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jueves, 5 de mayo de 2016

LA VIEJA IZQUIERDA



"Ni pidas a quien pidió, reza un viejo aserto, ni sirvas a quien sirvió". Un aserto que traduce en dos frases lo que suele ocurrirle a quien muda "para bien", o sea hacía arriba, de condición. Y lo que suele ocurrirle, por desgracia, es que olvida, cuando no desprecia, lo que fue.
Algo tan lamentable, porque dice poco de la condición humana, es lo que le ha ocurrido al secretario de Organización del PSOE, el riojano César Luena, quien a sus treinta y seis años, o sea, nacido cinco años después de la muerte del dictador, en plena efervescencia democrática, se permite hacer chanza, si no despreciar, aquella izquierda que, durante los cuarenta años del franquismo mantuvo vivas en este país la llama de la resistencia a la dictadura y la esperanza de que este país volviese a ser lo que nunca debió dejar de ser. Un desprecio que no es nuevo en su partido porque, no hay que olvidarlo, ya en plena transición, cuando aún se encarcelaba a comunistas por el hecho de serlo, al entonces secretario general de su partido, Felipe González, no le hizo gracia que Adolfo Suárez legalizase el Partido Comunista, a las puertas de las primeras elecciones democráticas.
Seguro que nadie le ha contado al "aguerrido" César Luena, el secretario de organización incapaz de organizar su partido, que ese partido llegó al gobierno de los ayuntamientos de la mano del Partido Comunista de España, ese sobre el que hoy ironiza y previene a quienes le quieren escuchar. Claro que tuvo que, si llegó a enterarse, tuvo que ser de oídas, porque Luena parece de esos que creen que la tierra echó a andar cuando él llego al mundo y se parará cuando se vaya.
Esa vieja izquierda que hoy desprecia quien es mano derecha de Pedro Sánchez, es la que, a través de la lucha, durante mucho tiempo clandestina, de los sindicatos, especialmente Comisiones Obreras, y de las asociaciones de vecinos puso las bases de la estructura que mantuvo la esperanza de que, algún día, este país dejase de estar gobernado por la derecha. Por eso, César Luena, ahora que el PSOE está más cerca que nunca de la derecha, vieja o nueva, y a los hechos me remito, se permite ironizar sobre la probable alianza de la izquierda a la izquierda del PSOE, aunque bastaría decir "la izquierda", y, si lo hace, es porque puede superarles, porque, juntos, Podemos y sus mareas, Izquierda Unida y su UP y cuantas fuerzas quieran sumarse a esa coalición, pueden superar las barreras de la tan perversa Ley D'Hont, haciéndose con los "restos" que, en las pequeñas circunscripciones, han otorgado siempre los escaños a los dos grandes partidos.
Luena, que ha unido su destino a Pedro Sánchez, quizá porque ni uno ni otro tenían donde elegir, sabe que, si la temida coalición cuaja y obtiene más escaños de los que Podemos e IU-UP obtuvieron por separado, su destino y quizá ´también el de su partido estaría escrito y no para su bien. Luena sabe de sobra que, pase lo que pase, su partido, tocado por su excesiva cercanía a Ciudadanos y su sectarismo frente a Podemos, tiene las horas contadas, al menos con su actual estructura. Y sabe, o debiera saber, que esa "gran coalición" que alientan alguno de sus barones y el "parque jurásico" que dormita en sus despachos, los de sus fundaciones y algún que otro consejo de administración, sería el final para un partido que fue parte de la vieja izquierda y que lleva tiempo renegando del sudor, del olor a lejía y a cocina y de los monos grasientos o sucios de cemento, porque, desde hace ya demasiado tempo, en vez de pisar el suelo, lo que pisan es una mullida moqueta.
A César Luena no le gusta, porque le da miedo, "la vieja izquierda". A mí sí me gusta la izquierda y creo que este país se merece ser gobernado por la izquierda. Y, puesto que él y su partido, el de las primeras reformas laborales, el de las corrupciones propias o las consentidas, el que, desde el sillón de gobernador del Banco de España consintió el saqueo de las cajas y las preferentes, reniegan de ella, bienvenida sea la vieja izquierda.

