablar de la Ley del Talión, la que exige ojo por ojo y diente por diente, a la hora de la venganza, y, sin embargo, Israel se cobra dos o más ojos por cada ojo y dos o más dientes por cada diente. Lo peor es que parece algo calculado. Parece que quienes ordenan esas masacres que ya ni se molestan en justificar, tienen claro que cada víctima inocente, cada niño muerto bajo sus balas o sus bombas, será la simiente de la que surjan nuevos terroristas, dispuestos a dejar su vida en esa loca espiral de violencia. Esa espiral que justificaría a los ojos de quien no quiera ver otra cosa la existencia de ese ejército cruel que aparentemente mantiene la seguridad, pero, en realidad, siembra con sangre ajena la cosecha del futuro, una cosecha de odio y violencia, desgraciadamente justificados, que con el miedo que provoca llenará de votos intransigentes las urnas de Israel en las próximas elecciones.



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jueves, 17 de julio de 2014

INFANCIAS



Recuerdo las tardes de verano de mi infancia en el pueblo de Guadalajara donde nació mi padre y donde los primos pasábamos las vacaciones con los abuelos. Recuerdo aquel calor inmisericorde de las primeras horas de la tarde y cómo los abuelos, sabios como sólo lo son los que han vivido y trabajado en el campo nos confinaban, obligados a dormir la siesta o, al menos, a fingir que lo hacíamos, en aquella casa de anchos muros de adobe, con las persianas echadas y los balcones abiertos de par en par.
Recuerdo que, entonces, me convertía en una enorme oreja siempre presta a captar el más mínimo zumbido, los ecos del cacharreo de la vajilla de loza en la cocina de la planta baja, los saludos en la plaza de los pocos vecinos que osaban cruzar la plaza con el sol aún en lo alto. Recuerdo también que, incapaz de conciliar el sueño después del paseo de la mañana con el abuelo, aprendiendo en el campo a distinguir el tomillo, el romero, la jara y el espliego, buscando las "camas" de los conejos, que, de vez en cuando y antes de la terrible mixomatosis que los diezmó cegándolos, correteaban veloces por el monte, confundiéndonos quizá con cazadores, recuerdo las "camisas" de las culebras, los abejarucos, las hediondas abubillas y, de vez en cuando el abanico de colores de una oropéndola.
Recuerdo el cariño con que la gente de aquel pueblo trataba a mis abuelos, que habían tenido tienda y cinco hijos en él, y recuerdo los motes, porque, en aquel, como en casi todos los pueblos, había un "Demonio", un "Tío Pelos", un "Veneno"... y un "Manitas", que era a la vez el "Tío Tendero" y mi abuelo. Los había de mirada franca y sonrisa de dientes generosos y los había más reservados que, apenas devolvían un rugido sordo por el saludo que allí a nadie se negaba.
Recuerdo esas horas insomnes de la siesta, como recuerdo las largas tertulias en la calle, después de la cena, cuando la televisión no existía o, si existía, era, no como ahora, motivo de socialización y encuentro a la hora de ir o volver del "teleclub". Me enteraba, sin pretenderlo, de quién llegaba de vacaciones desde Madrid Barcelona, Francia, Alemania o América. Recuerdo que había quien, incluso, llegaba desde algún país africano. Los de Francia eran los que había tenido que huir allí tras la guerra, mi tío Francisco estaba entre ellos, los de Alemania se habían marchado allí en busca de una vida mejor y recuerdo que alguno, para probar que lo había conseguido, venía con su coche, más grande y más nuevo que los que se gastaban por acá.
Recuerdo también los tabúes perfectamente señalados por la abuela: las caballerías, que podían cocearnos o de las que podíamos caernos, los carros, traidores, llenos de alambres y clavos, y, sobre todo, los tractores, una especie de Tiranosaurios Rex, de enormes patas y manos pequeñas, inestables y siempre prestos al vuelco. También bañarnos en el río sin el abuelo y, sobre todo, en la presa, con su fondo cenagoso y llenos de hierros del forjado al descubierto. También andar solos por el monte buscando los cartuchos vacíos, con ese embriagador olor a pólvora aún, que abandonaban los cazadores y otros cartuchos, metálicos, vainas les llamaban, que aún quedaban en algunos parajes del monte, en los que se conservaban los restos de un fortín que había sido un puesto de mando durante la guerra que estableció allí uno de sus frentes.
Nos avisaban de todo aquello, también de algún resabio xenófobo contra gitanos y vagabundos. Del peligro que nunca nos advirtieron, porque no era necesario, era de que podíamos caer bajo las balas de soldados fanatizados y cobardes capaces de matar a unos niños cuyo crimen era jugar al fútbol en una playa en medio de una guerra desigual y cobarde que alguien tiene que arar y no sé cómo. 
Habrá que hacerlo antes que después, porque en la infancia, además de jugar y descubrir, se aprende a amar, a odiar y a ser feliz o infeliz.

