miércoles, 30 de noviembre de 2016

POLÉMICA ARTIFICIAL


Nadie habrá más satisfecho a estas horas con los creadores de falsas polémicas, algunos verdaderos profesionales, que Albert Rivera que, haga lo que haga o diga lo que diga, como las cucarachas, siempre sale impoluto y brillante   de entre la basura. Y es que nadie estará a estas horas más agradecido con la crucifixión mediática de Pablo Iglesias a cargo del grupo PRISA, a propósito de sus opiniones sobre la necesaria feminización de la política.
Escribo esto, porque, gracias al "chorreo" a que ha sido y está siendo sometido Iglesias, han pasado prácticamente inadvertidas las informaciones sobre el despido improcedente y el acoso laboral que padeció la ex jefa de prensa de Albert Rivera, Inma Lucas, desde que, en julio del pasado año, obtuvo una baja laboral médica por riesgo en su embarazo de gemelos y que se evidencio, cuando, en mayo de este año, trató de reincorporarse sin éxito a su puesto de trabajo a lado de Rivera y fue relegada al servicio de prensa del grupo municipal de Ciudadanos en el Ayuntamiento de Barcelona.
La noticia que coincidió en el tiempo, pero no en el tiempo y la tinta dedicados a ella con las palabras de Iglesias es que, ayer, el partido de Rivera accedió a indemnizar con 150.000 euros a Inma Lucas, para no verse en el banquillo en un juicio por acosos que podría perder o que, cuando menos, podría dañar seriamente su imagen pública, desvelando su rostro de patrón intransigente y machista.
El asunto se las trae, porque, del retorcimiento de las palabras de Iglesias al hecho evidente del acoso a la ex jefa de prensa del líder de Ciudadanos, media un océano y, sin embargo, todavía esta mañana, en la Cadena SER insistían en la crucifixión del de Podemos, prejuzgando lo que había detrás de lo dicho por Iglesias y sometiéndose con evidente retintín a su exigencia de aclaración. Y es que, no hay que olvidarlo, la SER tituló la información sobre lo dicho por Iglesias a propósito de la feminización de la con una frase mutilada de su exposición, tergiversando el sentido de lo que en realidad había dicho.
Son cosas que pasan cuando, desde arriba, se pretende, no sólo informar, como sería deseable, sino sacar punta a las informaciones, para utilizarlas a favor o en contra de unos u otros. Lo ocurrido es la consecuencia de filias y fobias que llevan a cerrar los ojos y los oídos a la realidad para no modificar lo que se presume de antemano. A mí me ha ocurrido en esa misma redacción, A mí y a todo el que lleve unos años en el periodismo y crea en los tan cacareados valores de "la profesión". Siempre he pensado, y así lo aprendí y lo enseñaba en la universidad, que el periodismo consiste en hacerse y tratar de responder las preguntas adecuadas. Por eso, me extraña que nadie se preguntase hace dos días en la SER, si, realmente, Pablo Iglesias había dicho lo que pusieron en su boca. De hecho, si el responsable de la edición del informativo no lo puso en duda o, una vez escuchado, optó por emitir la frase mutilada demostró muy poca profesionalidad, cuando no una tendenciosa malicia.
Ahora, visto que Iglesias tenía razón en su reclamación, se buscan los argumentos en el resto de la intervención y se le rebate incluso, por machista, su concepto de feminizacción de la vida pública, defendido por ilustres feministas, reprochándole haber dicho que los políticos, hombres y mujeres, deberían "cuidar", como hacen las madres, algo que en absoluto condena a la mujer a esa tarea que, parece, se menoscaba. Más bien, algo que, quizá heredado de nuestra parte animal, está en nuestra naturaleza.
Yo, siempre o he dicho, en caso de naufragar y si los supervivientes se dividen en dos grupos y uno de los dos lo lidera una mujer, trataré de estar en ese grupo. Supongo que, como yo, cualquiera haría lo mismo. Sin embargo, ayer no se trataba de eso. Lo de ayer fue una verdadera persecución llena de prejuicios e intereses contra alguien que no le es muy simpático al Grupo PRISA. De paso, Albert Rivera, permaneció agazapado en medio de la polvareda de tan artificial polémica, para no mostrar sus vergüenzas. Y, por seguir hablando de vergüenzas, a qué vuene el desmedido interés de Antena en meter al líder de Podemos en el mismo saco que a machistas como el rancio alcalde de Alcorcón u otros peores si es que los hubiese.

