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miércoles, 22 de enero de 2020

LAS CARTAS SOBRE LA MESA


Ayer, Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid gracias a los votos de Vox, que sigue y seguirá cobrándose su apoyo, reveló lo que desde hace meses era evidente, que el faltón Miguel Ángel Rodríguez, el periodista de las malas artes, las listas negras y los insultos. iba a ser su jefe de gabinete con un salario de 93.000 euros al año, quizá porque la presidenta piense que lo vale.
Aún recuerdo la primera vez que tuve coincidí con Rodríguez, al que complacía ser llamado MAR, como a otro Miguel Ángel, Fernández Ordóñez, gustaban llamar MAFO. Fue en la calle Génova de Madrid, junto a la sede de la Audiencia Nacional, a pocos metros, en la acera de enfrente, de la sede nacional del PP. Corría el año 1989 y un jovencísimo Miguel Ángel Rodríguez acababa de llegar de Valladolid acompañando a José María Aznar, al que había servido con sólo 22 años como portavoz de la Junta de Castilla León, de donde traía fama de practicar el juego sucio con la prensa y los rivales de su "jefe" y amigo. 
Era ya de noche, más de las diez, y so esperaba novedades sobre un comando etarra que acababan de trasladar ante el juez, junto a una unidad móvil de la SER. Recuerdo como si fuera hoy a aquel joven con la cara cubierta de acné, preguntándome si aquella” móvil" era para ellos, convocados para una entrevista en directo que, finalmente iba a ser en los estudios. El caso es que, en esos minutos de duda y mientras todo se aclaraba, le solté un "qué tal por aquí" de cortesía, al que me respondió, sin saber quién era yo, con una serie de exabruptos para los hasta entonces responsables y trabajadores del PP en Madrid a los que, según dijo, venían a "meter en vereda" porque eran todos unos vagos. Y me lo dijo así, de buenas a primeras, supongo que porque lo tenía claro y estaba deseando ponerse manos a la obra.
Luego supe de la fama que le precedía, de sus listas negras de periodistas, de las fichas que manejaba con datos de su vida privada: infidelidades, inclinaciones políticas, deudas y cualquier otro secreto que, en un momento dado, pudiese ser usado contra él. En fin, material para la extorsión en el más puro estilo mafioso. También comprobé la estrecha relación que mantenía con su jefe, José María Aznar, al que acabaría sirviendo como portavoz del gobierno y al que, es indudable, le une algo más que amistad. También, y por desgracia, cayó en mis manos una de sus espantosas novelas, publicada sin duda más por quién era que por cómo escribía.
El resto de su trayectoria es de sobra conocida, sus acusaciones de nazismo, al desaparecido doctor Montes, falsamente acusado falsamente de practicar la eutanasia en las Urgencias del hospital Severo Ochoa de Leganés, al que comparó con Mengele y al que tuvo que indemnizar tas ser condenado por esa barbaridad.
Rodríguez es esa boca caliente que tanto gusta al electorado conservador, un tipo que insulta sin el menor recato, un tipo que difama y acusa sin fundamento desde el poder. No hay más que recordar sus campañas contra los trabajadores de Telemadrid, la televisión pública madrileña objetivo de los negocios privados del nuevo jefe de gabinete de Ayuso, a los que una y otra vez tilda de vagos, como aquella noche hizo con los de la sede del PP. Y tampoco le duelen prendas a él que, después de causar un tremendo estropicio conduciendo borracho su coche, llamar cocainómano a cualquiera.
Es un tipo zafio y cruel con sus enemigos, a la vez que simpático y dicharachero con los amigos, un tipo que lleva meses detrás de la errática personalidad de la presidenta de Madrid que, ahora, por fin pasa a figurar como jefe de gabinete con un suculento sueldo, él que odia lo público, de casi cien mil euros al año. Mejor así, con las cartas sobre la mesa.


