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viernes, 19 de enero de 2018

NIÑOS POBRES, NIÑOS NORMALES


Anoche, revisando un magnífico documental de la serie "Imprescindibles" de la 2, dedicado a la vida y la obra de Ana María Matute, me impresionó, como tan magnífica escritora, nacida en una familia burguesa de Cataluña, señalaba el descubrimiento de la pobreza en el ya inexistente pueblo riojano de Mansilla, del que procedía su madre, en el que con cuatro años tuvo que convalecer de una grave enfermedad. Contaba Ana María que la visión de aquellos niños que nada tenían, mal vestidos, que pasaban hambre, la marcó para siempre. Tenía cuatro años y, quizá por aquel descubrimiento, porque pudo comprobar que más allá de los colegios de las "damas negras", de las casas en las que había vivido con sus pares, en Barcelona y Madrid, sus primeros cuentos y ya toda su literatura posterior, se tiñeron con un poso de madurez y melancolía que nata tenía que ver con el tópico de esa infancia idílica que solemos arrastrar.
Por eso, cuando esta mañana, con el recuerdo aún vivo de esas palabras de la escritora que quizá ha pintado mejor el mundo de la infancia, he tenido que soportar las tenebrosas palabras del consejero de políticas sociales de la Comunidad de Madrid, distinguiendo entre niños pobres y niños "normales", lo primero que he hecho es consultar su biografía, para averiguar de dónde había salido un personaje capaz de hacer tal distinción y lamentar que, como Ana María Matute, no hubiese tenido oportunidad de darse de brices con la pobreza y, si la tuvo, no hubiese surtido en él el mismo beneficio que, para la vida de la escritora tuvieron aquellas temporadas en Mansilla.
Decía mi tío Santiago, el hermano mayor de mi padre, un buen hombre donde los haya, que nada hay. no recuerdo si más triste o más tonto, que un pobre de derechas. Tenía toda la razón, porque, si algo he llegado a tener claro con el tiempo, es que la derecha siempre ha despreciado a los pobres, a los que no reconoce derechos, a los que socorre por caridad y no porque tengan derecho a comer, vestir, estar sano, estudiar o ser felices. Es triste, pero es así. Es la historia repetida una y mil veces de "Los santos inocentes" de Delibes, la de todos esos seres humanos que son más una parte del paisaje que personas a las que, sólo por serlo, hay que respetar y tratar como iguales.
Lo más curioso de la metedura de pata de Izquierdo es que con ella trataba de reprochar a Gabilondo su preocupación por las cifras de niños en riesgo de pobreza severa y exclusión que organizaciones tan poco sospechosas como Cáritas registran en la Comunidad de Madrid. Fue cuando el consejero Izquierdo, insisto, de Políticas Sociales, espetó al portavoz socialista que, cuando salía a la calle clasificaba a los niños en "pobres y normales", como si la pobreza, en plena crisis aún, que no cotiza en el IBEX, no fuese hoy por hoy, en algunos barrios, más "normal" que lo que el consejero considera normal.
Es terrible que así sea, pero los españoles tenemos, en la desgracia de tener que soportar a personajes como Carlos Izquierdo o Celia Villalobos, la suerte de que, ciegos como topos incapaces de ver más allá de su comodidad y opulencia, se retratan con su bocota inconsciente y egoísta, para que de vez en cuando podemos recordar que no somos como ellos, que, pese a todo, tenemos dignidad y les vamos a exigir una y otra vez que nos traten como merecemos.
Aun así, ya es desgracia que haya aún muchos españoles que traguen con que se nombre vicepresidente económico a un (presunto) delincuente como Rodrigo Rato o a un activo empleado de la banca más especulativa como Luis de Guindos, se envíe a un personaje como Celia Villalobos a la comisión del Pacto de Toledo, que debería defender las pensiones públicas, las más justas y las únicas posibles, cuando lo que propugna en cuanto abre la boca son los planes de pensiones especulativos de la banca, o este nuevo descubrimiento, Carlos Izquierdo, que, siendo el responsable de las políticas sociales del gobierno de Cristina Cifuentes, distingue públicamente entre niños pobres y normales y se queda tan fresco.