martes, 29 de noviembre de 2016

ES POR EGOÍSMO


Me despierto con el resultado de una encuesta, el Observatorio de la Cadena SER, una encuesta cuyos resultados dicen que, de celebrarse hoy elecciones, el PP sigue ganando votos, un tres por ciento más, y ganaría las elecciones con una mayoría aún más cómoda. Lo que toca de inmediato es echarse a temblar, porque, con esa tendencia, a nadie se le escapa, a nadie se le debería escapar, el hecho de que al PP sólo le queda esperar que se cumpla el plazo de tres meses que ha de transcurrir para poder convocar unas nuevas elecciones.
Mientras voy dándole vueltas a ese temor, comienzo a preguntarme, por ejemplo, qué puede llevar a una mujer a votar a un partido que ampara y promociona a personajes como el alcalde de Alcorcón, David Pérez, capaz de insultar de una tacada a todas las mujeres, llamando rancias y amargadas a las feministas que llevan décadas luchando por algo tan incontestable como la igualdad de las mujeres en todos los ámbitos que comparten o deberían compartir con los hombres, a esas mujeres que, como le escuche decir hace una semana a Nativel Preciado, fueron perseguidas y ridiculizadas desde hace más de un siglo, para que otras mujeres como ella puedan expresarse hoy en libertad, aunque no coincidan con ellas al cien por cien.
Me lo pregunto y sólo encuentro una respuesta: el egoísmo, porque sólo el egoísmo lleva a votar a un partido en el que hay diputados que, como Vicente Martínez Pujalte, ocupan un escaño en el Congreso a tiempo completo y, sin embargo, ingresan simultáneamente tres millones y medio de euros en un año, en actividades que, como él mismo aclaró, so poco o nada éticas, pero son legales. El mismo egoísmo que lleva, bajo promesas falsas de bajadas de impuestos que nunca llegan o puestos de trabajo que, si llegan a crearse, están más cerca de la esclavitud de hace siglos que de la Europa a la que dicen habernos llevado, a una camarera de hotel a votar a un partido que tiene como portavoz a un personaje como Pablo casado que se permite comparar su jornada, en la que ha de limpiar al menos veinte habitaciones, con la de su hermano médico que pasa quince consultas al día.
Le doy vueltas una y otra vez y sólo soy capaz de llegar a la conclusión de que su fuerza, la del PP, es nuestro egoísmo, el de quienes le votan y el de quienes se suman a sus políticas, como, por ejemplo, el PSOE, dispuesto a sumarse a los planes de Rajoy para rebajar el techo de gasto en un país que, desde hace casi una década, hace agua en lo social. Egoísmo disfrazado de miedo, prudencia lo llaman, a que el Partido Popular, atado de pies y manos en el Congreso, disuelva las cámaras para recuperar en las urnas la tranquilidad perdida.
Pero egoísmo es también lo que mueve a quien se cree dueño de la calle y no quiere dar ni que nadie el paso de convertir su capacidad de movilización en la fuerza transformadora que este país necesita en su parlamento. Ese egoísmo y ese miedo que vienen a ser lo mismo y que pueden llevar a este país a alejarse para siempre de la oportunidad de cambio que tuvo va ya para casi un año. Así nos va y así seguirá yéndonos si no conseguimos sacudirnos de una vez por todas este egoísmo.

