miércoles, 31 de julio de 2013

PROHIBIDOI HABLAR CON EL CONDUCTOR

 
 
Quién no recuerda, yo al menos sí lo hago, aquellas plaquitas de aluminio, grabadas en negro que, al menos en los autobuses madrileños, aquellos pintados en azul y vainilla, de conductor y cobrador uniformados y con quepis, informaban, entre otras muchas cosas, de la prohibición de hablar con el conductor. Ya por entonces se sabía que cualquier distracción de quien está a los mandos de un vehículo puede resultar fatal. Sin embargo, aún hoy, no es extraño ver como algún pasajero habitual se enreda en charla con quien tiene que estar pendiente del tráfico, la ruta, de quienes esperan al autobús en las paradas o de los viajeros que la solicitan para apearse. No hace mucho, fui testigo de una de estas circunstancias y de cómo el conductor, de "charleta" con un colega, no se detuvo a petición de una pasajera y de la bronca consiguiente.
En aquella ocasión todo quedó en eso, en una brinca. Pero es fácil imaginar lo que hubiese sucedido si ese conductor tuviese entre sus manos los controles de un tren lanzado a casi doscientos kilómetros por hora. Sabiendo eso y teniendo absoluta y científica constancia de la merma en la atención que produce cualquier conversación, mayor si se hace a través de un aparato como el teléfono móvil, no soy capaz de imaginar por qué alguien de la compañía tuvo la fatal ocurrencia de telefonear a Garzón cuando estaba a punto de tomar la curva de A Grandeira.
El pobre maquinista -no creo que hoy haya nadie más desgraciado- deseó haber muerto junto a sus pasajeros, cuando, minutos después de aquella llamada y una vez que fue rescatado de ese potente tren que se había salido de la vía porque se había desorientado por la conversación, fue consciente de las consecuencias del desastre.
Cuando ayer se supo el contenido de las cajas negras, RENFE se apresuró, como no lo había hecho hasta entonces para ninguna otra precisión, en hacer público el protocolo sobre uso de teléfonos móviles por parte de los maquinistas de servicio. Y la compañía no escatimó medios, enviando con premura notas de prensa y poniendo a disposición de las televisiones a sus portavoces. Algo que resulta más que mosqueante, porque cada vez está más claro que la información que hasta ahora ha facilitado RENFE se está administrando en favor de la compañía y, a veces, en perjuicio del maquinista, empleado suyo, que conducía el tren.
Tal y como se ha presentado ante la opinión pública a Francisco Garzón, más de uno se habrá formado de él la imagen de tipo irresponsable, pendiente de jugar con el Facebook y adicto a la velocidad. Parece que no es así y menos mal que las cajas negras del tren han funcionado, no como el ERTMS y quién sabe si el intercomunicador de cabina -tren tierra creo que se llama- que conecta la cabina de mando con las estaciones y que, para aclarar la ruta de entrada a Ferrol, fue sustituido por el móvil profesional, el único autorizado a bordo y que sólo debía usarse para comunicar incidencias del servicio o emergencias.
Cuanto más sabemos del accidente más sospechosa aparece la administración y más burda parece su estrategia de autoexculpación en detrimento del conductor del tren. Apostaría a que nunca sabremos quién filtró a través de Facebook la secuencia del descarrile registrada por las cámaras de seguridad, tampoco sabremos porque en cuestión de horas se había filtrado la conversación de un Garzón todavía aturdido asumiendo la responsabilidad del desastre y nada hemos sabido, hasta que lo ha revelado la caja negra en manos del juez, de esa llamada previa que pudo haber desencadenado la tragedia. Tendrán que explicar ahora por qué, si no es conveniente hablar con el conductor, se le dieron instrucciones, precisamente cuando abordaba el punto más peligroso del trazado de la línea.
 
 
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martes, 30 de julio de 2013

BALIZAS EN EL CONSTITUCIONAL

 
 

La recuerdo como una de esas verdades, lógicas, de cajón, incontestables, que aprendemos desde que somos niños: "no se puede ser juez y parte", quizá porque, como reza otra de esas verdades, "el que parte y reparte se queda con la mejor parte". La cosa es tan evidente que, hasta en el deporte, cuando se enfrentan dos equipos de distintas ciudades, se designa un árbitro colegiado en una tercera región para que no haya la más mínima duda sobre su imparcialidad. Pese a todo, no deja de haber arbitrajes más o menos dudosos y los árbitros no dejan de evidenciar simpatías o antipatías hacia determinados "colores", pero lo que nunca se ha visto o al menos no lo recuerdo es que un árbitro tome decisiones en un partido en el que uno de los equipos enfrentados lo tuviese entre sus socios.

