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martes, 3 de febrero de 2015

PACTO ¿ANTI QUÉ?



Cómo me alegro de no tener ya nada que ver con ese partido que, en 1982, trajo la ilusión a este país y que, tras unos años en los que realmente llevó a cabo una importante transformación del mismo, para, después, recular, al tiempo que sus dirigentes dejaban olvidados en el armario la pana y los principios, para arrimarse a los círculos del poder económico, abandonando a aquellos que tantas esperanzas habíamos depositado en ellos.
Debimos darnos cuenta con aquel referéndum "de la OTAN" que, como dijo hace poco el mismo González, hoy no convocaría. Lo cierto es que, entonces, resignados o convencidos por el encantador de serpientes que era Felipe, tragamos. Y cómo. Luego vinieron todas las reconversiones, la primera reforma laboral, la bajada de pantalones de Guerra a propósito del concordato, el sometimiento, que aún perdura, a las mafias de las basuras en los ayuntamientos, todos esos señores que, como Bono, de simples profesionales del derecho, pasaron a tener "para enterrar una vaca", la patada en la puerta, los primeros pactos antiterroristas y el que Jiménez Aguilar firmo por la Justicia, entregándonos atados de pies y manos, junto a las llaves de los tribunales, a quienes siempre habían sido los amos de la Justicia.
Y callamos, porque, al fin y al cabo, eran los nuestros, porque, si lo hacían, seguro que sería por nuestro bien. Y qué equivocados estábamos, porque, a la postre, por vocación o por mala conciencia aquellos "héroes de barrio", que tanto se parecían a nosotros, dejaron de hacerlo para ser cada vez más "intercambiables" con ellos, con los otros, con los hijos de quienes nos impusieron su terribles posguerra, amasando sus fortunas con nuestra desgracia o quienes, años después, han querido seguir sus pasos.
De entonces parecen haberle quedado al PSOE malos hábitos. Por ejemplo, la necesidad de revestirse de esa pátina con la que, en tiempos, justificábamos los excesos anti democráticos de Manuel Fraga o Jordi Pujol. Tienen la necesidad de sentirse hombres de Estado, para diferenciarse de la chusma, no sé si, en su imaginario, obrera o arribista, cuando les muerden los tobillos. Y, para poder meterse en el disfraz, necesitan desprenderse de eso tan incómodo para algunas cosas que son los principios y que han ido dejando tirados, como la ropa los amantes, camino del tálamo, de la mano del PP.
Pedro Sánchez fue ayer la novia en la fiesta que le había preparado Rajoy. Y para llegar allí, entregó como dote un buen puñado de nuestros derechos y libertades. Tragó con una ley infumable que es, a ojo de los expertos y los juristas más prestigiosos, inútil o redundante en los fines que dice perseguir, pero que, de paso, deja nuestra privacidad y nuestras vidas desprotegidas y en manos del ministro del Interior de turno. El mismo que, como todos los sábados, hace dos se inventó para los telediarios una importante operación "anti yihadista", con helicóptero militar y todo, contra los Kouachi españoles, a los que se les incautó un peligroso arsenal de cuchillos y una pistola. Y no digo que no hubiese sido preciso detenerlos, no. Lo que digo es que este ministro o sus asesores sufrieron un arrebato místico y se pasaron, como siempre, en la propaganda.
No sé, de verdad, qué necesidad tenía España de una pacto como el que ayer firmaron Mariano Rajoy y Pedro Sánchez- Ninguna. Sí sé, en cambio, que, con él, a Fernández Díaz, y espero que por poco tiempo, le va a ser más fácil husmear en nuestras comunicaciones, aficiones y costumbres y que, en adelante, el escrutinio implacable y canalla a que están siendo sometidos los dirigentes de Podemos y cualquiera de nosotros va a resultar mucho más fácil.
Nos dicen que este pacto de boxeadores sonados, este abrazo del oso, esta entrega de Pedro Sánchez a Mariano Rajoy,  es por nuestro bien y por nuestra seguridad. Nos dicen que demuestra la firmeza de nuestro país frente al terrorismo islámico. Yo, personalmente, creo que está diseñado contra nosotros, para hacernos un poco menos libres y felices.


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jueves, 12 de abril de 2012

Y, AHORA, LOS GRILLETES


Como haría un viejo boxeador que conoce sus limitaciones, el Gobierno nos tiene arrinconados y ocupados en tratar de sobrevivir a los golpes que, en forma de recortes y subidas, va descargando en nuestro costado, mientras aguarda el momento de propinarnos en el mentón el golpe de gracia que nos deje fuera de combate, pero teniendo claro que el rival, nosotros, entraña peligro mientras sigue en pie. Los recortes, las marrullerías en forma de amnistía fiscal, las subidas de precios, como la más que desproporcionada del transporte en Madrid, el desmantelamiento del empleo en el sector público y demás maravillas nos tienen ya sin resuello, al borde del KO, pero ahí estamos.
Lo que ocurre es que, después de haber entregado al PP las llaves del país con una mayoría absoluta tan poco representativa como peligrosa, el pueblo golpeado comienza a revolverse en el rincón de la calle, devolviendo alguno de los golpes. Y, claro, el gobierno que, con la mayoría absoluta en el Parlamento, tiene las llaves para cambiar el reglamento, quiere al rival en el rincón, a merced de sus golpes, atado y amordazado recibiendo uno detrás de otro, cada uno de sus golpes.
El ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, experto en los asuntos de la porra tras su paso por el gobierno civil de Asturias y, posteriormente, Barcelona sabe que, con los derechos que otorga la democracia en la mano, la calle no es completamente suya. Y sabe también que, con las herramientas que ponen a nuestra disposición las nuevas tecnologías, la capacidad de movilización y la posibilidad de aportar pruebas de los abusos policiales, la calle es un barril de pólvora al que, continuamente, el Gobierno arrima el ascua de sus arbitrariedades.
Por eso, con la inestimable colaboración de Gallardón, otro nostálgico del antiguo régimen, Alberto Fernández Díaz quiere mandar a chirona a quienes hagan en la red onvocatorias que puedan acabar en incidentes. Y qué convocatoria puede no acabar así si se siguen infiltrando provocadores -habría que saber quién y desde qué despacho los infiltra- y se siguen cometiendo excesos policiales.
También pretende que acaben en la cárcel quienes ejerzan la resistencia pasiva, el arma con que Gandhi  recuperó la corona del Imperio Británico, la India, para los indios, la misma con la que Martin Luther King conquistó para los negros los derechos humanos, hasta hacer posible que un negro presida los Estados Unidos.
Y no es que Fernández Díaz y sus compañeros del gobierno desprecien el valor de esos derechos, todo lo contrario. Saben que con la resistencia pasiva se puede cambiar el mundo y saben que la primera obligación de alguien con conciencia es la de oponerse a las leyes injustas. Supongo que sabe y, si no, le recomiendo que repase la historia de "los cuatro de Greensboro", aquellos cuatro estudiantes negros que, con el mero gesto de sentarse pacíficamente en la barra sólo para blancos de la cafetería de unos grandes almacenes dieron el primer paso para cambiar las injustas leyes racistas de Carolina del Norte. Eran nietos de esclavos y querían los mimos derechos que los blancos que, como ellos, nacen desnudos.
Hoy, hay quien pretende convertir España en una plantación llena de esclavos de todos los colores, incluidos los blancos. Ya han creado las condiciones o van camino de hacerlo. Les falta ponernos los grilletes, pero Jorge Fernández Díaz ya está trabajando en ello. De momento, más de uno ya está engrasando el correaje.


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