Mostrando entradas con la etiqueta Mendicidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mendicidad. Mostrar todas las entradas

lunes, 12 de diciembre de 2016

LOS MEDIOS, CULPABLES


Quién no ha escuchado estos días la terrible historia, no ya de Nadia, la niña enferma que sus padres paseaban de plató en plató de televisión, reclamando la solidaridad de los conmovidos ciudadanos, mientras crecían las cuentas corrientes y los caballos del coche de la familia. Una historia patética, digna por su regusto amargo de las páginas que dejó escritas Charles Dickens o de las de cualquiera de nuestras novelas picarescas, por ese descaro, esa falta de escrúpulos y ese uso y abuso que, del sentimentalismo y la lágrima fácil de los demás, ha hecho gala con maestría digna de mejor empeño el cabeza de tan conmovedora familia.
La historia parece, como os digo, de otro tiempo y ha sido posible, entre otras cosas, porque ninguno de nosotros o, en todo caso, muy pocos somos capaces de imaginarnos utilizando a un niño, más aun, a un hijo, sangre de nuestra sangre, para vivir "del cuento". Pero esta historia no es de otro tiempo, no. Esta historia es de ahora mismo. Es una historia del tiempo en que las redes sociales difunden al instante y en igualdad de condiciones, o así lo parece, cualquier opinión. Es una historia que sólo ha sido posible en el tiempo de las televisiones en continuo tal show, de los tiempos de la información inmediata, del despliegue por el despliegue, una televisión en la que todo parece estar "a la última", todo, menos el periodismo y sus reglas.
Porque el periodismo, aunque últimamente no lo parezca, tiene reglas. Reglas que están más cerca del modo de hacer de la redacción de la oscarizada "Spotlight" que del inmoral director de periódico que encarna Walter Matthau en "Primera plana". Y una de las principales premisas que contemplan esas reglas es que cualquier información, para ponerla a disposición de los lectores, los telespectadores o los oyentes, ha de estar perfectamente comprobada y confirmada. Lo malo es que, al menos es esa la impresión que yo tengo, es que, últimamente, la regla que se impone es aquella que dice que nunca debes dejar que la verdad te arruine una buena historia. Y eso es lo peor que nos llenan la pantalla de “buenas historias" llenas de verdades a medias o, incluso, de mentiras descabelladas.
Ese ha sido, tristemente, el caso de la historia de la niña Nadia y su familia. Una historia increíble que, sin embargo, fue creída, no ya por los telespectadores que, últimamente, bombardeados a cada instante con mentiras disfrazadas de verdad y verdades que perecen mentiras, no acaban de distinguir claramente unas de otras, sino por esas decenas de redactores y editores de programas con millones de seguidores que "tragaron" con esa imagen de un padre buscando bajo las bombas en una cueva de Afganistán al científico capaz de salvar a su hija.
Menos mal que siempre hay alguien, en este caso dos redactoras del diario EL PAÍS, que siguieron todos los pasos que sus colegas de otros medios, especialmente las televisiones, obviaron. Gracias a ellas y gracias a su tesón para comprobar cada uno de los detalles de la disparatada historia del padre de la niña Nadia, supimos de la cara dura y la falta de sentimientos de un hombre dispuesto a pasear a su hija vía televisor por los hogares de medio país, mientras pasa el plato de sus cuentas corrientes que le asegura su tren de vida,
No parece que fuera tan difícil desmontar esta historia que ahora está en los tribunales con el padre detenido, la madre sin pasaporte y la niña con una tía, una vez retirada su custodia a tan tramposos padres. No lo era y, quizá porque arruinaba un bonito cuento, nadie se tomó la molestia de buscar a los misteriosos sabios que la atendían, ni exigir una certificación del diagnóstico a los "atribulados" padres, todo lo que ha hecho ahora el juez que, ante la falta de respuesta, les acusa de utilizar a Nadia para ejercer la mendicidad.
Todo muy triste y muy chusco. Sin embargo, lo más triste, lo más chusco del enternecedor "cuento" de Nadia es que los mismos medios que fueron colaboradores necesarios e irresponsables para que el padre de Nadia pudiera montar su "negocio", una vez desvelada la trampa, no han entonado el "mea culpa" que nos deben, no ha habido dimisiones ni tan siquiera una nota de disculpa ¿para qué, si la segunda parte de la historia, la de los padres pícaros y estafadores es tan buena como lo fue la que se "tragaron" como colegiales. Lo más triste es que los medios son tan culpables como esos padres, porque, sin ellos la mentira y la estafa no hubiesen sido posibles. Pero ya, se sabe, la vida sigue y el espectáculo debe continuar.

viernes, 30 de noviembre de 2012

JUSTICIA, NO MISERICORDIA


Cada vez que puede, este gobierno que, no dios, sino los votantes del PP, arrepentidos o no, nos han dado, muestra lo más católico de su ser, dándonos, con el trile de sus leyes y decretos, el cambiazo de dos conceptos que poco o nada tienen que ver: la justicia y los derechos por misericordia y caridad.

