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jueves, 15 de diciembre de 2016

RADIALES Y DESAHUCIOS


Llevo días dándole vueltas al anuncio o, si no anuncio, al reconocimiento del evidente conformismo de este gobierno ante la posibilidad de que el Estado tenga que "rescatar", haciéndose cargo de su ruina, las autopistas radiales que tanto entusiasmo generaron en Aznar y sus amigos y que yo, como la mayor parte de ciudadanos que nunca las usamos, tendremos que pagar. Llevo días dándole vueltas al asunto y, como cantaba mi llorado Leonard Cohen, me entran ganas de echarme a la calle y liarme a romper cristales ante tamaña injusticia.
Nadie había pedido aquellas autopistas de peaje, nadie las quería. Nadie, salvo José María Aznar, ese "hombre pequeñito" que diría Alfonsina Storni, empeñado en pasar a la Historia, en dejar su huella en como fuese, capaz de subirse a una guerra, como en su día dijo Iñaki Gabilondo, para parecer más alto. Nadie salvo quien pretendía ponerse al nivel de su antecesor, Felipe González, que se llevó la gloria de aquel plan de cercanías diseñado bajo el mandato de Mercé Sala en RENFE, del que aún, con sus luces y sus sombras, estamos disfrutando.
Nadie, salvo Aznar y los suyos. Nadie, salvo Aznar, los suyos y sus amiguetes, tenía interés en unas carreteras, casi paralelas a las ya existentes que, allá donde conectan con las autovías preexistentes convierten el territorio en una maraña de cemento y asfalto casi imposible de superar. Nadie, salvo quien tuviese interés, las constructoras de siempre, en sembrar el paisaje de rampas, puentes, asfalto y cemento, Nadie, salvo quien quisiese hacer el gran negocio financiando todo lo anterior, la banca de siempre. Nadie, salvo los propietarios de los terrenos que hubo que expropiar, las familias de siempre, entre las que figuraban en lugar destacado los Franco y los Serrano Suñer. Desde luego, yo no.
Viendo la foto publicada ayer por eldiario.es con que ilustro esta entrada no puedo dejar de pensar en una fiesta de cumpleaños en la que el protagonista, José María Aznar, recibe, tras soplar las velas el aplauso y los regalos de sus amigos, un regalo que, veinte años después, vamos a pagar todos los españoles, hayamos sido o no invitados a la fiesta.
Es una historia, ésta de las radiales, en la que los protagonistas: banqueros, políticos inauguradores, constructores, especuladores del suelo y paganos se repiten milimétricamente en otras historias, más terribles, si cabe, como lo son las de aquellos que se quedan sin hogar por no haber podido hacer frente al alquiler o la hipoteca a que, con el beneplácito de los propietarios, las historias de tantos desahuciados, jóvenes o ancianos, con o sin niños, ante los que el Estado, con el PP o el PSOE en el gobierno, fue implacable.
En esta historia de las radiales, no sé muy bien por qué, los papeles están cambiados, porque, si las concesionarias no calcularon bien el negocio y creyeron a pies juntillas las previsiones del gobierno, tampoco los desahuciados podían imaginar la que se les venía encima y, ni en sus peores sueños, se veían sin trabajo y sin ayuda. Pero también el Estado ha cambiado su papel en las tramas, porque, de la severidad casi cruel con que emplea a sus jueces y policías contra los morosos que lo son bien a su pesar, ha pasado al paternalismo comprensivo para quienes, simplemente, no han hecho el negocio que esperaban. 
Pero en este cuento, el de las radiales, nadie paga sus culpas, nadie devuelve el dinero ya embolsado gracias a cálculos que debemos creer bien intencionados, aunque, al menos a mí, me asalten las dudas, nadie asume responsabilidades políticas, porque en el mundo de la política, al contrario que en el real, hay barra libre para amigos y amiguetes, una barra libre que acabaremos pagando todos.