lunes, 28 de noviembre de 2016

EL ASUNTO SE LAS TRAE


Confieso que el título de la entrada, aunque podría haber sido mío, me lo he apropiado del arranque de la respuesta que Antón Losada daba esta mañana, cuando expresaba su punto de vista sobre lo que fue Fidel Castro para Cuba y los que será de cuba sin él. La verdad es que es más que difícil tratar de ser objetivo ante un personaje como lo fue el mayor de los Castro y ante un país como Cuba, ya que ambos son fundamentales en el devenir del mundo, especialmente el de América Latina desde aquel primero de enero de 1959 en que Fidel y sus barbudos entraron en La Habana.
Lo cierto es que uno construye sus opiniones, al menos es mi caso, sobre cimientos de sensaciones y no me duele reconocer que las mías sobre Cuba y Fidel son contradictorias y, en ocasiones, más que contradictorias, paradójicas. Así, por ejemplo, yo que, por edad, tuve durante un tiempo a Castro y su revolución como un modelo necesario, al menos en el Tercer Mundo, vi mi pensamiento saltar por los aires después de ver una película "Fresa y chocolate", de Tomás Gutiérrez Alea, un hombre del régimen que, sin pretenderlo, o al menos eso deduje de algunas declaraciones que le escuché, señaló con lucidez y ternura la carencia más cruel de esa patria que todo lo justificaba, hasta la muerte, y que, sin embargo, fue incapaz de dar a su gente aquello por lo que decían pelear los barbudos que bajaron de la Sierra: la libertad.
He de decir que, si de algo soy absolutamente celos es de mi libertad. Creo que podría sobrevivir con más o menos comodidad sin bienes materiales, pero que difícilmente podría hacerlo con en medio de la falta de libertad que asfixiaba al personaje creado por Roger Salas, inspirado en sí mismo, y que interpretó magistralmente por Jorge Perugorría. Desde entonces ya no fui capaz de mirar a Castro y su revolución con los mismos ojos. Con esa sensación de desesperada angustia que saqué de la película y alguna información añadida, ya no supe ver en Ernesto Che Guevara el héroe que me miraba desde las paredes de tantas y tantas habitaciones de amigos. Le veía altivo, severo e inflexible, presidiendo los tribunales populares que, en los primeros años de la revolución, condenaban, demasiadas veces a muerte, a quienes colaboraron con el régimen de Batista.
Sin embargo, esos años terribles no deben cegarme ni me ciegan para no ver los enormes logros del castrismo en el terreno de lo social, la igualdad alcanzada en muchos terrenos, en un país que venía de la más cruel de las desigualdades, un país de oligarcas obscenamente ricos, frente a los guajiros condenados a vivir en la miseria moral y física más absoluta. Con Fidel Castro todos los cubanos aprendieron a leer y comieron, no todo lo que querrían haber leído ni todo lo que hubiesen querido comer, pero, es innegable, hoy por hoy, leen y comen todos.
Desde que, en la madrugada del sábado, sesenta años después del inicio de su gran odisea, supimos de la muerte Fidel Castro, todo han sido loas, críticas y, sobre todo, preguntas y comparaciones. Nunca sabremos qué habría sido de Cuba si aquel primer día de 1959 Fulgencio Batista no se hubiese subido a un avión, con el rabo entre las piernas y las maletas repletas de joyas y dinero, resultado de años de saqueo de su país, al servicio de la Mafia y las empresas del vecino del Norte.
Después de unos primeros momentos en los que Castro fue un héroe, incluso para la prensa y para los ciudadanos norteamericanos, el joven abogado hijo bastardo de un terrateniente que expulsó de Cuba a Batista, el sanguinario tirano hijo de un campesino, las nacionalizaciones y el exilio forzado de los privilegiados por Batista. las cañas se tornaron lanzas y Castro pasó a ser el enemigo número uno del Tío Sam, del mismo modo que el vecino del Norte pasó a ser el enemigo imperialista. Desde entonces ya nada fue igual. Castro, cuya ideología siempre fue u enigma se vio forzado a echarse en los brazos de una Unión Soviética encantada de haber encontrado un aliado en el Caribe. De ahí a la crisis de los misiles y al bloqueo, mediaron semanas que se han convertido en décadas de privaciones y miseria para los cubanos de a pie. Quizá porque los norteamericanos esperaban que, con hambre y escasez, los cubanos volverían la espalda a Fidel y los suyos. Pero se equivocaron.
Ahora, sin un Castro que llevaba años muerto en vida y sin un relevo claro para su hermano Raúl, impuesto por la enfermedad del dictador. se abren todas las incógnitas, más con Trump, marioneta de los ultra conservadores que siempre odiaron a Castro y su Cuba, al frente de la maquinaria militar y económica del vecino del norte, probablemente más enemigo que nunca, sin la figura mítica del comandante es difícil imaginar el futuro. Más, para quienes no queremos verlo todo blanco o todo, negro, para quienes, por no casarnos con unos ni otros, nos llevaremos todas las bofetadas. Por eso me apunto a ese "el asunto se las trae" de Antón Losada y pongo mis esperanzas en que el sentido común se imponga a las estridencias de uno y otro lado del mar.

