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jueves, 22 de septiembre de 2016

APRENDER DE LA DERECHA


Cuando uno cae en la cuenta de lo distinto que es el comportamiento de la izquierda y la derecha ante los conflictos, especialmente los internos, comienza a entender muchas cosas. La derecha es siempre una piña, para la que los trapos sucios se lavan en casa, mientras que la izquierda es una corrala, un patio de vecindad, en el que afloran las envidias, en el que se exageran los errores y se agrandan las diferencias, siempre que se puede, cuando no se deja al compañero persistir en el error, para verle estrellarse y ocupar la silla que deja vacía.
Sé que todo es matizable y que también en la derecha hay esperanzas aguirre y se crean gestapillos para espiar a los compañeros. No seré yo quien les niegue el derecho a abrigar las pasiones, pero, o son más discretos a la hora de odiarse, o cuentan con la complicidad de los medios que las suavizan, cuando no las silencian.
toso esto me viene a la cabeza después de escuchar al candidato del PP a la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo, justificar, si no defender abiertamente a Rita Barberá, en su calvario por los tribunales, tratándola como una compañera más, pese a que, a la hora de elegir, la ex alcaldesa optó por quedarse con el escaño y tirar a la basura el carné y una militancia de cuarenta años en el PP y su antecedente, la Alianza Popular de Fraga.
Para Feijóo, el hecho de que Barberá no se haya enriquecido personalmente, algo dudoso, si se tiene en cuenta que ha vivid como una sultana, viajando, comiendo y pernoctando en coches, restaurantes y hoteles de lujo, a cuenta, claro, del dinero de los ciudadanos y recibiendo regalos no menos lujosos y atenciones de quienes hacían "negocios" con el ayuntamiento que creyó suyo para siempre.
Feijóo parece perdonar a Rita como el mismo se perdona por haberse subido, no una, sino varias veces al barco equivocado, con la persona equivocada, que, y lo dice para disculparse, hace veinte años cuando compadreó con él, sólo se dedicaba al contrabando de tabaco, actividad generalizada y socialmente aceptada en las costas gallegas, y no al narcotráfico.
Qué envidia me dan. Se lo callas, todo, se lo perdonan todo, nada, por grave que sea, les pasa factura en las urnas. Cuánto mejor le iría a la izquierda si se dejase de reproches, justificados o no, a los compañeros, cuanto mejor nos iría a quienes queremos ver este país gobernado por progresistas. Un sueño que, de momento, parece imposible, porque la izquierda española parece empeñarse siempre que tiene oportunidad en partirse las piernas para no avanzar.
Sólo alguna que otra carambola, aunque sea tan trágica como fue aquel 11-M y la más que estúpida gestión que de la información sobre las investigaciones del atentado hizo el gobierno de Aznar, nos permiten alguna que otra alegría. esa o el desgaste de una derecha que, como la UCD de Adolfo Suárez, quiso bajar del monte de los oligarcas para arrimarse al pueblo llano.
Es lamentable este canibalismo de la izquierda, por el que todos mueven la silla a todos, por el que todos conspiran contra todos, lo mismo en un partido con más de un siglo, como el PSOE, que en Podemos que apenas tiene un lustro de existencia. No hay más que ver el cariño que los barones del PSOE le tienen a Pedro Sánchez o esa pelea "a los cuatro vientos" que parece haberse desatado en las filas de Podemos.
Quizá nuestra izquierda debería aprender de la derecha, aunque, mirándolo ben, prefiero quedarme donde se ejerce, en mayor o menor medida, la democracia interna. Prefiero llevarme algún que otro disgusto, cabrearme de vez en cuando, antes que vivir en la paz del cementerio en el que yacen desde hace décadas la autocrítica y el debate interno. De la derecha, aprender la unidad, no la mordaza.

miércoles, 16 de octubre de 2013

POLÍTICA Y JUEGO

 
 
Definitivamente, hay quienes entienden la política como un juego y los órganos de representación de los ciudadanos como un casino y, desgraciadamente, esta actitud no es exclusiva de España, porque el espectáculo que está propiciando el "Tea Party" republicano en los Estados Unidos es digno de las últimas secuencias e "El rey del juego", en la que Steve McQueen, el héroe, y Edward G. Robinson, el villano, se lo juegan todo antes de enseñar la última carta, aunque con una diferencia, en la película, el villano tiene una cierta ética y sentimientos.
En la realidad, todo es mucho más vulgar y más sucio. Ahí tenemos a los Estados Unidos, toda una gran potencia económica, al borde de la bancarrota y con la amenaza de arrastrar en ella al resto del mundo, porque una serie de políticos iluminados e intransigentes quieren ganar al presidente Obama en el pulso por "reventar" económicamente la ya aprobada y bien aprobada, aunque algo descafeinada reforma sanitaria. Son un puñado de intransigentes, ideológicamente repugnantes, enemigos de todo lo que huela a solidario o a extensión de derechos, herederos de lo peor del ultra liberalismo neocon de las eras Bush, padre e hijo, pero conscientes de que la reina de diamantes necesaria para completar la escalera de color está en su mano y de que, con ella, tienen a su favor la partida, pero, no ya ésa en la que pretenden echar abajo los presupuestos, sino la que podría apear a su propio líder de la presidencia del Senado.
Aquí vivimos algo parecido con un Partido Popular y un Artur Mas tirándose los trastos a la cabeza sin otro interés que mantener encendida la caldera electoral para calentar su pobreza de ideas, su mala costumbre de fabular la política y soltar nubes de colores con la que distraernos haciéndonos mirar al cielo, cuando lo que debería preocuparnos es cómo están las cosas en el suelo. Saben de sobra que la cosa les funciona y que, así, nos tienen entretenidos y contentos y cuentan para el juego con la ayuda inestimable de la clac periodística, que no duda en subrayar con sus oh y sus ah cada una de sus fétidas nubecillas.
Cada día maldigo el momento en el que nuestros políticos descubrieron que todo tiene un precio, también la prensa, y el valor de la propaganda simbiótica que entre unos y otros podrían llegar a hacer. La cosa funciona como en el dignísimo arte de la prestidigitación y la magia, en el que el político mago suele contar con una pretendidamente vistosa, aunque cada vez más ajada, ayudante, la prensa, con la que hacer sus números. Una ayudante que con sus contoneos y lentejuelas conduce nuestra mirada donde el mago quiere y la aparta de lo que no quiere que veamos.
Acaba de ocurrir en Galicia, donde el presidente Feijóo anunció ayer a bombo y platillo una rebaja de medio punto en el tramo autonómico del IRPF, unos cuarenta y cinco euros por contribuyente y año, sólo horas después de haber vuelto a subir el "céntimo sanitario" en las gasolinas, un impuesto que pagan todos los gallegos, tengan ingresos o no, y que, a la larga, acaba repercutiendo en todo lo que se consume.
En fin el juego de la política, lleno de trampas, en el que se nos oculta lo importante que es el día a día y se nos prometen quimeras que, en el peor de los casos, para ellos, claro, quedarán pendientes para una próxima legislatura.
 
 
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