jueves, 18 de enero de 2018

EL CALDO VILLALOBOS


Se quiere jubilar a los ochenta y lo entiendo. Yo, con una nómina cercana a los ocho mil euros, también lo querría. Lo malo es que no sé si la vista le dará hasta entonces para el Candy Crush
Lo ha dicho, y se ha quedado tan pancha, en pleno debate social sobre el futuro de las pensiones, un debate que, para unos, conlleva la incógnita sobre cuánto perderán en la suya cuando se jubilen, para otros, lo poco que les cunde la que ya tienen, y para otros, los más jóvenes, si, finalmente llegarán a tener una.
Ha tenido el descaro de decir eso alrededor la comisión del Congreso para el Pacto de Toledo, hoy que en la caja de las pensiones apenas quedan telarañas, y añadiendo una "villalobada" de las suyas, exhortando a esos jóvenes a los que les han robado la tranquilidad y el futuro a ahorrar dos euros al mes, para encontrarse al final de su vida laboral con casi mil euros, la octava parte de lo que ella se "levanta" en un mes. Y no pasó nada. Ni se avergonzó ni se abrió el suelo bajo sus pies, porque está acostumbrada a tener esas ocurrencias de barra de cafetería y hacerlas públicas, dando doctrina, ella que ha estado en los gobiernos del PP o cerca de ellos, ella que está casada con Pedro Arriola, asesor áulico que fue de Aznar, primero, y de Rajoy, después. Ella que, en Málaga, de la que fue alcaldesa es como una reina, campechana como el emérito, encantada de que la reconozcan y de haberse conocido.
Debiera ser más prudente y alguien debería decirle que lo fuese, por ejemplo, Pedro Arriola, aunque éste, ahora que no da una, también se ha perdido más de una vez y más de dos por su boca. El caso es que en este país, en el que tener más de cincuenta años es como una peste que aleja a aquellos que los llevan a cuestas de cualquier posibilidad de ser contratados, un país en el que los más jóvenes sufren la condena de tener que poner copas, servir mesas o repartir pizzas un par de días a la semana que no siempre eligen, por una miseria y gracias, porque así, mal que bien y en casa de sus padres pueden ir tirando, mientras esperan a que cambie el viento de la economía y su futuro deje de ser tan negro y se abra una ventana de esperanza por la que asomarse a una vida parecida a la de sus padres.
Gente sin trabajo o con sueldos de mierda que tendrían que hacerse cargo de dar liquidez al sistema de pensiones, gente que tendría que estar pagando las pensiones de quienes se acaban de jubilar o se van a jubilar, gente que no tiene ni para tabaco o, si lo tiene y se lo gasta en él, es por esa conducta casi suicida que se adueña de quienes ya han perdido la esperanza, aunque no lo sepan.
Por eso indignan tanto las boutades de esta mujer, su facilidad para caer en el odioso recurso de los fondos de pensiones, agujeros en los que los asalariados asustados, temerosos por su futuro, colocan una parte de sus ingresos, poniéndolos en manos de quienes no hacen otra cosa que especular, a veces en contra del futuro de sus mismos depositarios.
Maquinaciones para poner en manos de quienes han sido responsables de la crisis que se ha llevado por delante nuestro bienestar y nuestro futuro lo poco que nos queda de dinero y esperanza. Paridas de quien debería defender lo púbico, entre otras cosas porque lleva décadas viviendo y cómo, y por el contrario nos sugiere que invirtamos nuestras esperanzas en el sector privado. 
La izquierda no es inocente, tiene su parte de culpa en esto que nos ha pasado. Quizá por eso ahora se esfuerza en proponer lo que debería haber defendido hace tiempo, desde siempre, con uñas y dientes: los impuestos, porque, en contra de lo que nos han dicho y ocho, también Felipe González, también Zapatero, los impuestos son el mejor instrumento, si no el único, para redistribuir la riqueza entre los que tienen todos y los que lo necesitan todo.
Por eso me indignan las ocurrencias de esta mujer boquirrota e imprudente que lo mismo nos enseña a ahorrar desde su insultante opulencia que a hacer un caldo con huesos bajo sospecha en plan crisis de las "vacas locas".