viernes, 25 de noviembre de 2016

LOS JUEVES, MILAGRO


¿Quién no recuerda al impagable Pepe Isbert interpretando al contertulio de casino rural encargado a su pesar de interpretar a un falso San Dimas, para atraer turistas al decrépito balneario de su pueblo, en esa obra maestra que Berlanga tituló “Los jueves milagro”? Pues bien, sesenta años después, otro jueves se ha vuelto a producir el milagro.
Cuentan los evangelios que Jesús, nada partidario de los opulentos, decía a sus discípulos que era más fácil que un camello pasase por el ojo de una aguja que que un rico entrase en el reino de los cielos y debe ser cierto, porque son muchos los ricos se gastan su fortuna en pagar misas e indulgencias para desmentir al "maestro" y alcanzar a atravesar las puertas del hipotético cielo. Sin embargo, en algunas ocasiones, pocas, pero algunas, nos encontramos con algunos ricos, algunos empresarios, que optan por hacer más fácil la vida de sus empleados, en lugar de lavar sus culpas con misas y fundaciones. Son pocos, pero, ellos sí, atravesarían, de quererlo así, el umbral de la gloria prometida.
Ayer, como jueves que era, se produjo el milagro y no en la Fontecilla berlanguiana, sino en Málaga, donde el empresario hotelero Antonio Catalán sorprendió a propios y extraños poniéndose frente a sus colegas, a los que acuso de explotar a sus empleados y de hacerlo con la reforma laboral de 2011, con la que. dijo, él mismo podría despedir a toda su plantilla, indemnizándola con veinte días por año trabajado, para subcontratar sus funciones con los salarios y destajos que todos conocemos, a precios casi, o sin casi, de esclavismo, precios que llegan a 20 céntimos por "hacer" una cama o dos euros por toda la habitación.
No creo que la Administración contrate mucho con los hoteles de Antonio Catalán. AC y NHC. Y no lo creo, porque conociendo el espíritu de venganza que a veces mueve a ministros como Montoro o al propio presidente, a estas horas estaría anulando todas las reservas que hubiese contratado, porque la radiografía que hizo ayer el hotelero, extensible a todos los sectores, deja en mal lugar su política de empleo y a quienes la defienden o no la combaten como deberían. Catalán, paradójicamente conocido por tratar como es debido a sus empleados, extremó su dureza con los empresarios de su sector a los que acusó de buscar sólo el beneficio. Y lo hizo subrayando que, en un sector en alza, como el suyo, en el que desde 2011 han crecido los beneficios y el empleo, los salarios han caído escandalosamente.
Lo malo es que la denuncia de Catalán valdría para muchos otros sectores, incluso para los medios que tanto eco se han hecho de sus palabras, adornando sus informativos con una noticia como esta, pese a que, en ellos y por decisión de sus directivos, tan miserables a veces  como los que Catalán pinta en su sector, se ha despedido a plantillas enteras, para cubrir su "hueco" con becarios que, en precario, por salarios de risa y con jornadas ilegales e inhumanas que nunca llegan a cobrarse en su totalidad.
Yo mismo fui víctima en la SER de esa estrategia de sustituir trabajadores caros por otros más baratos y, aunque más inexpertos, mucho más maleables. Por eso, lo reconozco, me enciendo cada vez que, como hoy escucho panegíricos a quien critica las prácticas empresariales que son el pan de cada día en esa cadena de emisoras. Me enciendo, porque, si algo odio en este mundo, es la hipocresía y allí hay mucha.
Al margen de esto último y, en cualquier caso, celebro que algunos jueves siga tocando milagro. El de ayer, la denuncia, la radiografía descarnada, del panorama laboral con que nos premia el partido más votado por los españoles, me pareció, pese a la demagogia de algunos, eso: un verdadero milagro. La vuelta de San Dimas, el buen ladrón, a este mundo.

