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viernes, 13 de noviembre de 2015

MADRID VENENO


Es difícil para alguien que no viva en Madrid imaginar que, en días como estos, el aire de la ciudad en que vivo tiene color y tiene sabor, un color parduzco, sucio, y un sabor acre que irrita las vías respiratorias, un aire que escuece en los ojos, un aire que ensucia todo lo que toca y que, por más que queramos ignorarlo y por más que, cuando lo hace, lo hace silenciosamente, también mata.
Qué lejos quedan aquellos tiempos en los que el aire de Madrid era una bendición del Guadarrama, un aire transparente, qué lejos de aquella ciudad llena de bulevares que yo llegué a conocer, qué lejos de aquella ciudad amable y tranquila, con niños que jugábamos a la pelota o a pídola en sus calles, qué lejos de aquella ciudad que era de sus vecinos y no de los coches de sus vecinos.
Madrid, el Madrid que, de repente nos ha enseñado sus garras, el Madrid que se nos ha caído encima y de repente, lleva ya muchos años siendo así, lleva muchos años matándonos en silencio, aunque los que nos han gobernado gasta ahora se hayan encargado de ocultárnoslo. Madrid es una ciudad en la que sus vecinos han sido ofrecidos en sacrificio a esos nuevos dioses que son el coche y el cemento, una ciudad que ha renunciado a la tranquilidad y al silencio para que algunos, los de siempre, llenen sus bolsillos vendiéndonos las viviendas lejos del trabajo y, para llegar de un lugar a otro, los coches y las autopistas que ahora nos ahogan.
Madrid, quienes lo gobiernan, se ha gastado miles de millones que durante años tendremos que pagar aún los madrileños y nuestros hijos, se ha gastado miles millones, de pesetas o de euros, en cubrir sus plazas de "scalextrics" que no hacían otra cosa que levantar los coches del suelo y enterrar al peatón en una maraña de pasadizos sucios y lúgubres, un territorio hostil e inimaginable que le convertían en un ser asustadizo y huraño, agobiado por el humo, el polvo y el ruido.
Luego se gastó otro tanto en desmontar todos esos pasos elevados para meter los coches bajo tierra, con las calles llenas de vallas y trincheras mientras el dios cemento extendía sus reales, ahora por el subsuelo. Y, mientras, a Madrid, como a un perro al que no se quiere, se le puso un collar, también de cemento y asfalto, para que quienes seguían viviendo a una hora del trabajo o del colegio de los niños rodeasen la ciudad que nunca llegarían a disfrutar. 
Y en eso llegó Alberto Ruiz Gallardón, el gran simulador, que nos convenció de que también había que enterrar los coches del collar, ajado ya y sucio, para que los amigos, siempre hay amigos de esos, se llevasen el "pastón" de unas cuentas nada claras, al menos hasta ahora, pero que estamos pagando y pagaremos nosotros. Unas cuentas, un dinero, que mejor invertido habría estado si, en lugar de servir para meter coches, fábricas de humo, en la ciudad, se hubiese empleado en dotar al transporte público de mejores y más medios, trenes y autobuses eléctricos, cómodos y limpios, para que quienes se mueven en Madrid y hacia Madrid no tuviesen excusa para traer su fábrica de humo al centro, algo que, por desgracia, hacen día tras día, desde hace décadas.
Pero, para concluir y volviendo al aire irrespirable que no se merece esta ciudad, habrá que decir que no es que haya empeorado desde que Manuela Carmena la gobierna. Lo que ocurre, simplemente, es que, por fin, alguien con sentido común se sienta en el despacho de alcalde y ese alguien nos dice una verdad que se nos ha estado ocultando desde hace mucho tiempo, cambiando de lugar, incluso, las estaciones de medición de la contaminación del aire, llevándolas al borde de los parques para engañar a los vecinos y a la Unión Europea, mucho más estricta que los irresponsables a quienes pagamos los impuestos.
Lo cierto es que hoy, de repente, los madrileños que lo usan han tenido que prescindir de su coche. Y lo bueno es que tendrán tiempo para pensar en todo lo que se podría haber hecho para evitar que aquel Madrid idílico del que hablaba al principio, convertido hoy en Madrid Veneno.