viernes, 15 de enero de 2016

¡CIELOS, LA DEMOCRACIA! Y YO CON ESTOS PELOS



Resulta enternecedor contemplar en la foto de Uly Martín con qué "carita" reciben Mariano Rajoy y otro diputado que no identifico el paso del, como ellos, diputado Alberto Rodríguez, armado de sus peligrosas rastas, toda un arma de destrucción masiva cargada de piojos a los ojos de la campeona de Candy Crash y vicepresidenta del Congreso. Resulta enternecedor paro, más que enternecedor, resulta reconfortante saber que el presidente en funciones y la reina del iPad tendrán que resignarse a compartir su espacio con las rastas de ese personaje al que los porteros de sus casas o los restaurantes que frecuentan jamás franquearían el paso.
Debería saber la ex ministra de Sanidad del hueso en el caldo que la presencia de "piojos no tiene nada que ver con la higiene, el nivel socioeconómico o los hábitos de vida y que, es más, estos parásitos suelen preferir el pelo limpio", como indica el conocido pediatra Carlos Marina. Pero, claro, cómo una arrabalera y malintencionada señoritinga como ella iba a perderse la oportunidad de estigmatizar públicamente a un chiquilicuatre de esos que han llegado, parece que para quedarse, al parlamento que, desde hace décadas y desgraciadamente con motivo, consideran una finca familiar.
Celia Villalobos lo dijo y lo dijo dos veces y ante dos televisiones en horario de mañana, en esos programas a los que sólo tienen acceso los pensionistas, los enfermos o los parados que ya han perdido la esperanza de encontrar empleo. Así que, por favor, ella y su partido nos eviten el bochorno de pretender hacernos creer que su temor a que el diputado de las rastas le deje algún piojo fue sólo un calentón verbal de esos a lo que es tan dada, porque tiempo tuvo de reflexionar o seguir los consejos de algún asesor de esos que controla su marido.
Lo más lamentable es que esa mezcla de miedo y desprecio con que algunos diputados de la casta han recibido a “los invasores” también se da en quienes deberían ser, por formación y por oficio, exquisitos en objetividad y ausencia de prejuicios. Me refiero, claro, a periodistas como la veteranísima Pilar Cernuda, que afirmó sin miramientos que los de Podemos huelen. Y tengo que suponer que lo que quiso decir es que huelen mal, a “gato muerto”, vamos, sin pararse a pensar que no todo el mundo vive en el barrio de Salamanca, tiene una criada que le lava y plancha la ropa, una cómoda bañera en la que relajarse con sales perfumadas al final de la jornada o una ducha de uso exclusivo en la que cantar mientras se aclara bajo el chorro de agua caliente por las mañanas.
Qué lástima que las delicadas pituitarias de estos periodistas que viven, comen y, a veces, duermen con los diputados no fuesen capaces de detectar después de tantos años el hedor de Rodrigo Rato, Federico Trillo, Martínez Pujalte, Gómez de la Serna y tantos y tantos otros con lo que llevan años conviviendo. Qué lástima que su manera de actuar recuerde más a la de los habituales de las meriendas en Embassy o las partidas de bridge en algún salón de la calle de Serrano o cualquier otra del barrio de Salamanca.
El reproche de la Cernuda evoca esas imágenes de dictadores o caciques, protegidos siempre por el pañuelo empapado en Lavanda Inglesa de Atkinsons, como un amuleto que les libra de la miseria, la enfermedad y, sobre todo, la realidad. Qué pena. Lo siento por ella que, ahora ya de retirada se enfrenta a la riada de realidad que ha anegado los pasillos del Congreso. Y es que ya está mayor para cambiar de hábitos, para dejar las coquetas cafeterías y los exclusivos restaurantes de su barrio u otros similares por los bares y las tabernas de Lavapiés, cultivando confidencias apoyada en una barra y pisando un suelo lleno de cabezas de gamba y huesos de aceituna.
Es precisamente eso lo que temen Villalobos, Cernuda y tantos y tantos otros villalobos y cernudas que corretean por los pasillos del Congreso. Temen a tener que establecer nuevos lazos con gente que ya no tiene nada que ver con ellos. No se resignan a admitir que las cosas han cambiado. No me extrañaría por tanto escucharles decir cualquier día en tono de queja lastimera ¡Cielos, la democracia! Y yo con estos pelos!