Y qué decir si llegase a saberse que ese arbitro ha estado enseñando triquiñuelas a los jugadores de "su" equipo, entrenándoles para "taparse" a la hora de cometer infracciones o perfeccionando sus habilidades para fingir agresiones de los contrarios. No cabe duda de que correrían ríos de tinta y dicho árbitro quedaría inhabilitado para los restos, porque cualquier decisión que tomase en adelante estaría marcada por la sospecha, plenamente justificada, de parcialidad.

Siendo así en algo como el fútbol que, aunque negocio, nos esforzamos en hacer ver que es un juego honesto, dotado de reglas y controles que garantiza su limpieza, cómo es posible que, al frente del Constitucional, el último bastión en las garantías que han de tener las leyes y los ciudadanos, se halle un militante de carné de un partido, en este caso el que gobierna, que ha tomado parte como asesor en la elaboración de leyes aprobadas por ese partido y que, siempre que lo ha creído conveniente, y han sido muchas las veces,  ha dejado ver, en conferencias y escritos, sus opiniones perfectamente ajustadas a la doctrina de ese partido, lo que le dejaría fuera de cualquier deliberación que tuviese algo que ver con sus opiniones o las de ese gobierno que tanto empeño puso en llevarle a presidir tribunal.

Eso, en cuanto a la clara personalidad política de Francisco Pérez de los Cobos, presidente del Tribunal constitucional, con militancia probada, registrada en los libros de contabilidad del PP  y asumida por él mismo, como, ante las evidencias, no podía ser de otro modo. Pero qué decir de todos los controles, todas las balizas, que deberían haber detectado tamaña irregularidad en un magistrado, al que, por si fuera poco, se elevó a la presidencia del tribunal y no emitieron la más mínima señal, el más mínimo asomo de sospecha.

Durante unos años me ocupé de la información de tribunales y creo conocer el peculiar modo de ser de jueces y magistrados y sé que unos lo saben prácticamente todo de los otros, desde el whisky que prefieren a los periódicos que leen o el cine que les gusta. Cómo no van a saber, entonces, de la indisimulada militancia de Pérez de los Cobos en el PP. Cómo consintieron en que fuese nombrado para el cargo. Sólo encuentro una explicación para ello: que los nombramientos en el Tribunal que, como ya he dicho, ha de ser el último recurso para que los ciudadanos vean defendidos sus derechos, sean el resultado de un miserable intercambio de cromos, en el que lo que menos importa es quién es el propuesto y, lo que más, quién lo propone.

En el caso de Pérez de los Cobos, se ha dado la "desgracia" de que su militancia se ha convertido en inocultable y les ha dejado a todos en evidencia, también a la oposición socialista que ahora se esfuerza en pedir su dimisión, pero es evidente que los controles parlamentarios a que se sometió el magistrado para su nombramiento como presidente del tribunal fueron tan inútiles como esas carísimas balizas del ferrocarril que, a la postre, no cumplen con su función, porque están  desconectadas.
 
 

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lunes, 29 de julio de 2013

DEMASIADO PARA UN SOLO HOMBRE

 
 