Diréis que últimamente os hablo mucho de lo que dicen mis amigos, pero me viene a la memoria lo que un viejo amigo, hijo de un alto ejecutivo de banca, le dijo a su madre a la puerta de una iglesia, cuando al recogerla tras la misa, se les acercó un mendigo con su mano extendida "Dale algo -le dijo- porque trabaja de pobre para que tú puedas ir al cielo". Más allá de lo que de boutade tiene la historia, describe perfectamente la función que cumplen en la vida de un cristiano la caridad o la misericordia.

Lo demuestran, decía, a cada paso que dan. Declaran un día de luto, como han hecho con el de hoy, tras la muerte de la quinta víctima de la vergonzosa por evitable tragedia del Madrid Arena y, sin embargo no trabajan los trescientos sesenta y cinco días del año para evitar que se produzcan hechos así. Es lo de sentar pobres a las mesa una vez al año o darles unas monedas a la puerta de la iglesia, en lugar de buscarles un techo o un trabajo digno o de distribuir la riqueza con justicia.

Este gobierno no quiere que el Estado se ocupe de los discapacitados. Los debe querer en las esquinas o en las disputadas escalinatas de algunas iglesias, como la de la madrileña calle del Carmen, en la que, en estas fechas, se mezclan quienes piden limosna con quienes cándidamente buscan en "Doña Manolita" que un golpe de suerte les saque del pozo de la crisis.

Este gobierno no es capaz de solucionar el problema del paro, porque sólo entiende de cuentas, si es que entiende, porque el ministro De Guindos, el de las cuentas, demuestra a cada instante que no tiene ni idea. Este gobierno arroja cada día que pasa a miles de ciudadanos al paro y con cuantos menos derechos, mejor. Este gobierno está estrangulando al Estado hasta dejarle apenas un hilillo -de eso sabe mucho Rajoy- por el que llegue el aire a los de su clase.

No les importa que las familias que tengan un dependiente en grado severo en casa se vean obligadas a sacrificar a uno de sus miembros para dedicarle al cuidado del dependiente, sin trabajo, sin pensión y, en muchas ocasiones, sin vida propia. No les importa expulsar del parlamento  a quienes reclaman dignidad para esa labor. No les importa y lo que quieren, donde nos llevan, es a esos tiempos que creíamos felizmente superados, en los que una de las hijas, generalmente la mayor, era sacrificada y encerrada en vida, sin conocer la calle ni, mucho menos, varón, para ocuparse de la vejez, no ya de los padres, sino del patriarca familiar.

Este gobierno ha decidido privar de sus derechos, la seguridad social, por ejemplo, a quienes trabajan en el cuidado de los dependientes. Este gobierno está devolviendo los pobres a las calles. Pobres cada vez más agresivos, que te abordan, te paran e incluso te sujetan el brazo para pedirte "para un café". Y es que, si aumenta la demanda, la competencia se hace feroz. De ahí a cosas peores que no quiero ni nombrar, hay muy poco trecho.

Nos hablan de la crisis como si de una plaga bíblica se tratase. No sé si os habéis fijado, pero ya, para que nadie le haga las cuentas, sus propias cuentas, ni siquiera hablan de la herencia recibida. Yo tengo muy claro por qué pasa lo que pasa. O, al menos, dónde está una parte de responsabilidad de lo que pasa. Es tan claro como que, si hay pobres en las esquinas, es porque Florentino Pérez tiene un yate que no cabe en muchos puertos o porque Emilio Botín no se pierde un Gran Premio "in situ", Si hay gente que de verdad se muere de hambre y de frío es porque cada tarde se tiran en Madrid o en cualquier otra gran ciudad bandejas y bandejas de canapés ofrecidos a quienes ya están artos de ellos.

No hay justicia. No se respetan los derechos. El poder se pasa lo fundamental, trabajo, vivienda, salud y educación por allí mismo. Y las consecuencias, al menos las más visibles, se tratan al católico modo: con misericordia, caridad y beneficencia.

 
 
 
 
Puedes leer más entradas de "A media luz" en http://javierastasio2.blogspot.com/ y en http://javierastasio.blogspot.es y, si amas la buena música, síguenos en “Hernández y Fernández” en http://javierastasio.blogspot.com/