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martes, 31 de octubre de 2017

TOCATA Y FUGA DE PUIGDEMONT

Decir que Carles Puigdemont es un personaje más bien oscuro llevado por las circunstancias mucho más allá de sus posibilidades es, en verdad, aportar poco o nada a la historia de estos últimos meses en Cataluña. Es, por decirlo con un tópico, la confirmación de esa sabia ley, no sé si de Murphy, que asegura que cada cual alcanza su máximo nivel de incompetencia, porque, si algo ha quedado claro es que el cesado president de la Generalitat de Catalunya nos ha demostrado, adornándose con su cara de pasmo, lo incompetente que ha podido llegar a ser.
Dicen que desde su más tierna infancia Carles Puigdemont se sintió independentista y que, ya en su juventud, aprovechaba la más mínima ocasión para dejar claro, en fronteras y aeropuertos, que su nacionalidad era la catalana y no la española y le supongo luciendo en la trasera de su coche una de aquellas pegatinas con la letra C que pretendía ser el distintivo nacional de Cataluña que luego hubo que cambiar por CAT o por el burro, porque la C estaba asignada a los "carros" cubanos.
Tuvo suerte y fue capaz de aprovechar todas las oportunidades que le dio la vida, siempre a cubierto bajo el paraguas de la desaparecida Convergencia, hoy transmutada en el PDeCat, por efecto del 3%, hasta alcanzar, después de haber pasado por la alcaldía de Girona, un escaño en el Parlament, sin haber encabezado nunca ninguna lista electoral. Todo porque el destino es un caprichoso jugador de billar que ha propiciado las carambolas precisas para convertirse en heredero, más que trágico, bufo de Lluís Companys.
Lo que no acabo de explicarme, salvo por efecto de ese vicio malsano que se manifiesta en algunos directores de medios. y él lo fue, de forzar el titular, el vicio de armar con elementos precarios cuando no insuficientes informaciones que desvirtúan la realidad. Y a fe que lo llevo a cabo, cuando, después de sustituir a Artur Mas como candidato a la presidencia por Junts pel Si, fue investido president con el apoyo envenenado de la CUP y el encargo tan deseado como obligado de convertirse en presidente de esa república catalana independiente con la que soñaba de niño. Más que un sueño, un anhelo vehemente, al servicio del cual puso todas sus artes, malas y buenas, forzando al límite todas y cada una de las situaciones surgidas en el camino, hasta el punto de soslayar, olvidar, el marco en que se movía, el estrado de derecho y la ciudadanía a la que decía defender. Fue así o para eso como acabó secuestrando el parlamento catalán, como se olvidó de las necesidades de su pueblo, del paro, de la Sanidad, de los barracones en los que se ven obligados a aprender muchos niños catalanes, de los ancianos y los jóvenes, para entregarse en cuerpo y alma a la propaganda, a construir un castillo en el aire, en España dicen los británicos,  a crear un país imaginario y a explicarlo en las televisiones y las radios que controla, a "venderlo" en el extranjero, a pedir ayuda contra la tiranía española que castiga y persigue a los catalanes, sin car en la cuenta de que son millones los europeos que pasan cada año por Barcelona sin haberse topado nunca con esa dictadura tiránica que les contaban, porque Cataluña no es Crimea ni cualquier rincón oscuro del mundo del que se pueden contar sin problemas leyendas inverosímiles, porque Cataluña está ahí, a una o dos horas y unos pocos euros de casi toda esa Europa a la que reclaman como compañera de viaje.
De que la leyenda era inconsistente fue una prueba lo pronto que se desinfló la burbuja del sueño en cuanto la economía real, no el mito nacionalista, entró en juego. Los valores de los bancos catalanes, Caixabank y Sabadell, empezaron a pasar frío en la Bolsa. Enseguida se fueron al calor y la seguridad de Valencia o Alicante y, con ellos, centenares de empresas grandes y pequeñas y la confianza de los catalanes en los gestores de ese nuevo país que les prometían.
Sólo la torpeza del ministro sevillano del Interior insufló algo de aliento al sueño, toda una pesadilla para otros. Por eso Puigdemont, empujado por sus interesados aliados, se vio obligado a emprender una huida hacia adelante, de la que este din de semana perdió todo el control.
Para interpretar al ya cesado president, no hay más que fijarse, no en sus intervenciones, sino en sus silencios, en esas miradas perdidas, en los temblores y las muecas de sus labios finos, en el miedo de quien sabe que ha ido mucho más allá de donde debía. Por eso, en un gesto teatral, de comedia bufa, como un amante sorprendido en la alcoba de su amada, Puigdemont se ha ido, a oscuras, como votó la independencia, al país de Tintín y los últimos etarras, buscando, más que un reconocimiento para su república, que sabe que no tiene, una salida en forma de aplazamiento y escándalo a la próxima etapa de su vida que, por su imprudente aventura, por falta de ese sentido de la realidad que dicen tener los catalanes, puede transcurrir, en el peor de los casos, en una prisión española. Una tocata llena de falsas notas y desatinos, culminada ahora con una fuga todavía por explicar.

