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martes, 8 de marzo de 2016

OTRA VEZ OCHO DE MARZO

Otra vez ocho de marzo y, de nuevo, las mismas reivindicaciones, los mismos derechos incumplidos, la misma desigualdad, la misma injusticia. Aún recuerdo aquellos años de mi infancia en los que, en plena dictadura, la mujer, la pata quebrada y en casa, era una máquina de parir y crear hijos, una máquina de limpiar, barrer, fregar, lavar y cocinar, a la que, si salía, también le correspondía hace alguna "faena" fuera de casa y, siempre, atender los deseos del rey de la casa, que, para ello se había convertido con el matrimonio en el "reposo del guerrero". Hace de eso ya medio siglo y, sin embargo, mucho de eso que os digo sigue siendo una realidad sangrante.
En una época como la que vivimos, la mujer suele ser la primera que pierde en la familia su puesto de trabajo "decente", con un salario más o menos digno, seguridad social y pagas, para pasar a la legión clandestina de asistentas que, de casa en casa, y así completar, ahora en negro, los ingresos dejados de percibir. En unos años en los que la fuerza de trabajo se ha devaluado, en lo que ha caído de modo cruel el precio de cada hora trabajada en el mercado, el trabajo de las mujeres lo ha hecho mucho más que el de los hombres, hasta niveles en los que la mensualidad se convierte casi en una afrenta, en un insulto. Y, cuando ya nadie tiene trabajo en el hogar, es la mujer la que limpia culos o friega escaleras para llevar algo que comer.
Vivimos unos tiempos muy duros que son más duros para las mujeres, porque, casi siempre, los hijos y la casa son más de la madre que del padre. Unos tiempos en los que las niñas tienen muchas más posibilidades de acabar con una escoba, un trapo o un puchero en sus manos que los niños, tiempos en que se les sigue enseñando a someterse y callar. Unos tiempos en los que, ante las dificultades, para, por ejemplo, estudiar en la universidad, quienes se quedan a este lado del obstáculo son casi siempre ellas. Unos tiempos en los que las becas, el ariete con el que echar abajo esos muros, están dejando de fluir, apartándolas de ese "ascensor social" que, al menos hasta hace poco, habían sido los estudios superiores.
Y, eso, si se es español con todos los derechos, porque las otras, las que han venido a España a ganar un sueño, las que hoy, como ayer las españolas iban a Francia, Alemania o Suiza, vienen a nuestro país a ganar un sueño, a dar estudios a sus hijos aquí, o a pagarles una carrera y una casa allí, ellas, lo tienen mucho más difícil.  Y no es difícil verlas, reventadas de trabajar, cruzando Madrid o cualquier otra gran ciudad en el metro, cansadas, tristes muchas veces, para llegar a una cama en una habitación de una casa compartida, en la que, a veces, tiene que sufrir los abusos de cualquier compañero o del propio marido ebrio, corriendo el riesgo indeseado de sumar otro hijo a la prole o el de someterse a un aborto que no siempre se lleva a cabo en las mejores condiciones.
Y eso me lleva a otro asunto, el de la salud, el del derecho a estar enfermo, que a las mujeres no siempre se les reconoce, porque su trabajo es más inseguro y porque faltar uno o más días al trabajo puede llegar a suponer una quiebra en esos sueños por los que luchan estas mujeres que, haga frío o calor, cuidan a los niños o a los padres de otros como no pueden cuidar de los suyos. Doble castigo el de ser mujer y trabajadora, que se convierte en triple si esa mujer es, trabajadora en un país extraño que no le reconoce todos sus derechos y en un castigo infinito, al que sólo una mujer puede sobrevivir, si, además de todo lo anterior, la mujer, con sus hijos, huye de una guerra o del terror que se apodera de su tierra y se convierte ella misma en hogar y refugio de su prole.
Es ocho de marzo, un día, no para celebrar, sino para reivindicar un respeto y una igualdad que, por desgracia, aún están muy lejos.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

ESCLAVA TE DOY...

