Mostrando entradas con la etiqueta Final Copa del Rey. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Final Copa del Rey. Mostrar todas las entradas

lunes, 23 de abril de 2018

CAMISETAS Y PITOS

Pocas cosas hay más peligrosas, quién lo duda, que una camiseta o una bufanda de color amarillo. Todo el mundo sabe que las carga el diablo, que, con ellas, se puede subvertir a todo un país y que ese color tan estridente queda feo en la grada de un estadio. Además, desde hace siglos sabemos, porque los romanos nos lo enseñaron, que, con muchas piedrecitas, aparentemente insignificantes, se puede escribir y se pueden componer imágenes, imágenes que, en el caso que nos ocupa, la final de la Copa del rey en el nuevo Metropolitano, podían herir la sensibilidad de Felipe VI o, más fácil de creer, la de las almas sensibles a las que ofende el ejercicio de la libertad de expresión.
Quizá por ello, el despliegue policial de la tarde noche del sábado en los alrededores del estadio tenía entre sus fines el de encontrar y requisar sin orden ni concierto varios miles de peligrosas camisetas y bufandas de color amarillos que sus propietarios, pacíficamente, fueron depositando en contenedores sin que, que yo sepa, les fuese firmado recibo alguno por ellas, como si de un cortaúñas o un frasco de perfume más voluminosos de los permitido requisado en un aeropuerto se tratara. Una medida arbitraria que sólo es posible adoptar cuando previamente se ha domesticado a la ciudadanía para que, en aras de una presunta seguridad, ante cualquier medida de este tipo y bajo el chantaje de que, de no mostrar la docilidad requerida, perderán su avión o la final tanto tempo esperada.
¿Dónde han ido a parar todas esas prendas incautadas, dónde van a parar los cortaúñas de Barajas? ¿Se queman, se destruyen o se donan a una ONG para que los distribuya en países necesitados? No lo sé ni creo que lo llegue a saber nunca, pero he ahí un bonito reportaje para el que quiera desarrollarlo, un reportaje digno de "Equipo de Investigación" de La Sexta. Mientras tanto, creo que el safari del sábado sólo responde a un calentón, otro, del ministro Zoido que, una vez más, ha conseguido salir en las portadas y las cabeceras de los telediarios por todo lo contrario de lo que pretendía. No sé si el ministro sevillano es consciente de ello, pero lo de la caza del culé de amarillo ha tenido el mismo efecto que lo del crucero disfrazado de Piolín: le ha puesto en evidencia otra vez ante propios y extraños, dejando claro que en ese ministerio algunas decisiones se toman sin meditarlas demasiado.
Lo que no pudieron evitar Zoido ni el coro de comentaristas y correveidiles de siempre es que el himno español se llevase otra sonora, valga la redundancia, pitada, pese a los esfuerzos del DJ del estadio que subió el volumen del himno hasta límites peligrosos para los tímpanos o de los cantores del "lolo lolo", empeñados de acallar los pitos.
¿No se dan cuenta de que la principal función de los símbolos, y el himno es uno de ellos, es el de ser pitados o abucheados, ni de que pitar a un himno o una bandera es una sana manera de descargar toda esa adrenalina que, de quedarse dentro, entonces sí, puede transformarse en violencia? ¿Cuál será la próxima ocurrencia? ¿Quizá colocar bozales a quienes lleven escrito en la mirada que piensan pitar al himno, la bandera o al rey o amputarles uno de los labios, para que no puedan silbar, como en la Edad Media se amputaba un par de dedos a los prisioneros para impedir que pudiesen volver a disparar un arco el resto de sus vidas?
Lo del sábado fue tan ridículo como crueles eran las salvajadas medievales y, además, completamente ineficaz, porque, aunque el árbitro y sus ayudantes fueron los únicos que pudieron "pasar" legalmente camisetas amarillas, irónicamente fue el color escogido para pitar la final, y silbatos, el "ruido" de la patochada policial aún resuena. 
Por cierto, hubo justicia poética, porque el ministro Zoido, conocido sevillista, no acabó bien la noche, porque tuvo que ver a su equipo del alma derrotado por un humillante 0-5