Mi infancia, me da vergüenza decirlo horas después de lo de Gaza, fue feliz, como deben de serlo todas las infancias, porque los niños no son culpables del odio o la desgracia de sus mayores. En ella, aprendi a mirar, a escuchar, a oler, a reír, a disfrutar de lo grande y lo pequeño y, sobre todo a amar y entender a quienes tuve cerca. Quien rompe en mil pedazos la infancia de un niño no tiene derecho a vivir. Ni siquiera tiene derecho a que sus hijos, si los tiene, le besen. Quien rompe una infancia en mil pedazos, u hay muchas formas de hacerlo, no merece ser considerado un ser humano.


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miércoles, 16 de julio de 2014

MANIFESTANTES DE LUJO


Reconozco haberme sentido indignado ante la aparición de un manifiesto en el que medio centenar de "escritores e intelectuales", yo diría más bien, y salvo alguna honrosa excepción, de "ex y resentidos", reclaman al presidente del gobierno lo último que, en una democracia, se debe reclamar a quien tiene la responsabilidad de administrar el poder: intransigencia.
El manifiesto, que pide sin ambages toda la dureza de la ley contra el presidente Mas, sin descartar que se pida prisión para él, supongo, lo firman medio centenar de personas, entre las que hay algunos a los que aprecio y bastantes a los que respeto, aunque algunos hay que me merecen sentimientos contrarios, me ha molestado sobremanera, porque no recuerdo que ninguno de estos viriatos de la intelectualidad hayan dicho lo más mínimo ante leyes injustas que perjudican seriamente la salud y la felicidad de los españoles, porque no he visto su firma al pie de ningún manifiesto contra la reforma laboral, la ley de tasas judiciales, los recortes en sanidad y enseñanza, el abandono de la ciencia, los desahucios o el rescate de la banca tramposa de la que alguno de los firmantes habrá cobrado en publicaciones y bolos, a costa del hundimiento de la clase media española y la marginación de los más débiles. 
Tampoco recuerdo, ojalá esté equivocado, la firma de Albert Boadella al pie de cualquiera de las peticiones y protestas que han circulado en contra del IVA del 21% que, eso sí, tan seriamente amenaza la cultura en este país. Pero, claro, entiendo que tal cosa sería incómoda, siendo como es el director de los Teatros del Canal, por designación directa de su amiga Esperanza Aguirre.
Pero,  indignándome todo lo anterior como me indigna, lo que más me solivianta es que hayan escogido la escalinata del Congreso para hacerse la foto de familia que todo manifiesto bien publicitado requiere. Y me solivianta porque no hace tanto y durante semanas ese escenario, recinto sagrado de la soberanía popular, estuvo cercado para que la gente que reclamaba “democracia real ya” no pudiese llegar a sus puertas. Me indigna también, porque los manifestantes heridos, detenidos, identificados y multados fueron bastantes menos que ellos, pero, claro, sin obra publicada ni pensamiento digno de apadrinar nada, aunque quienes suscribieron aquellas convocatorias consiguieron más de cuatro millones de votos en las últimas elecciones. 
Creo, y lo digo una vez más, que la tensión generada a propósito de las legítimas aspiraciones del pueblo catalán esconde una partida de ajedrez en la que lo que menos importa son los peones que puedan caer en ella, porque quienes manejan las piezas, Mas y Rajoy, la utilizan como señuelo para atraer hacia sí el voto de quienes ven en España y Cataluña una amenaza o un enemigo que yo, sinceramente, nunca he visto.
No sé, pues. a qué viene ahora, en medio de esta ola de calor, a lo peor es consecuencia de ella, este manifiesto conminatorio, No sé por qué, ahora que uno y otro, Más y Rajoy, parecen haber dejado de jugar al gato y el ratón, los listos de la clase deciden "prohibir" al presidente negociar. Debe ser porque, como buenos españoles, prefieren que esto acabe en estropicio, por la tremenda. Yo, que no sé si acertada o equivocadamente he preferido siempre la palabra a los golpes, especialmente a los de estado, creo que en este país cabemos todos y que podemos arreglárnoslas para que así sea, entre otras cosas, porque no creo en los nacionalismos y micho menos en el español, quizá porque prefiero el país al territorio y las gentes a las banderas y porque no creo en los nabifestantes de lujo y porque quizá, como el poeta mexicano José Emilio Pacheco, soy reo de alta traición.