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lunes, 2 de junio de 2014

HACE RATO QUE ESTÁN DESAFINANDO



A la afirmación que da título a esta entrada le sigue en "La banda borracha", la canción de Mike Laure que Luis Aguilé popularizo en Espala, ese pegadizo y obsesivo "lo que pasa es que la banda está borracha”,  uno de los estribillos más repetidos que recuerdo. Y algo de eso debe haber en la política española, porque, la verdad, es que unos y otros, todos, hace tiempo que están desafinando.
Lo ocurrido ayer con el magistrado del  Constitucional Enrique López, metido a martillazos por el PP en el tribunal, después de haber sido vetado por toda la oposición tiene. a la vez, un cierto aroma de justicia poética y una nada despreciable moraleja, muy apropiada, precisamente en estos días en que la DGT ha puesto en marcha una campaña contra el consumo de drogas, el alcohol es una de las más habituales, entre los conductores, porque el señor López, que, supongo que consciente, pese a su estado, de la que se le venía encima, hizo lo imposible para trampear la prueba de alcoholemia, obligando a los agentes a repetirla hasta siete veces, dio finalmente una cifra cuatro veces y media superior a la autorizada que judicialmente se trata como delito, deja antecedentes y, por tanto, conlleva la suspensión de su carrera como juez.
El PP se había empelado en colocarlo en el Constitucional en un momento clave, dadas las deliberaciones que siempre, pero especialmente ahora, debe tomar tan alto tribunal. Se empleó a fondo hasta el punto de cometer la irregularidad de nombrarle pese a no haber completado los años de carrera que requería el cargo, después de haber ejercido como portavoz muy al gusto del PP en el Consejo General del Poder Judicial y ahora, después de tanto esfuerzo en colocar a su peón en el pleno, el Gobierno se ha visto obligado a recomendarle la renuncia, que yo ayer elogié y que, sin embargo, habría sido irremediable en cuanto se pusiese en marcha, qué ironía, la maquinaria judicial.
Estas cosas pasan porque, en este y otros nombramientos, este y otros gobiernos suelen fijarse más en la lealtad o el clientelismo que en la idoneidad para los cargos. Bien es verdad que, al menos en el TC, el PP tiene ya un historial cuando menos pintoresco, con magistrados como el dimisionario López o como el ya desaparecido García Calvo, que fue denunciado por un ciudadano por amenazarle con una pistola en medio de una discusión de Tráfico.
Qué mal se les da, por cierto, eso del tráfico al partido del gobierno y sus amigos, porque, sin prueba de alcoholemia de por medio, el desplante de la presidenta del partido en Madrid, Esperanza Aguirre, a unos agentes de movilidad puso en entredicho hace semanas el escaso respeto que esta señora siente por la autoridad que no controla. No sé si por soberbia o por imprudencia, estos señores hacen muy poco por mejorar el respeto que la ciudadanía debe tener a sus autoridades.
No sé si Enrique López, todo un magistrado del tribunal que supone la última barrera dentro de España en la defensa de los ciudadanos, dijo a los policías que le detuvieron aquello de "no saben ustedes con quién están hablando", ni siquiera sé si se tenía de pie y hablaba con soltura. Lo que sí está claro que esos 1,12 miligramos de alcohol en sangre le nublaron la conciencia tanto como para jugarse la carrera, pero, fundamentalmente, la vida propia y quizá otras ajenas al saltarse un semáforo en rojo mientras conducía su motocicleta ebrio y sin casco. Lo que sí sé es que tengo derecho a dudar del criterio de este magistrado que, sin duda, tantas decisiones que afectan a tantos habrá tomado.
Por más que se empeñen en las palabras grandilocuentes, los trajes oscuros y la pompa, estos señores que nos gobiernan y nos juzgan “hace rato que están desafinando”.



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