jueves, 19 de mayo de 2016

BANDERITAS


Soy de esos españoles a los que años de franquismo han inoculado una especie de enfermedad, una alergia, que les impide emocionarse en presencia de banderas e himnos, cuando no les empuja a temblar de miedo o de rabia, porque no entienden que un trozo de tela de colores más o menos vistosos, con el rojo de la sangre derramada en casi todos, con el que, como decía mi abuelo Eustasio, se llevaba a la gente al matadero.
Todavía recuerdo los muertos que en el final de la dictadura y la transición causaron las banderas, muertos por poner o quitar banderas en montes, peñas, balcones o cualquier lugar prominente, desde los que ese paño "sagrado", entonces la ikurriña, ondease altivo y desafiante. La bandear era entonces causa de violencia y de muerte. Y lo fue hasta que alguien cayó en la cuenta de que prohibirla no iba a acabar con ella, ni mucho menos con lo que representaba, en una de las decisiones más sensatas de toda la transición.
De ahí a su reconocimiento oficial como bandera del País Vasco, medió apenas una constitución y las primeras elecciones libres en el territorio. A partir morir o matar por colocar la ikurriña se transformó en la "borroka" de todos los años en todas las fiestas por el lugar que debía ocupar en los balcones de los ayuntamientos vascos y navarros y si debía hacerlo junto a "la española" o no, algo que sólo dio lugar a más violencia y a detenciones y cárcel, aunque, con el tiempo, se ha quedado en poco más que un episodio más de dichas fiestas.
Por desgracia y vuelvo al abuelo Eustasio, las banderas son las más veces y dependiendo del uso que se haga de ellas se convierten en instrumentos, si no de dominación, de opresión, de agresión y, por qué no, de rebeldía. Y en esas estamos ahora, con un gobierno que, en lugar de restar importancia a banderas como la estelada que representa al independentismo catalán y que, al fin y al cabo, es, como el propio independentismo, legal  de todas todas, las convierte en "casus belli" y las prohíbe en la final de copa del próximo domingo, leyendo la ley a su antojo, de manera torticera, y causando con ello un escándalo mayor que la hipotética pitada al rey que, en el fondo, trataría de evitar y que estoy seguro de que se producirá corregida y aumentada,
Prohibir esa bandera, registrando y cacheando uno por uno a los espectadores que acudan al campo, es, una medida tan humillante como desproporcionada que, en el mejor de los casos ensanchará los pulmones de quienes estimen oportuno silbar y gritar al rey y al himno. No se gana nada con ello y, desde que me enteré ayer, no hago otra cosa que preguntarme si se prohibirá la entrada de banderas rojigualdas, con o sin aguilucho, si quedarán excluidos del registro quienes ceceen o quienes exhiban bufandas o banderas del Sevilla.
Será una pérdida de tiempo y dinero, un despliegue innecesario de las fuerzas del orden que estarían mejor empleadas en garantizar la seguridad en el campo esa noche y fuera del campo todos los días del año. Y más en un país que ayer rebasó con su deuda el 100% de sus ingresos, en un país que no es capaz de enjugar su déficit porque hay quien prefiere rebajar los impuestos de quienes tienen ingresos elevados, aunque sea a costa de la caja de la Seguridad Social y la protección de los más débiles, en un país en el que "los patriotas", los de la banderita en la solapa o en la correa del reloj, se llevan el dinero, nuestro dinero, sí el nuestro, ese que nos quitan en salarios y prestaciones, a paraísos fiscales fuera de nuestras fronteras, en un país en el que muchos correligionarios de la delegada del Gobierno que prohíbe las banderas están o van a estar ante el juez por "robar" el dinero destinado a viviendas, colegios e infraestructuras para gastarlo en campañas electorales, horteradas o llevárselo a Suiza. Un país, en suma, que tiene muchos problemas y más importantes que atender como para desperdiciar tiempo y esfuerzos en requisar banderas.
Claro que, bien mirado, este país tiene como ministro del Interior y superior, por tanto, de la delegada del Gobierno, a un señor que impone condecoraciones a figuras de escayola, madera, tela, encajes y oro o a guardias civiles, dos veces en veinticuatro horas, que arrancaron a palos de la alambrada que les separaba de su futuro a inmigrantes africanos en Melilla.
Este país no está para símbolos ni banderitas, este país está para que alguien se lo tome en serio y piense en todos los ciudadanos y no sólo en aquellos de los que persigue el voto.