viernes, 5 de febrero de 2016

MI DILEMA CON LA IZQUIERDA


Con los resultados de la encuesta del CIS en la mano, una absurda encuesta, realizada a unos pocos días de esa gran e incontestable encuesta que son las elecciones, me asombra que la derecha no se hunda o que, al menos, el voto del PP se trasvase a Albert Rivera y sus vetos, que, al fin y al cabo, es el mismo PP, o peor, pero sin corrupción o corruptos todavía.
Pero no es eso lo único que me asombra. Me asombra también, y sobre todo, que Alberto Garzón, el líder de IU y candidato de la Unidad Popular sea el político mejor valorado por los encuestados y que haya quedado a sólo dos décimas del aprobado, algo que tiene mucho mérito, estando como está al frente de una coalición que tomó en ruinas y arruinada, más, si se tiene en cuenta que Alberto Garzón fue "fumigado" de los debates televisivos, con el vergonzante y silencioso asentimiento de quienes se atribuyen la representación de la izquierda.
Los españoles somos a veces, demasiadas, rojos "de boquilla", que nos asustamos ante la posibilidad de que esa izquierda que defendemos en tertulias de barra de bar y conversaciones, se materialice y que se imponga la redistribución de la riqueza y la justicia social, porque todos consideramos que lo nuestro es nuestro y que lo que hay que repartir es lo de los demás. Han sido y son demasiados años de adoctrinamiento televisivo, de imposición de demasiados modelos estereotipados y basados en que, para triunfar hay que tener cuanto más mejor, como para pensar en impuestos y obligaciones.
Por eso hemos votado durante tanto tiempo al PSOE, porque pensábamos que daba la de cal y la de arena que necesitábamos para tranquilizar nuestra conciencia. El partido socialista era para muchos de nosotros como el tabaco bajo en nicotina o la coca cola light, que nos permitían seguir fumando o bebiendo refrescos, sin castigar nuestros pulmones o engordar. Sin embargo, de sobra sabemos que una y otra cosa no hacen sino disparar el consumo y agravar sus consecuencias, algo parecido a lo que nos ha ocurrido a quienes votábamos al partido de González o Zapatero, que, con la crisis, nos hemos despertado más sorprendidos, deprimidos y cabreados que el resto.
Yo, por ejemplo, hace ya tiempo que no considero al PSOE como partido de izquierdas. No porque se haya evidenciado que carece de democracia interna, una utopía que no se materializa en ningún otro partido, tampoco porque compadrease con la gran empresa o porque se haya doblegado al poder de la iglesia católica, especialmente en materia económica o educativa, no. Lo que me ha puesto para siempre lejos de sus siglas ha sido comprobar cómo ha dado la espalda a los más perjudicados por la crisis y como ha sido incapaz de defender el trabajo como un bien social cuya creación no debe quedar sólo en manos de los empresarios. De modo que, para mí, que vivo y voto en un territorio tan duro como Madrid, las opciones a la izquierda han quedado reducidas a Podemos e Izquierda Unida - Unidad Popular.
Y es en ese estrecho territorio donde me divido entre una organización llena de posibilidades y de impulso positivo, como la surgida del 15-M, cuyo líder, y lo he dicho y escrito muchas veces, no me gusta un pelo y otra, con demasiado pasado y no siempre bueno a sus espaldas, que tiene al frente a ese líder brillante y convincente, al que apenas cuesta seguir y creer, del que difícilmente podemos pensar que esconde segundas intenciones, como me ocurra con el histriónico Pablo Iglesias. Debe ser un dilema generacional, no porque me asuste la juventud de sus dirigentes, de edades parecidas, sino porque, aunque se exprese con la rotundidad mitinera de Iglesias, el mensaje de Iglesias me parece tremendista y balbuceante, frente al decir tranquilo y firme de Alberto Garzón. Quizá por eso Pablo Iglesias, aunque utilizó a Izquierda Unida como excusa, no quiso compartir lista con Garzón. 
Por eso me duele que la gente sea capaz de reconocer las virtudes del malagueño y, sin embargo, le niegue su voto. Como dijo ayer Garzón al ser preguntado por su reconocimiento personal en la encuesta del CIS, parafraseando a Anguita y Suárez, preferiría que le quisiésemos menos y le votásemos más.
Ese es, en resumen, mi dilema con la izquierda ¿os imagináis cual sería ahora el panorama si IU-UP hubiese obtenido más escaños? Cuánto me hubiese gustado votar a Garzón y lo que representa con la gente de Podemos. Posiblemente, ahora estaríamos hablando de otra cosa.