"Somos humanos, somos humanos" dicen que gritaba en su desesperación el conductor del Alvia descarrilado a última hora del miércoles, cuando estaba a punto de llegar a la estación de Santiago.
Lo gritaba al tiempo que repetía que tomó la curva a ciento noventa kilómetros por hora, una curva en la que ya todos sabemos de sobra que el tren no debería haber sobrepasado los ochenta. Lo supimos casi de inmediato, como también supimos que, al menos en una ocasión, había colgado en Facebook una foto del velocímetro de un tren que conducía a doscientos kilómetros por hora. Se nos dijo también desde las dirección de Renfe y ADIF -lo hizo Gonzalo Ferre, presidente de esta última- que, prácticamente, la única responsabilidad del conductor era la de controlar la velocidad y que estaba allí para eso, porque, si no, sería un pasajero más.
Se nos dijo todo eso y, además, se filtraron las imágenes del momento preciso en el que el tren descarrilaba, para que no quedase ninguna duda de que el exceso de velocidad fue la causa del descarrilamiento.  No cabe duda de que se echaron todos esos "huesos" a la prensa, para que, poco a poco fuera satisfaciendo su empeño en encontrar la explicación para la tragedia que la sociedad estaba necesitando. Mientras tanto, ambas empresas permitieron, con su silencio o su ambigüedad, que se abriera un gran debate nacional, en el que todos, ingenieros de oídas, nos enredamos en cantar la idoneidad del sistema ASFA, analógico o digital, o ERTMS instalados en el trayecto. Y a fuer que lo consiguieron, porque el bosque que nos pusieron delante nos impidió ver la verdadera causa del accidente que no es otra que, pese a toda la tecnología presuntamente desplegada en el trayecto, el accidente se produjo en el lugar más propicio para que ocurriera, en el punto exacto en el que la línea pasa de ser de alta velocidad a ser, simple y llanamente, convencional.
Hoy, mitigado el apasionamiento de los primeros momentos, viendo las cosas con perspectiva, nos damos cuenta de que todo fue una gran chapuza, porque nunca debió dejarse en manos de un sólo hombre la responsabilidad de, en apenas cuatro kilómetros o lo que es lo mismo, poco más de un minuto,  reducir la velocidad del tren en ciento diez kilómetros por hora. La gran chapuza nacional que llevó a que, por las prisas de colgar el AVE en el cartel electoral correspondiente, se anudase un cordón de seda con una vieja soga de esparto. Hoy sabemos que nada ni nadie, salvo sus propios sentidos, podía avisar al conductor de que la velocidad con que iba a entrar en la curva llevaba al tren directamente a la tragedia. Hoy sabemos, nos lo cuenta el diario.es  que el sistema de seguridad instalado en el tramo "soga" de la vía era de hace medio siglo, el ASFA analógico, y que el moderno ERTMS del tramo "seda", un sistema tan caro como el resto de la línea no estaba en uso.
Tengo la impresión de que cuanto más hurguemos en el asunto, más conscientes vamos a ser de que la responsabilidad de este accidente es demasiada para echarla sobre la conciencia de un solo hombre. No puede ser que la seguridad de un tren cargado de pasajeros dependa de que una sola persona, dos ojos, dos oídos y un cerebro, estén al cien por cien de su capacidad en el momento justo. Pueden darse muchas, demasiadas, circunstancias para que eso no ocurra y, en ese caso, la tragedia vendría sola.
Todo esto por no hablar de la chapuza que fue la descoordinación de las dos primeras horas, de la imposibilidad del acceso a las vías que, probablemente, aumento el número de víctimas, seguro, en el vagón incendiado y probablemente en los demás. Sé que esto que digo resultará duro y, sobre todo, echará abajo el bonito cuento que nos hemos estado contando a lo largo de estos días. La realidad es así e, insisto, es demasiada tragedia para un solo hombre que bastante tiene con llevarla sobre su conciencia el resto de su vida. Somos humanos y, porque lo somos, no deberíamos fiar la suerte de tanta gente a que un solo hombre esté, en todo momento, al cien por cien de su capacidad.
 
El juicio mediático ya está hecho. Tenemos un culpable, el maquinista, que parece que, en su fuero interno, ha asumido ya su culpa. Ahora nos queda la tarea de encontrar, también en los despachos, a los demás.
 
 
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domingo, 28 de julio de 2013

ROUCO Y FRANCISCO

 
 
