Ayer, mientras hacía tiempo, esperando a una amiga para comer, asistí a un
interesante debate, mientras tomaba una cerveza en una terraza de la calle
Columela de Cádiz. No pude ver las caras de quienes en él participaban, porque
los tenía a mi espalda. Sin embargo, por sus voces deduje que eran de mediana
edad, algo que en estos tiempos de jóvenes de treinta y cinco años y chicas de
sesenta es decir muy poco, gaditanos y, por lo que consumieron, sendas copas de
rioja, más o menos pudientes.
Delante de nosotros y desde hacía unos minutos, se desarrollaba una de esas
escenas tan típicas en estas fechas en cualquier calle comercial de nuestras
ciudades: carreras de inmigrantes tratando de poner a salvo la mercancía que
malvenden, mientras la policía trata de, si no detenerlos, sí al menos
apartarlos de esas calles en las que consiguen los pocos euros con que pagar su
cama y su comida.
Me llamó la atención la cordialidad con que mis "guardaespaldas"
debatían sobre la actitud de algún comerciante o vecino, no me quedó muy claro,
había franqueado su puerta a alguno de estos "negritos"´-decían
"negritos" con tanta naturalidad y tanto cariño que me resultó imposible
ver en el apelativo un atisbo de racismo- protegidos por quienes, de hacer caso
a los biempensantes, habrían de ser sus víctima. Uno de los interlocutores
decía que no sólo no hacían mal a nadie, sino que en tiempos en que una
camiseta "oficial" de cualquiera de los ídolos con que sueñan los
"niños chicos" puede coitar sesenta o setenta euros y que, con lo que
pagarían con ella en una tienda, bien podrían sus padres satisfacer su sueño y
comprarles, de paso, esos dos "pijamillas" que tanto avío les harían.
Quien esto decía mantenía algo así como que los negritos estaban tendiendo un
puente para que quienes apenas pueden llegar a fin de mes no se alejen del todo
de quienes pueden darse y dar a los suyos todos sus caprichos.
Su compañero de mesa no tardó en recordarle que las leyes están para
cumplirlas y que el Ayuntamiento estaba en la obligación de hacerlas cumplir,
porque, según decía, los negritos habían acabado con las tiendas de deportes y
las ópticas de Cádiz a base de vender imitaciones cuando no falsificaciones de
ropa deportiva o gafas de sol.
Fue en ese punto cuando me quedé con ganas de terciar, recordándoles -soy
hijo de pequeño comerciante- que quienes han acabado con esos comercios no han
sido otros que los grandes centros comerciales, sacando a los hipotéticos
clientes de los barrios y el centro de las ciudades para llevarles a esas mega
superficies todas iguales, todas con las mismas tiendas, no mejores ni más
baratas que las que había en las ciudades.
Llegó mi amiga, pagué mi cerveza y nos fuimos, pero no pude dejar de darle
vueltas a lo que había escuchado, un debate civilizado con argumentos, sin
violencia verbal, sobre algo que estaba sucediendo ante nuestros ojos. Ya esta
mañana, cuando me he despertado con la noticia de que l Gobierno irá al rescate
de las deudas de la derrochadora y aparentemente malversadora Generalitat de
Valencia, no he podido sino acordarme de los negritos, los euros que entran al
bolsillo de los Messi o los Ronaldo, el Real Madrid o el Barça y de los trajes
del señor Camps.
¡Pobres de nosotros y, sobre todo, pobres negritos!
todos