miércoles, 15 de octubre de 2014

SUCEDÁNEO



Quién no ha visto, cuando se acercan las navidades, en calles y mercadillos esos toscos juguetes mal fabricados en plástico de mala calidad que tratan de imitar al último superhéroe, a la muñeca de moda o a los personajes de la última película estrenada. No son más que sucedáneos, malas imitaciones, de los que aparecen en la tele machaconamente, los que hacen creer a nuestros hijos que, sin ellos, la vida es imposible. Son el sucedáneo de la falsa felicidad que se promete a nuestros hijos, que unos cuantos avispados ponen en el camino de quienes no pueden llevar a sus casas los originales.
Luego, una vez desempaquetados, en manos de los niños, estos comprueban que apenas se parecen a los que tiene el vecino, que se deshacen con sólo mirarlos y que la fea pintura que los recubre, apenas sin brillo, quién sabe si tóxica, se descascarilla y se queda pegada en las manos. Eso, por no hablar del peligro que entraña poner en esas manos algo que no ofrece la menor de las garantías.
Pues bien, la consulta anunciada ayer por Artur Mas es poco más que un sucedáneo, una falsificación del imposible referéndum prometido. No es más que una especie de espectáculo con el que mantener entretenidos a sus conciudadanos para no dejar que la melancolía a que conduce la frustración les embargue y les desmovilice, mientras encuentra una salida más o menos digna, si es que aún es posible, para el tremendo fracaso de su estrategia.
Lo único que pretende Mas con esta macro encuesta disfrazada de votación mantener la tensión de la calle, mientras trata de llegar a un acuerdo con su hasta ayer compañero de aventura Oriol Junqueras para fabricar una lista conjunta que, envuelta en la bandera de la independencia, permita salvar los muebles de una Convergencia que se desmorona por momentos. 
Resulta curioso, y lamentable, comprobar cómo Mas, responsable de poner en marcha este tren sin destino, no es capaz de asumir la más mínima responsabilidad de lo ocurrido. Si repasamos su rueda de prensa de ayer, la responsabilidad es de Madrid y de quienes, según él, resquebrajaron el consenso soberanista y el único enemigo el Estado. Algo, esto último de identificar gobierno y estado, que deja al descubierto su obsesión en encarnar en solitario la representación de Cataluña, que no es más que el credo y principal pecado de los nacionalistas.
Soy incapaz de imaginar cómo van a transcurrir las apenas cuatro semanas que quedan hasta el nueve de noviembre. Tampoco sé qué pueden estar pensando ahora los ciudadanos de Cataluña, ilusionados como yo lo hubiese estado por poder expresar sus deseos de futuro para su tierra, ni mucho menos cuál va a ser la alternativa a la alternativa que pongan en práctica los partidos desenganchados del frágil consenso dinamitado ayer.
Lo único que tengo claro es que, antes o después, los catalanes van a ir a las urnas para elegir unos nuevos representantes y que lo harán sin una previa declaración de independencia que no ha sido posible ni mucho menos lo será después de la ruptura del bloque soberanista. Y creo que eso es lo único deseable que el panorama político catalán se reorganice y que las fuerzas políticas que salgan de las urnas obren en consecuencia, con la lección aprendida de esta frustrante aventura.
Lo único claro es que la consulta que quiere llevar a cabo Artur Mas, sin un censo público, sin los funcionarios que, según la ley, velen por la pureza del procedimiento y sin las mínimas garantías democráticas no pasará de ser una especie de manifestación atípica, sin otro valor, y reconozco que es mucho, que el de la enorme uve de hace un mes, o la cadena humana que recorrió Cataluña de norte a sur hace unos meses, Emotiva, significativa, pero, en todo caso, un sucedáneo.



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