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miércoles, 27 de junio de 2018

VIDAS ROBADAS


Qué español de más de cuarenta años no ha oído hablar del hombre del saco, ese personaje siniestro, huidizo, apenas visto en la distancia o, simplemente, imaginado con su saco a cuestas, para encerrar en él a los niños desobedientes, los que se negaban a comer o a dormir y a los que se alejaban de casa más de la cuenta. Afortunadamente. ese personaje siniestro y la crueldad de su historia, como método para asustar a los niños y volverlos obedientes, está prácticamente desaparecida del imaginario de los niños españoles, en el que la pobreza, los vagabundos y los pedigüeños son ahora, por desgracia, demasiado habituales.
Otra cosa son sus padres y madres que, quien más, quien menos, saben de historias de niños perdidos en clínicas, de niños sanos fallecidos inesperadamente, de la noche a la mañana, han oído hablar del cuerpecito de un pobre niño, congelado, que, en la nevera de un hospital, apenas mostrado, era usado como señuelo para evitar las preguntas incómodas de unos padres desconsolados. Han oído hablar de nuevo hombre del saco, vestido con bata blanca, ayudado por monjas y enfermeras, que se llevaba los niños sanos de mujeres jóvenes y sanas, para entregarlos, a cambio de regalos y limosnas, o a precios perfectamente tasados, a matrimonios sin posibilidad de engendrarlos por sí mismos, como un regalo que se hacía a los buenos clientes, los de pago, a costa de sus pobres madres, ingresadas afiliadas a la sociedad de turno.
Ese era el sistema: en maternidades privadas que también atendían a beneficiarias de algún seguro médico, se organizaba cuando convenía la comedia del falso parto en el seno de una pareja estéril, mientras una planta más arriba o más abajo, en la zona "de caridad", se escribía la tragedia de otra pareja que acabaría saliendo de allí con las manos vacías o, en todo caso, con un pequeño ataúd vacío también y un montón de papeles confusos, imposibles de verificar entre las lágrimas.
Estas historias, crueles como pocas, no son de hace un siglo. No han salido de una novela de Dickens o Zola, son de hace apenas medio siglo y tienen sus villanos. Por ejemplo, el doctor Eduardo Vela, quien, con su coqueta clínica del madrileño Paseo de la Habana, estuvo robando niños hasta hace bien poco, ya en democracia quizá, mientras su patrimonio iba creciendo, tanto como el número de parejas felices a costa del dolor de otras.
Yo mismo fui testigo cercano de un caso parecido, que afortunadamente quedó en intento, en otra prestigiosa clínica madrileña, cuna del rey y sus hermanas, en la que una monja perversa trató de convencer a una amiga, universitaria y soltera, que le entregase a la preciosa niña que acababa de parir, de la que, según la religiosa, no iba a poder hacerse cargo. Afortunadamente, el padre de la niña echó de allí a la siniestra monja que, con toda seguridad ya tenía adjudicada a esa preciosa niña que hoy es madre a su vez. Ese era otro sistema, otra táctica. En España había ya democracia y habían mejorado los controles médicos y jurídicos, pero la miserable red de los nuevos hombres del saco no había cejado en sus intenciones y acosaba a jóvenes madres, sin recursos, deprimidas tras el parto, para quitarles esos bebés, preciosos, que fácilmente "colocarían" a su "clientela".
Sin embargo, y siendo espeluznantes los crímenes del doctor Vela, sor Teresa y tantos cuantos se han dedicado a arrancar recién nacidos de los brazos de sus madres, lo peor es el resultado de todas esas vidas robadas, esas madres, esos padres, privados de sus hijos y, cómo no, la de esos niños "fuera de contexto", condenados a vivir vidas que no eran las suyas, a querer a unos padres que no eran los suyos y a no conocer a los suyos, porque el peor crimen del miserable doctor Vela, refugiado ahora, a la hora del juicio, en una improbable desmemoria, es el de haber borrado todo rastro de sus fechorías, haciendo imposible el reencuentro y dejando en cada una de sus víctimas un poso amargo que ni el más descarnado de los novelistas del XIX imaginó para sus personajes.

viernes, 13 de abril de 2012

LA MONJA DEL SACO Y LOS CUARENTA LADRONES


Recuerdo que, de pequeño, mi abuela, para enseñarme a desconfiar de lo y de los desconocidos, me hablaba a veces del "hombre del saco", aunque también lo hacía del "sacamantecas". Dos mitos que, al parecer, no lo eran tanto, porque ahora sabemos que, durante décadas, esta finca de señoritos a caballo de los privilegios que dan el poder y el dinero ha sido escenario de tropelías inimaginables siquiera en los temidos personajes de la infancia.
Ayer resultó patético -y muy chocante- ver a la aparentemente compungida y molesta Sor María Gómez, la primera cara conocida de la "mafia" que durante décadas estuvo robando niños a las recién paridas de varias maternidades madrileñas, subiendo las escaleras de los juzgados, rodeada de una unidad antidisturbios de la Policía Municipal de Madrid.
Resultó patético, porque es muy difícil imaginar compungida a quien durante tantos años y tantas veces ha sido capaz de tanta crueldad como para cometer los horribles crímenes de los que, parece que con razón, se le acusa.
No me extraña que la señora Gómez, de profesión "monja del saco", se sienta incómoda a la verdad pública que le ha caído de golpe a los ochenta y siete años, aunque no parece tener mal aspecto para su edad. Probablemente lo que le ocurre es que, a ella que se ha creído el brazo ejecutor o, mejor dicho, corrector de la "voluntad divina", investida del poder de deshacer familias, robando niños a sus madres legítimas, para vendérselos o regalárselos a otras más acomodadas y más cristianas que, amén de dejar una buena limosna, garantizaban a los niños una educación cristiana y misa y pastelitos los domingos.
Ese es el mayor pecado de la iglesia católica en su conjunto y de una parte importante de sus funcionarios: creerse agentes de la justicia divina, con derecho a castigar el amor, feliz o desgraciado, si es fuera del matrimonio y premiar la rectitud y el dinero, aunque estén construidos sobre el sadismo y la explotación. Bendecir el poder y despreciar lo humilde ha sido casi siempre su divisa y no hay más que ver a los obispos del franquismo, brazo en alto, junto a quienes rapiñaron este país y aún tenían las manos manchadas de sangre.
Lo chocante de la presencia de la policía del ayuntamiento madrileño, dando protección a una imputada a la entrada de un edificio público que cuenta con su propia seguridad, deja de serlo en cuanto uno de entera de que "la monja del saco" actuó en clínicas que tenían mucho que ver con la familia Botella, puesto que el tío de la alcaldesa de Madrid, el ultraconservador ginecólogo José Botella Llusía, cuyo paso por el decanato de la facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid en pleno franquismo aún se recuerda con espanto, fue fundador y director de la clínica O'Donnell, una de las maternidades en las que actuó la trama.
La memoria, cuando como los Botella o los Mayor Oreja tienen los armarios llenos de esqueletos, es mejor dejarla en paz. Por eso no me extraña el empeño de quienes como Ana Botella en cambiar el final y el sentido de los cuentos infantiles. Quizá algunos de los personajes le recuerdan en exceso a su familia.


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