lunes, 20 de mayo de 2013

.. Y AUTOPISTAS SIN COCHES

 
Si en las circunstancias actuales no resultase tan trágica, esta frase que tantas veces he escuchado a Iñaki Gabilondo. "los economistas, a veces, predicen el pasado", podría resultar incluso graciosa. Pero en medio de tanto dolor y tanta miseria es difícil esbozar siquiera una sonrisa en todo aquello que tiene que ver con el dinero, el trabajo o el bienestar.
Hoy he amanecido con la reseña del primer informe independiente sobre la crisis que azota desde hace más de un lustro a los países de la Unión Europea, especialmente a los del sur. Un informe que viene a concluir que quien ha diseñado las medidas contra la crisis no ha tenido en cuenta o no ha sabido evaluar -quizás no ha querido hacerlo- las consecuencias que iban a tener sus planes en el empleo.
Una vez más se demuestra con ello que la Economía se diseña en los despachos tal y como ensayan las guerras los estados mayores de los ejércitos en salas con grandes mapas, soldaditos y maquetas, con resultados que, luego, en nada se parecen a la realidad. Algo que se repite una y otra vez porque se descarta el sufrimiento de la tropa o el de los parados y que resulta tan claro como que, de tenerlos en cuenta, nadie iría a la guerra, porque nadie la declarar si tiene la más mínima sospecha de que la va a perder.
Quienes toman las decisiones, las toman en la soledad de sus despachos, desde el pedestal de su soberbia, con el oído regalado, y ojalá fuese sólo el oído, por aduladores interesados que acuden al ascua que se quema en ellos para arrimar las sardinas de sus negocios. Cómo explicar, si no, todas esas grandes obras públicas, llevadas a cabo al abrigo de lo público, presuntamente para beneficio de los ciudadanos, y que, al final, se revelan como grandes fiascos, planificados con cálculos exagerados y nada realistas que han sembrado nuestro paisaje de trenes de alta velocidad vacíos, circulando por líneas que han resultado redundantes, tan vacíos como demasiadas estaciones de esas líneas. Trenes de alta velocidad vacíos y ruinosos, mientras se cierran líneas que, no sólo pasan por el territorio, sino que se detienen en los pueblos y llevan y traen de ellos la vida tan necesaria para cualquier comarca de cualquier país que se tenga por tal.
Pero no se trata sólo el AVE, convertido en cartel electoral casi único, como el dispendio en fiestas se convierte en algunos pueblos en el mayor logro de los alcaldes avispados. También encontramos, en Castellón y Murcia, sendos aeropuertos que no han visto y probablemente nunca vean un avión en sus pistas, construidos "a lo loco", con cargo al dinero de todos y a mayor gloria del político de turno, que nunca acaba por pagar de su bolsillo estos desmanes presupuestarios.
Y llegamos al capítulo de las carreteras, concretamente al de las desoladoras autopistas radiales y de peaje, sembradas en torno a Madrid, redundantes en muchos casos con autovías de acceso libre, hijas de los delirios faraónicos del PP madrileño, construidas mediante concesión por empresas privadas que se hubiesen forrado en caso de que hubiesen resultado como esperaban, pero que incluían, para ellos, la salvaguardia de la responsabilidad patrimonial del Estado, que, ahora que se ha desvelado lo ruinoso de la inversión, tendrá que hacerse cargo de estas autopistas sin coches, puesto que sus concesionarios harán uso de la "dación en pago", ante la imposibilidad cobrar la deuda de quienes las explotan.
Curioso concepto de justicia éste, de quien perdona la deuda a los poderosos concesionarios de estas obras mal planificadas y no acepta la misma dación en pago de quien, al igual que ellos, tampoco acertó con los cálculos de futuro. Está claro que el Gobierno prefiere hacerse cargo de autopistas sin coches, antes que permitir que las víctimas de desahucios salden su deuda con los bancos entregando el piso que no pueden pagar.
 


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