Alta traición
(José Emilio Pacheco)

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
     es inasible.
Pero (aunque suene mal)
     daría la vida
por diez lugares suyos,
     cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
     fortalezas,
una ciudad deshecha,
     gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
     montañas
-y tres o cuatro ríos.

martes, 15 de julio de 2014

REPRESALIAS



Estaba claro que el gobierno de Ignacio González en la Comunidad de Madrid no iba a admitir su derrota sin más. Estaba siendo demasiado humillante sufrir un revés tras otro, en los tribunales y desde la calle, aguantar todas y cada una de las bofetadas que le llegaban, no sólo desde las mareas blancas, que una y otra vez llenaban las calles, sino desde el mismo gobierno, al que su intención de acogotar a la Generalitat de Catalunya, recurriendo la aplicación del repago de un euro por receta, obligo, por pura coherencia, a hacer otro tanto con la medida equivalente impuesta por Lasquetty.
Fueron semanas, meses, de un  terrible desgaste para el fiel consejero, cuyo camino al martirio, como todos, sólo se explica porque, al final del camino, le esperaba la buena vida eterna. La derrota fue humillante y la dimisión del fiel ejecutor de la política sanitaria del Partido Popular contra el viento y la marea del sentido común y de la calle, que hizo de esta batalla la causa primordial contra el despotismo popular, no podía quedar sin respuesta y la respuesta, como suele ocurrir en estos casos, ha sido taimada, cobarde y a destiempo.
Los ceses, las jubilaciones y las represalias económicas dirigidas contra quienes se significaron en la protesta no han hecho más que comenzar. Al cese, por presunto "despilfarro" presupuestario de los coordinadores de varios centros de Madrid, entre ellos el que desde hace años me presta asistencia, ha ido acompañado de la supresión de determinados incentivos del personal más "rebelde" de la sanidad madrileña y ahora, ayer nos enteramos, de la jubilación forzosa de Marciano Sánchez Baile, el pediatra que desde hace más de tres décadas ha encarnado la voz crítica de las Asociaciones de Defensa de la Sanidad Púbica, al que, tras 35 años de servicio en la sanidad pública, se le rescinde definitivamente el contrato.
Las medidas están siendo tomadas por el nuevo consejero que, siendo médico, ha venido a confirmar eso de que no hay peor cuña que la que es de la misma manera, porque Javier Rodríguez,  poco a poco, en momentos clave, apagados los ecos de la movilización, como en este cambio de turno vacacional ha venido tomando estas medidas represoras que no son sino una venganza y un intento de desgajar de la piña de la protesta las voces más significadas.
No sé si lo conseguirán, sí sé que hay movimientos solidarios y dimisiones generalizadas en algunos centros. No la contundente dimisión de otros directores que se subieron al tren de la protesta pero que han saltado de los vagones en cuanto la cosa se ha puesto dura. Es triste, pero es así, Paulino Cubero el director del centro de salud de General Ricardos, mi centro, fue cesado por no seguir a pies juntilla la orden dada por la consejería de no cubrir las bajas, desobediencia que no tenía otra intención que la de no desatender a los pacientes del centro y que supuso un desfase presupuestario de veinte mil euros, menos de lo que estos que nos gobiernan se gastaban en los canapés de una inauguración.
La consejería pretende con estos ceses, no sólo quitarse de en medio a los que no son de su cuerda o son más combativos. Pretende dar ejemplo. Quiere asustar al rebaño para que no hagan frente al lobo, porque sabe que, si las ovejas se unen, como ya se ha visto, hasta el lobo corre peligro.
Pero siendo esto malo, lo peor es que los cesados tiene razón y lo han sido por tratar de paliar lo que ayer mismo denunciaba el representante nacional de Atención Primaria Urbana de la Organización Médica Colegial y que no es otra cosa que el grave riesgo que corre la calidad asistencial si no se ataja el problema de las sustituciones que, debido a los recortes materializados en esas órdenes de no cubrir las bajas por jubilación, enfermedad o vacaciones, están diezmando el personal de los centros de salud, mientras la población que requiere atención médica crece. 
Desgraciadamente, ante los graves problemas causados a uno de los mejores y más baratos sistemas de salud del mundo la única respuesta de la administración es esa: la de las represalias.


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