Vaya por delante mi reconocimiento de una cierta culpa por la simpleza de miras con que recibí en su día el nombramiento del cardenal Bergoglio como sustituto de Ratzinger. Bien es verdad que, en caso de consolidarse los pasos que viene dando el papa Francisco, no harían sino interrumpir toda una tradición de la jerarquía de la iglesia católica que siempre se ha mostrado, especialmente en las últimas décadas, complaciente con el poder, mientras mostraba la más terrible de sus caras y trataba de imponer su férrea moral a los más humildes.
Me sorprenden no sólo los gestos, sino, especialmente, las palabras de este papa, de este jefe de la iglesia católica que ayer mismo defendió en Río de Janeiro la laicidad del Estado, he de suponer que consciente de toso lo que implica. ¿Qué habrá pensado desde su cómodo sillón de presidente de la Conferencia Episcopal Española el cardenal Rouco? Desde luego, nada bueno, porque en un estado laico poco o nada deberían decir los obispos y quienes están detrás y delante de ellos sobre las leyes que se dan los ciudadanos para regular y ordenar los derechos y las obligaciones de los ciudadanos.
¿Qué dirá Rouco que, por ignorancia o por cinismo, confundió ante los periodistas los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIEs) con las islas gallegas, del mandato del papa a los sacerdotes brasileños para "buscar a dios en las favelas"? Qué distinto ese mensaje de su orden, primero de cerrar y luego de descafeinar la parroquia de San Carlos Borromeo, en Vallecas, caracterizada por eso, por acercarse a los más humildes, a quienes más necesitan, no ya de eso que llaman "la palabra de dios", sino de la ayuda y el ejemplo de iguales, sin disfraces, sin lujos, que desde el mismo suelo que pisan y con las mismas necesidades y problemas se han instalado junto a ellos.
No creo que al soberbio de Rouco le estén gustando los mensajes que llegan de Río. Y, sin embargo, debe saber, si es que es más inteligente que altivo, que son esos los únicos válidos en un momento en el que se están desmoronando las clases medias, las mismas que fueron el germen de las sectas que hace años tomaron el control del Vaticano, compensando -en la ministra Mato tenemos un ejemplo- con intransigencia moral los dispendios que se permiten en riquezas.
Ya no hay puentes entre las barriadas que acogen a los inmigrantes y a los más desfavorecidos del resto de los españoles. Los han volado o los están volando los ministros de este gobierno, el más descaradamente confesional de la reciente democracia española. Entre ricos y pobres, en España, ya sólo queda el arroyo, cada vez más ancho y más fangoso. Y si la iglesia no quiere quedarse sola en la orilla de los ricos, con sus colegios, con sus rosarios, con sus ritos y sus lujosas ceremonias, más le vale mandar a sus sacerdotes a arremangarse y cruzar las negras aguas de la crisis para ir a vivir y a compartir al otro lado del arroyo. 
Me temo que Rouco y el papa Francisco sólo tienen en común la lengua y eso, siendo mucho, es muy poco. La única iglesia válida hoy -y lo escribe un ateo convencido- es la que se ponga del lado de  los que sufren y eso, pese a Cáritas que, en realidad tiene poco que ver con la jerarquía, no lo está haciendo en España. En cuanto al papa Francisco, ojalá se consolide su mensaje y ojalá disfrute de una vida larga y tarde mucho en rendirse.
 
 
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sábado, 27 de julio de 2013

CRUDEZA GRATUITA

 
 