jueves, 24 de noviembre de 2016

RITA Y EL RUIDO



Cuando ayer supe de la muerte de Rita Barberá, me llevé la sorpresa de que sólo tenía sesenta y ocho años. La verdad, nadie que no tuviese la información podía pensar que esa mujer apagada y triste que accedía el lunes al Tribunal Supremo para darse por fin de bruces con la Justicia era aún tan joven. Y sin embargo lo era, pese a que los últimos meses de su vida, a causa quizá del abandono de los suyos, habían pasado por su cuerpo y por su rostro como años.
Rita Barberá fue una mujer excesiva y no siempre supo ocultar sus excesos. Y todos, a estas alturas de la vida, deberíamos saber que los excesos, antes o después, se pagan. Quizá por eso, a la que fuera alcaldesa de Valencia durante un cuarto de siglo, con toda su soberbia y su dureza, que fue mucha, se le hizo muy cuesta arriba sobrellevar el vacío a que fue condenada, también sin juicio, por quienes la citaban como la mejor alcaldesa que ha tenido Valencia -que yo sepa fue la única- llegando, incluso, a concederle sin ningún tipo de consenso el "título" de alcaldesa de España alcaldesa de España.
Era mucho lo que le debían, lo mismo como partido, porque ella, pactando con Unió Valenciana, le arrebato a los socialistas la alcaldía, pese a ser la del PSV la lista más votada, levantando el primer fortín para la conquista para la derecha de un territorio, Valencia, que tradicionalmente había sido, antes y después de la dictadura, de la izquierda. Después vendrían los negocios, la financiación bajo sospecha de su partidos, las faraónicas obras, no siempre necesarias de la ciudad, los calatravas y sus goteras, la Fórmula Uno pagada a precio de oro y revendida de mala manera por un único y tramposo euro, También la escandalosa visita del papa Benedicto XIII, en medio d ella tragedia del metro, de la que muchos de los que hoy lloran a su alcaldesa, sacaron partido a costa de la liquidada televisión pública, Canal Nou, que, una vez cumplida su función de propaganda y saqueo, fue llevada a negro y sus trabajadores puestos en la calle.
La cosa es que, de Valencia, no sólo llegaban las naranjas y el AVE. También llegaron los apoyos que necesitó Rajoy para asaltar Génova, oficiado en un congreso del partido, en el que Rita Barberá no sólo fue anfitriona, sino que se convirtió en muñidora del acuerdo necesario para que su amigo Mariano escalase la cumbre del partido y del gobierno, algo por lo que el hoy presidente conservó, aunque en los últimos tiempos en privado, el afecto por la que fuera su gran apoyo. Y lo conservó hasta el punto de que, ayer, aturdido quizá por la noticia, Rajoy reveló que conversó con la misma militante a la que forzó a macharse del partido poco antes de su penosa declaración voluntaria ante el Supremo.
Está claro que el PP no había sido justo con aquella a quien ayer lloraba desconsolada y, por qué no decirlo, hipócritamente. Del mismo modo, estoy seguro de que con su sobreactuación trataba de mitigar su maña conciencia por haber utilizado su cadáver, entonces sólo metafóricamente político, para levantar la barricada donde protegerse de la que le está cayendo. Un comportamiento hipócrita y desmedido que llevó al ministro de Justicia de todos los españoles a acusar al aparato del Estado, jueces y Policía, a la oposición y a los medios de comunicación de haber organizado una cacería a la que, taimadamente, atribuyó la muerte de la ex alcaldesa. La misma hipocresía del más verborréico que nunca ex ministro Margallo, que contó una y otra vez todo el cariño que sentía por la que fue su amiga y todo lo que le dijo, promesa de cena incluida, en el apenas un segundo que duró el beso forzado que le pidió una Rita desconsolada y sola, en la solemne sesión de apertura de la legislatura.
En fin, una vergonzante y falsa representación de una solidaridad, que se habría vuelto contra los fingidores de no haber mediado el irreflexivo gesto de Unidos Podemos que sigue sin entender que, cuando lo que se hace hay que explicarlo demasiado, es porque lo que se hace está equivocado. Y creo que ni me equivoco ni me invento nada, porque ayer mismo, antes de conocerse el fallecimiento de Rita, Pablo Iglesias explicaba que su renuncia a interrogar a Rajoy en la sesión de control, buscaba no eclipsar su interpelación al ministro de Industria sobre Pobreza Energética.
Creo que Iglesias se equivocaba, como se equivocó al sobreactuar en su rechazo a guardar el minuto de silencio por la senadora. Fue tanto el ruido provocado que lo desenfocó todo y dio pie a que las hienas del PP, donde las dan las toman, señor Hernando clavasen sus dientes en ellos y, de paso, en los medios, ocultando su propia falta de piedad con la fallecida.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