 
 
 
Esclava te doy y no compañera. Esa parece ser la interpretación que de las escrituras hace ese fósil con faldas que habita el arzobispado de Granada. Cómo decirle a un personaje como ese que la mujer tiene exactamente los mismos derechos, LOS MISMOS, si no más, que los hombres. Cómo decirle que vivimos en el siglo XXI y bien entrado. Imposible. No sé que le han enseñado y que ha aprendido a lo largo de su vida. No sé cómo era la familia de Javier Martínez antes de que decidiese cuál iba a ser su futuro y que éste iba a consistir en meter sus narices en los armarios y las alcobas de todos esos ciudadanos que considera "sus" feligreses y sobre los que cree tener autoridad moral y pastoral.
No le bastó a suseñor Martínez, arzobispo de Granada, con poner a las mujeres que abortan a disposición de cualquier macho que quisiera abusar de ellas. No le bastó con acusar de asesinato a las mujeres que deciden abortar, sea cual sea la causa por la que lo hacen, no. Martínez ¿el facha? dirige una editorial, dependiente del arzobispado, destinada, dice, a dar a las mujeres "una visión cristiana" del mundo, Y es esa editorial acaba de aparecer un pestilente manual firmado por la italiana Constanza Miriano que, bajo el título "Cásate y sé sumisa", pretende ser, para las mujeres católicas, una especie de manual de instrucciones para ese difícil oficio que es el de esposa.
La verdad es que la tal Constanza y el arzobispo podían haberse ahorrado el esfuerzo, porque, para nuestra desgracia, la cultura heredada de nuestros padres y abuelos está llena de refranes, consejos e imágenes para los que el librito de marras resulta redundante. Demasiado muchos machotes, y no exclusivamente los nacidos y educados bajo la dictadura, con derecho a mandar a esposas, madres, hijas y hermanas y ser obedecidos sin rechistar. Demasiado me duele esa herencia cultural como para que vengan ahora un obispo machista y una autora no menos machista a meter en su máquina del tiempo, tan siniestra como rancia, a las incautas mujeres que, en Granada o fuera de la diócesis, cometan el pecado de ignorancia compren el panfleto.
Tan rancio, tan anacrónico y tan delirante es lo que ha hecho Martínez, que hasta el PP de Andalucía le ha pedido que retire el libro. Algo que evidencia que personajes como el arzobispo viven en su particular castillo, con los puentes levantados y el foso lleno de preceptos y amenazas, ajenos a la realidad de este siglo, calificando de pecado todo lo que creen una amenaza porque son incapaces de entender.
Izquierda Unida ha pedido a la Fiscalía que intervenga para retirar de la circulación un libro editado con fondos públicos, porque el arzobispado se financia con dinero público, y que va en contra de lo más elemental de nuestra constitución: la igualdad sin distinción. Creo que ya basta de abusar desde la posición que dan instituciones como la iglesia católica que, no contentas con haber tarado durante siglos a generaciones y generaciones de hombres y mujeres que, por tradición o incultura, que a veces es lo mismo, han seguido a pies juntillas lo que a veces sólo eran caprichosos delirios de hombre enfermos.
Ayer, casi inmediatamente después e conocer la historia del arzobispo y su panfleto, escucha a una mujer que a punto estuvo de ser asesinada por un macho que no aceptaba su decisión de romper su matrimonio. Una mujer que, recién salida de una operación de doce horas, aún aturdida por el dolor tuvo que escuchar como su madre, potencial lectora del librito, le recriminaba el escándalo a que había dado lugar. Una mujer que vive prisionera de su miedo, mientras el agresor, después de haberla atropellado y degollado hasta que acudieron los vecinos, está ya en libertad.
Recordé también la escalofriante  historia que una amiga me contó de su abuelo, quien después de tener dos hijas de su esposa y estando esta de parto, se marchó al Casino, no sin antes advertirle que le avisasen, sólo si la criatura era varón y que, de no ser así, se preparase para recibir una paliza.
Uno y otro comportamientos son hijos del pensamiento que predican el libro y el arzobispo que lo defiende, de ese "compañera te doy y no esclava" que, por interesada dislexia se confunde en su escaso y enfermizo cerebro.
 
 
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