Me asomo al blog de un amigo argentino de visita en España, con el que ayer tuve el placer de compartir comida y sobremesa, y me doy de bruces con una polémica reflejada en el blog de otro amigo y que no es otra que la de el modo en que se ha tratado la información, fundamentalmente en imágenes, pero no sólo a través de ellas, de la tragedia del descarrilamiento del tren Alvia cerca de Santiago de Compostela.
Mi amigo defiende la necesidad de mostrar los cadáveres en toda su crudeza, porque forman parte de la realidad que se quiere contar y yo no puedo estar más en contra de ese criterio. Traté de explicarlo hace dos días en este mismo, pero me temo que fui demasiado sutil, porque tengo tendencia al pudor -lo que resulta mal asunto para quien se ha dedicado y se dedica a esto- y no quise ser tan explícito como debía haberlo sido.
Dice mi amigo, curándose en salud, que, sin necesidad de acudir a las dantescas imágenes del campo de exterminio de Auschwitz, las crudas imágenes de la guerra civil americana o las de Phan Thị Kim Phúc, la niña vietnamita abrasada por el napalm lanzado por los mismos que rescataron a quienes tuvieron la fortuna, quién sabe, de sobrevivir al horror de Auschwitz, cuentan la realidad, supongo que como primer paso para modificarlas. Y no puedo estar más de acuerdo. Incluso con las terribles imágenes de los campos nazis, alguna de las cuales llevan la firma del propio Alfred Hitchcock.
Esas imágenes explican el horror de la guerra, de las guerras, y la barbarie calculada y científica, la deshumanización del horror nazi y, no sólo es bueno que se filmasen, sino que conviene difundirlas cada cierto tiempo para que las conozcan todas las generaciones.
Pero el caso de la tragedia de Angrois es distinto, lo es el de todas y cada una de  las víctimas de todos y cada uno de los accidentes, y os explico por qué.
Hace treinta y dos años tuve que ver en las páginas de la prensa, probablemente en las de EL PAÍS, porque era el periódico que leía, una foto que pudo haber firmado un amigo -yo, en aquella época, tenía muchos amigos fotógrafos, de los que aún conservo alguno- en la que se mostraba el momento en el que se sacaba a través de la ventana del vagón de in tren accidentado la camilla que transportaba un cadáver cubierto por una manta o una sábana, no recuerdo bien, de la que asomaba una pierna, con el pie cubierto solo por el calcetín, que reconocí inmediatamente, porque eran la pierna y el pie de mi hermano Miguel, fallecido junto a su amiga Miriam y varios empleados de Renfe, en aquel maldito choque de trenes.
A mi amigo le digo que la crudeza de aquella imagen que periódicamente me viene a la memoria y que, he de reconocerlo, no era excesivamente explícita, aunque bastase para reconocer al ser querido, resultó completamente gratuita, porque no aportaba nada a la explicación de lo que había sucedido y mucho menos a evitar que volviese a suceder, pero a mí me dejó un recuerdo que quizá no hubiese querido tener.
Se que “venden” menos, pero aportan más al conocimiento de lo sucedido las imágenes aéreas y a distancia del estado en que quedó el tren derrotado sobre la vía. Y, querido amigo, creo que nuestro papel como periodistas con conciencia es el de tratar de explicar la realidad para mejorarla.
 
 
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viernes, 26 de julio de 2013

EL ESTADO Y LAS TRAGEDIAS

 
 

Horas después de la tragedia de Angrois nuestros gobernantes, los mismos que se han pasado meses minando la moral y el prestigio de los funcionarios públicos, a los que se ha tildado sin piedad y sin razón de vagos, egoístas, aprovechados y, cómo no, incluso de sindicalistas, esos mimos personajes se han deshecho en elogios a los bomberos, a los sanitarios, a los psicólogos y a los voluntarios que, más allá de horarios, huelgas, libranzas, vacaciones y, sobre todo, obligaciones reglamentadas, se pusieron a disposición de las autoridades para paliar en lo posible el dolor y los daños causados por el accidente del Alvia.

Como ya se ha dicho, la respuesta de todos estos ciudadanos ha sido la luz en estas horas negras que han seguido a la tragedia y esa respuesta ha sido la que ha dado la talla de los servidores de este Estado que, a cada minuto y a golpe de decreto, nos están quitando de las manos. Quiero creer que médicos bomberos o psicólogos, al margen de la explotación que pudieran sufrir en manos privadas, se comportarían de la misma manera que lo han hecho sus compañeros de Santiago, De lo que no estoy tan seguro es de que tuviesen a su disposición los medios necesarios para atender con eficacia una emergencia de esas proporciones.

Es de cajón que, cuando en una gestión entra en juego el lucro, entra también, de su mano, el cálculo de probabilidades, ese pensar y medir qué posibilidades hay de que se pueda producir una emergencia que pueda requerir decenas de camas hospitalarias, ucis y personal que las atienda, qué posibilidad hay de que los bomberos tengan que desguazar en horas un tren entero y de que dispongan del equipo adecuado para hacerlo.

Es evidente que los mercaderes que pujan por hacerse cargo de los hospitales públicos no se plantean estas contingencias. Ellos piensan más en los céntimos a recortar de cada menú, en ahorrar en gasas, vendas y calmantes que en catástrofes que, afortunadamente, resulta difícil que se repitan. Tampoco piensan, a la hora de contratarlo, en la calidad y cualificación del personal, más bien en su precio, y olvidan que, en todas las actividades, pero especialmente en la sanidad, la experiencia es un plus que revierte en la eficacia y el acierto en decisiones que han de tomarse en apenas unos segundos.

Y qué decir de los bomberos que nunca serán rentables porque, menos mal, no hay incendios las veinticuatro horas del día los trescientos sesenta y cinco días del año. Para nuestros gestores -en Madrid sabemos mucho de ello- son señores con demasiados días libres que pasan demasiado tiempo ociosos en los parques. Olvidan las horas de entrenamiento y la entrega con que salen a cada servicio, muchas veces a jugarse la vida.