VIEJOS Y POBRES


A nadie se le escapa que, si los primeros zarpazos de la crisis se vieron amortiguados en España, fue porque los ancianos, los que disponían de una pensión o de ahorros, se echaron a la espalda tanto a sus hijos en paro como a los hijos de estos que, si hacían alguna comida decente al día, ésta era la que les servía la abuela, después de que "contables" sin conciencia decidieran que no había por qué darles de comer en la escuela y algún que otro jarrón chino, como Felipe González, les diese la razón.
Pues bien, desde ya os digo que, si alguna vez salimos de esta crisis y sus crueles consecuencias, ya no será posible ese milagro, porque los ancianos del futuro, nosotros y nuestros hijos, no tendremos ahorros ni pensión con la que mitigar la pobreza de nuestra familia, porque, para entonces. los de siempre habrán acabado con ese último bastión del sistema de bienestar.
A nadie se le escapa que el sistema público de pensiones, todo lo público en general, no gusta a los especuladores ni a los expertos que tienen alrededor. Ellos, al igual que en los terrenos de la Sanidad o la Enseñanza, carentes de escrúpulos, ven en esto, como en cualquier otro asunto, sea cual sea, una "oportunidad de negocio" y ya hablan, mientras se encienden todas las alarmas, de la conveniencia de suscribir un plan de pensiones privado, como ya hicieran hace años, cuando los suscribieron tantos y tantos trabajadores que tuvieron que "comérselos" deprisa y corriendo y perdiendo todas las ventajas prometidas cuando la crisis llegó con sus primeros arreones.
No sé si somos conscientes de que, siendo como es éste nuestro mayor problema, como individuos y como país, en los próximos años, nadie, insisto, nadie habló de él en las dos convocatorias electorales por las que hemos pasado en apenas un año. Nadie quiere destapar la caja de los truenos en que se convertiría la evidencia de que otra caja, la que garantiza el pago de las pensiones, se vaciara como parece que va a vaciarse en unos meses.
No me explico ese silencio de los partidos políticos, grandes y pequeños, nuevos y viejos que parecen apuntarse al "dios proveerá" de otros tiempos. No sé si es que no tienen soluciones a la vista o si lo que ocurre es que se sienten culpables del desaguisado. Lo que sí sé es que, si con Zapatero el sistema alcanzó su mejor momento y con Rajoy en La Moncloa la caja comenzó a vaciarse, algo hizo, algo se hizo, para que se rompiese el equilibrio entre pagos y cotizaciones que la mantenía. Y ese algo es, sin ningún género de duda, esa reforma laboral que permite contratar por días y horas, sin garantías y por salarios míseros que apenas cotizan y que no garantizan el ahorro, el consumo o las pensiones que se necesitan para enfrentar el futuro con confianza.
Dirán lo que quieran, pero tal parece que Rajoy y los suyos, en los cinco años que llevan en funciones y disfunciones al frente del país se hayan comportado como los obreros de un desguace, empleándose a fondo en desmontar lo que de bueno tenía el sistema, para "vendérselo" a buen precio, cuando no regalárselo a sus amigos, porque ¿a alguien le entra en la cabeza que nuestros jóvenes, bien formados, muchos de ellos licenciados o doctorados, no sean capaces de encontrar un trabajo que les garantice una pensión?
Claro que no. Tal cosa no sería posible, si este gobierno o el que le antecedió no hubiesen dinamitado el sistema de relaciones laborales, si no hubiesen acabado con la negociación colectiva, dejando a los trabajadores en manos de "negreros" sin escrúpulos dispuestos a cambiar de empleados, como quien cambia las bolsas de basura, antes de que consoliden sus salarios o sus derechos. No hicimos nada y, ahora o, mejor dicho, en adelante, vamos a pagar las consecuencias. Y las vamos a pagar, porque los empresarios no van a querer otra cosa que los beneficios conseguidos con el PP y, por qué negarlo, también con el PSOE,
Durante años funcionó el chantaje de "si me lo ponéis difícil me voy", ese chantaje que acabó con los derechos de los trabajadores, devolviéndoles a la condición de jornaleros, sin presente ni futuro, sin todos esos derechos conquistados tras décadas de sangre y sufrimiento, augurándoles a ellos y a sus hijos una difícil etapa final de sus vidas, en un país mísero, de pobres y viejos.