sábado, 4 de mayo de 2013

BEBER POR ENCIMA DE SUS POSIBILIDADES

 
 
Qué poco edificante resulta enterarse de que quien fuera portavoz del Gobierno con Aznar, el mismo que fue condenado por llamar nazi al doctor Montes, responsable de las Urgencias del Severo Ochoa de Leganés, al que desde su partido se tildaba de exterminador de moribundos, el mismo que, durante su etapa de portavoz de la Junta de Castilla León, manejaba listas negras de periodistas, con dosieres sobre su vida privada, el mismo que montó una rentable agencia de publicidad y que se multiplicaba y se multiplica en las tertulias de las televisiones del TDT party, fue detenido en la noche del viernes al sábado, por conducir en tal estado de embriaguez que "repasó" con su coche la chapa y las ruedas de varios vehículos aparcados en una tranquila calle de lo más tranquilo de Madrid. ¿Éste caballero y otros como él son los que nos dan lecciones de moral a cada minuto?
Sé que muchos estarán pensando ahora en las veces que también ellos han conducido "pasados" de copas y sé también que se dirán que no pasó nada porque ellos "controlan" y saben cuando tiene que parar, que la ley es muy severa y ellos metabolizan bien. Por si fuera poco, en la cultura católica se sustituye la responsabilidad por la culpa y, si nadie nos ve -sólo dios lo ve todo, pero nadie le ha visto nunca- la falta, la culpa, la asunción de responsabilidad desaparece.
Cuando Miguel Ángel Rodríguez fue detenido, a instancias de vecinos y viandantes, por policías municipales que, al menos el que dejó la nota, deberían mejorar su ortografía, fue sometido al control de alcoholemia y, en dos ocasiones dio resultados en torno a un gramo de alcohol por litro de sangre, el segundo, ya en comisaría y más preciso, por encima de ese gramo por litro, lo que para un tipo, grandullón como él, ya es beber.
Rodríguez, una vez que dejó la comisaría sin contestar a las preguntas de la Policía, acogiéndose al derecho de no declarar en su contra y a través de twitter, se disculpó ante los propietarios de los coches afectados y la sociedad, algo que, al menos yo, no lo considero suficiente. Tengo demasiado reciente el caso de Ortega Cano, absuelto del delito de conducir ebrio por una triquiñuela legal, para no pensar que el hombre de confianza durante décadas del marido de la alcaldesa no fuera tratado con sumo cuidado por policías del ayuntamiento y, probablemente, de haber sido un jovenzuelo de los muchos que cada fin de semana se ponen al volante después de una noche de copas, no me atrevería a decir lo mismo.
Afortunadamente, los coces estaban aparcados y sin nadie en su interior. Afortunadamente, no salió a la carretera en esas condiciones y, afortunadamente, no circulaba a gran velocidad, lo que resultaba imposible en esa calle. Si hubiese habido víctimas, qué estaríamos diciendo. Me viene a la memoria, por ejemplo, que Emilio Romero, en pleno franquismo, salió de rositas de un accidente en el que, si mal no recuerdo murió el matrimonio que viajaba en el coche con que chocó de frente. Espero que esos tiempos no puedan repetirse, a pesar del afán indulgente del ministro Gallardón y que, sobre Miguel Ángel Rodríguez, por ser un personaje público, caiga, como ejemplo, todo el peso de la ley. Sólo así, me quedaré tranquilo.
Ahora pienso en las circunstancias en las que se encogorzó el ojito derecho de Aznar ¿saldría de una cena, de una tertulia, de su oficina, de un bar de copas? ¿Con quién estaba Rodríguez? ¿Estaban como él o estaban peor? ¿Por qué no le impidieron ponerse al volante en ese estado? No lo sé y me temo que nunca lo sabremos. Solo sé que, el viernes por la noche, Miguel Ángel Rodríguez había bebido por encima de sus posibilidades y pudo haber causado una tragedia.
 
 
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