miércoles, 12 de febrero de 2014

EL VERDAERO ROSTRO DEL PP

 
Espero que a nadie le queden ya dudas de cuál es el verdadero rostro del PP, espero que, desde la tarde de ayer, nadie crea que en sus filas cabe el más mínimo atisbo de pensamiento progresista, porque los diputados tuvieron la oportunidad de expresarse, libremente y con plenas garantías, respecto a la retrógrada reforma de la regulación de la interrupción del embarazo en España.
De nada sirven ya las discrepancias cuchicheadas al oído de periodistas de confianza, de nada sirven ya los gestos grandilocuentes de la histriónica Celia Villalobos ausentándose de determinadas votaciones o votando no directamente algunas propuestas de su partido. Ayer, en n el Congreso, tuvieron la oportunidad de manifestar todas esas discrepancias, insinuadas o no a media voz, y no lo hicieron. Optaron por refugiarse en la disciplina de partido, dando de lado a los principios para no poner en peligro la comodidad de su escaño y más en los tiempos que corren, porque, si siguen así las cosas los escaños del partido van a ser muchos menos, y, como todo acaba por saberse, la conciencia podría jugarles una mala pasada y dejarles fuera de las listas, porque, como dijo Alfonso Guerra en su día, el que se mueve no sale en la foto.
Ayer, el PP, con todos sus diputados, se retrató en la votación que afectaba a la tramitación de la ley Gallardón sobre el aborto y se retrató también en su soledad al cercenar de un plumazo la posibilidad de buscar en los tribunales españoles la justicia que no se puede alcanzar en países en los que, como en China o en los Estados Unidos, salvo que seas rico y del partido, en China, o blanco, pudiente y con ciudadanía, en los Estados Unidos.
DE nada sirven las explicaciones de Villalobos, porque justifico su apoyo a Gallardón en su deseo de no traicionar a su partido, pese a que, añado yo, traicionó descaradamente a los que hasta entonces había esgrimido como sus principios. Pero, claro, la vicepresidencia del Congreso es mucha vicepresidencia como para tirarla por la borda por un no, por más secreto que sea.
La actitud de Villalobos recuerda sospechosamente a aquel abrazo de Gallardón a un Aznar que acababa meter a España en la Guerra de Irak, un Aznar que, ante la soledad en que quedó tras la vergonzante "foto de las Azores" quiso escenificar un "prietas las filas" de los suyos con una reunión de barones de su partido. Pues bien, en aquella reunión, tras las explicaciones del entonces presidente, Gallardón se desmelenó en un abrazo al líder, que, para que fuese el primero de todos los de los allí presentes que tuvo, precisó de grandes zancadas hacia el estrado.
Aquel fue el primer síntoma de quién podría llegar a ser el verso suelto del PP, el progre del Círculo de Bellas Artes. Alguien a quien Carrillo retrató un día, diciendo que él, don Santiago, no conocía dentro del PP a nadie que no fuese del PP.
Ayer quedó claro. Los diputados del PP mostraron su verdadero riostro. Y es de agradecer, porque abrieron los ojos de los aún crédulos. Así que abandonad toda esperanza, no hay en el PP nadie que no sea del PP y no quiera seguir siéndolo.
 