martes, 22 de noviembre de 2016

EL FÚTBOL, EN EL ARMARIO


Parece mentira que, ahora que nuestro país está a punto de cumplir cuatro décadas de democracia, una democracia más o menos imperfecta, pero democracia al fin, el deporte más popular, por no decir la actividad más popular, del país, la que ocupa horas y horas de radio y televisión y millones de páginas a lo largo de la semana, siga en el armario del más puro franquismo, un armario dentro del que no parecen existir las leyes que rigen para la ciudadanía en cualquier otro ámbito.
Es una situación tan lamentable como parece. A cualquiera le cuesta creer que los insultos y golpes que intercambian en el campo los jugadores, a la vista de millares, si no millones, de espectadores no tengan las mismas consecuencias que tendrían si el intercambio se produjera en la calle. Tal parece que, con el precio del abono o de la entrada, los espectadores tuvieran derecho a asistir y a participar a veces en un espectáculo que parece sacado de otros tiempos y otros lugares.
Y, todo, porque lo que nos "venden" es una realidad falseada, en la que nada es lo que parece. Y más, ahora que hay que llenar con aburridas verdades o atractivas exageraciones y mentiras tantas horas de programación y tantas y tantas páginas que, además y por si fuera poco lo anterior, no sólo se ocupan de esa realidad más o menos alterada, sino que también se hacen eco del estrambote que aportan, con o sin careta, ciudadanos de a pie con un móvil en las manos.
Ese es el mayor problema: en el ámbito del fútbol se habla demasiado, hablan demasiados, forjando una imagen distorsionada, no ya de lo que debiera ser, sino de lo que es ese mundo que mueve tantos y tan variados intereses. También que, ahora, gracias o por culpa de los potentes medios técnicos, es casi imposible, por más que se escondan los labios tras la cortina de las manos, es imposible ocultar lo que se dice sobre los terrenos de juego y la vieja y absurda consigna de que "lo que pasa en el campo se queda en el campo" se está viendo superada un día sí y otro también.
Pero, a lo que íbamos, en esos terrenos no está representada la sociedad que los mantiene. No existe en ellos la tolerancia de la que, afortunadamente, han hecho gala los españoles en estos últimos años. Nadie se atreve a dar los pasos que, en una fábrica, una oficina o cualquier centro de trabajo se van haciendo normales. En España, al menos en el fútbol de élite, ningún jugador, al menos que recuerde, se ha atrevido a dar el paso de salir del armario, haciendo pública su opción sexual si ésta no es la que podría esperarse de ellos. Únicamente, un árbitro de categorías inferiores se atrevió a darlo y, hacerlo, le salió caro, porque, al margen de si cumplía bien con su cometido, se vio sometido a tal persecución que se vio obligado a abandonar.
Y es que parece que, en ese mundo, el que más grita, el más bruto y el que más ruido hace es quien acaba imponiendo la norma y que nadie, salvo que no hacerlo implique grandes pérdidas económicas, persigue a los energúmenos. Tanto es así que, en los estadios, los gritos racistas, el machismo y, en general, cualquier otro tipo de intolerancia está más consentida de lo que lo estaría de puertas afuera del estadio.
El sábado, un jugador del Atlético de Madrid, un jugador nacido en democracia, supongo que, al menos, con estudios primarios, se enfrentó con su rival, Cristiano Ronaldo, al que, se supone que, para ofenderle, llamó maricón en el terreno. Lo más curioso es que el "incidente" se ha conocido porque el propio Cristiano lo comentó con sus compañeros, así como lo que respondió a su rival: "sí, pero soy millonario", lo que no deja de ser una tontería por otra tontería.

Hoy hemos sabido que, Arcópoli, asociación LGTB que fundamentalmente apoya a quienes sufren agresiones por su condición sexual, ha pedido a la Liga de Fútbol que investigue los hechos. Y me parece muy oportuno que lo haga. Basta ya de esconder estos miserables comportamientos. Quizá así los jugadores se atreverían a, en lugar de inventarse matrimonios "postizos" como hacen políticos y cantantes, dar el paso de "salir del armario" para que deportes como este salgan, no ya del armario, sino de la caverna antidemocrática en que hoy, con nuestro consentimiento, se mueve.