Son sólo dos ejemplos de cómo se está maltratando a los servidores de este Estado que está ahí, no para que salgan las cuentas que, a ser posible, también, sino para cubrir las necesidades de quienes, como ciudadanos, lo sostenemos con  nuestros impuestos. Espero que las lágrimas, que quiero creer sinceras, no de cocodrilo, de Núñez Feijoo o los elogios de Rajoy y el rey a  los funcionarios no sean nube pasajera que se olvida al día siguiente. Espero que caigan en la cuenta de que, para quienes no creemos en la protección de la virgen del Rocío o la divina providencia, el Estado es, como al final para todos, la única protección y consuelo cuando nos alcanza la tragedia.
 
 

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jueves, 25 de julio de 2013

NO ME GUSTA HABLAR DE ESTAS COSAS

 
 
Me cuesta esta mañana, como nunca, ponerme a escribir sobre el único asunto que hoy merece nuestra atención. Y me cuesta, sobre todo, porque hace ya muchos años perdí a mi hermano Miguel en un accidente ferroviario, otro, absurdo como todos, un cinco de enero, víspera como hoy de una fiesta que para nosotros, para mi familia, para mis amigos y los de Miguel, dejó de serlo en el instante en el que aquel tren se encontró de frente en la misma vía con aquella máquina que nunca debía haber estado allí.
Recuerdo perfectamente las primeras noticias de aquel accidente ferroviario. Había ocurrido cerca de Miraflores de la Sierra y las escuché en la radio, con el desapego de quien tiene otras cosas que hacer y no sospecha que lo que acaba de suceder le afecta y va a cambiar su vida para siempre. Era víspera de Reyes y trabajaba en el negocio familiar -una perfumería- aconsejando y empaquetando esos regalos de última hora que, pese a la falta de imaginación o presupuesto, permitían cumplir con la tradición. Tenía también otras cosas en las que pensar, porque tres días después iba a casarme.
Recuerdo también que el destino estuvo jugando con nosotros, con mis padres, mis hermanos y conmigo durante horas, porque, como digo, no sabíamos que Miguel viajaba en él y, cuando lo supimos, nos dijeron que no estaba entre las víctimas, ni siquiera entre los heridos que habían sido evacuados. Tratando de explicar lo inexplicable, nos dijeron que quizá le habían evacuado aturdido y desorientado. Pero las horas pasaban y Miguel no aparecía o, mejor dicho, no daba señales de vida.
Todo, porque habían identificado su cadáver -llevaba una cazadora azul- como el de uno de los maquinistas que, finalmente, apareció herido en uno de los hospitales.
Recuerdo que tuve que acompañar a mi padre hasta Miraflores cuando ya supimos -fue él, pobre, quien tuvo que identificar el cuerpo- que una de las víctimas era mi hermano. Había fallado la suerte, la esperanza que nos mantuvo aturdidos todo el día y, por desgracia, Miguel estaba allí. Tuve, no sé si la suerte, sí el privilegio, de poder despedirme de aquel chaval tan brillante y tan querido -aún hoy, treinta años después de su muerte, me hablan de él- con el que, de niños, tantas veces me había peleado. Heredé su entusiasmo, alguno de sus libros y bastantes de sus amigos, su recuerdo y la duda de hasta dónde pudo haber llegado de no haber muerto absurdamente cuando sólo tenía veinticuatro años.
Por eso no me gusta hablar de estas cosas, porque yo he pasado por ello, porque sé que, cuando suceden, los periódicos, las televisiones y las radios se llenan de datos, de historias y de imágenes que poco o nada tiene que ver con la realidad de las historias truncadas, de las vidas interrumpidas que quedan entre los restos. Los medios tratan de darle a la sociedad una explicación o un consuelo que nunca lo son para quienes han perdido a sus seres queridos.
En mi caso, el de Miguel, el único consuelo es que, a sus veinticuatro años, había vivido una vida tan intensa y gratificante que, he de reconocerlo, le envidiaba. Desde que enterramos su cuerpo, nunca he vuelto al cementerio para visitar su tumba, pero raro es el día que no me acuerdo de él. Entendéis por qué no me gusta hablar de estas cosas.
 
 
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