 
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miércoles, 25 de septiembre de 2013

COMO UNA PORTERA

 
 
Que me perdonen las empleadas de fincas urbanas, pero no se me ocurre otra imagen que la de la tradicional portera sainetera para describir la zafiedad y ordinariez con que la señora Villalobos, vicepresidenta en funciones del Congreso, presidió ayer el pleno, en ausencia del presidente Jesús Posada. Parecía por su actitud que la señora Villalobos, más que en el sillón de la presidencia de la cámara, estuviese en la cola de la pescadería de cualquier mercado de barrio, porque ni el lenguaje ni la actitud fueron los que cabría esperar de tan alta representante del pueblo.
Lo cierto es que la esposa del responsable de la imagen del Partido Popular, mala imagen en estos malos tiempos que corren, Pedro Arriola, defendió la posición de su partido, consistente en negar en la cámara lo que es ya un clamor en la calle como lo hubiese hecho cualquier portera de sainete, sin el gracejo, eso sí, de aquella "portera testiga" que Chus Lampreave bordó para Almodóvar en "Mujeres al borde de un ataque de nervios". Previamente, la apisonadora popular había impedido en la reunión de la mesa del Congreso cualquier posibilidad de que, como pretendían, los socialistas y la Izquierda Plural defendiesen en el plano sendas mociones en las que se relacionaba al presidente Rajoy con el turbio asunto de financiación ilegal y corrupción que acosa a su partido y que es la comidilla de todos en la calle y en los medios desde hace largos meses.
Del mismo modo que Bárcenas pasó de ser en el discurso del PP un empleado ejemplar a convertirse en innombrable para sus excompañeros, para acabar teniendo trato de delincuente y mentiroso compulsivo, parece que el Grupo Popular del Congreso no quiere escuchar ese nombre en la cámara y, mucho menos, en relación con el de Mariano Rajoy.
Ayer, al ver bloqueadas sus mociones en la reunión previa de la mesa, ambos grupos siguieron la estrategia de aprovechar el uso de la palabra de sus diputados para dar lectura de sus respectivas mociones en el debate de otros asuntos. Desde la presidencia se les retiró el uso de la palabra y, de hecho, se expulsó a cuatro diputados de la izquierda. Evidentemente la presidenta de la sesión, doña Celia, había perdido los papeles y, en medio de un "subidón" de autoritarismo se encaró al socialista Manuel Pezzi -me la imagino con el mandil, los brazos en jarra y la escoba apoyada en la pared- que le había pedido libertad para expresarse en el pleno. Villalobos, olvidando cuál era ayer tarde su papel institucional, debió creerse en la feria de Málaga entre vinos y faralaes y le soltó un descarado "A ver si lo aplica usted en Andalucía" que animó el patio y llevó a Pezzi, ya con micrófono cerrado a quejarse airadamente, mientras sus compañeros hablaban de vergüenza y sainete, hasta el punto de que el secretario del grupo, Eduardo Madina, ya ene l uso de la palabra exigió disculpas a Villalobos por "el papelón" que acababa de hacer.
Esa es la palabra, papelón, porque papelón es lo que hacen quienes desde hace tiempo parecen no ser conscientes de que la mayoría que tienen en el Congreso es prestada y circunstancial y que pocos de los que les llevaron a sus escaños volverían a votarles, porque lo que piensa la calle y las cuentas que la calle tiene pendientes con el Gobierno y el partido que lo sustenta tienen más que ver con quienes pretendían ayer dar lectura a sus mociones que con quienes defendían el fortín desde la mesa.
Actitudes como las de Posada y Villalobos perjudican no sólo a quienes las mantienen, ofendiendo a quienes son representados por el resto de la cámara, sino que perjudican seriamente al prestigio del Parlamento que difícilmente podrá ser visto después de lo de ayer como algo mejor que un patio de vecindad con la portera Villalobos al frente.
 
 
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