jueves, 17 de mayo de 2018

EL RECOMENDADO


Me gustaría poder ver por un agujerito lo que está pasando en el PP. Me cuesta menos imaginar por lo que están pasando. Es evidente que el partido está hecho unos zorros, que, por su mala cabeza y su escasa honradez, se ha convertido en un pim pam pum vertiginoso, en el que los muñecos tardan menos en caer que en ser repuestos.
Pensemos que, si no hace tanto veíamos a Cristina Cifuentes como una posible candidata a suceder al mismísimo Mariano Rajoy, hoy nos partimos de la risa con sólo recordarlo. Pues bien, si alguien se permitió respirar con alivio por la verçgonzosa y chusca caída de la ex presidenta de la Comunidad de Madrid, hoy se ha vuelto a atragantar con el repaso al poco creíble expediente académico de uno de sus posibles sucesores, Pablo Casado, a quien los títulos académicos le llegan como los galones a los hijos de los reyes o los dictadores.
Ahora mismo, tengo en la cabeza la imagen de Pablo Casado, vicesecretario de comunicación del PP. compareciendo con gran despliegue de medios en las primeras horas del "caso Cifuentes" para dejar claro que su caso, el de su máster en la Rey Juan Carlos, nada tenía que ver con el de la señora que, con nocturnidad y alevosía, blandiendo un certificado más falso que un billete de seis euros, trató de convencerse y convencernos de que pese a lo que se estaba publicando, entonces sólo la alteración de las notas de su máster, se iba a quedar en su cargo. La actitud de Casado, creo que lo he dicho alguna vez, mareando a la prensa con papeles y más papeles de su expediente, me recordaba a la de Luis Roldán paseando por redacciones, televisiones y radios una carpeta repleta de documentos, con los que, sólo mostrándoselos a periodistas por entonces poco duchos en materia de corrupción, pretendía probar su inocencia.
El esfuerzo de Casado, que ayer, pasado más de un mes de aquella exhibición de la panoplia con su expediente, tuvo que peregrinar, como hizo aquel Luis Roldán agobiado, por más de una veintena de medios para convencernos de que aprobar doce asignaturas de la carrera de Derecho en sólo cuatro meses, mientras ejercía el cargo de presidente de las Nuevas Generaciones del PP y participaba en la campaña electoral en la que consiguió su primer escaño en la Asamblea de Madrid, es lo normal.
Lo hacía para defenderse de una portada de EL MUNDO en la que, sin demasiadas concreciones, es verdad de le acusaba de haber sido un protegido de altos cargos del PP, entre ellos Esperanza Aguirre que "presionaron" a algunos profesores del Centro Cardenal Cisneros, adscrito a la Complutense y propiedad de la Comunidad de Madrid, para que le aprobasen.
No sé si el asunto fue tan burdo como parece y lo fue la falsificación del máster de Cifuentes, con presiones y amenazas de una asesora de la presidenta. Lo que sí sé, es que ni él ha convencido con sus explicaciones, ni el rector de la Complutense o el entonces director del Cardenal Cisneros se han esforzado en defenderle.
Esta misma mañana, ese director, Alberto Pérez de Vargas, ha reconocido que Pablo Casado le fue presentado como presidente de Nuevas Generaciones en su despacho por dos profesores para resolver la convalidación de varias asignaturas que traía aprobadas de su paso por el CADE, otro centro de enseñanza de Derecho, con fama de duro y dependiente de la Universidad de Comillas, en el que, en siete años, sólo fue capaz de aprobar la mitad de las asignaturas. Pérez de Vargas reconoce que, no él, pero sí algunos profesores recibían llamadas de la Comunidad de Madrid y que la propia Esperanza Aguirre estaba muy interesada en Casado. También ha dado a entender que, aunque Casado no vino con una carta de recomendación, es evidente que le fue presentado como se presenta al "hijo del jefe".
En fin, lo que nadie puede negar, ni el mismo Pablo Casado, que presume de no haber mentido al incluir en su currículo un posgrado en Harvard porque "no dijo donde lo cursó ni que sólo duró unos días", que su expediente está bajo sospecha y que habrá que esperar a la investigación que ya ha iniciado la Universidad Complutense para darle o quitarle la credibilidad que ahora tiene en duda. Lo que sí tenemos claro es que el "recambio" del PP, al menos mientras estudió en el Cardenal Cisneros, fue un recomendado del a Comunidad de Madrid que entonces presidía Esperanza Aguirre, afamada criadora de ranas.

miércoles, 16 de mayo de 2018

DESCOMPRESIÓN


Qué desesperante resulta comprobar cada día que ninguno o prácticamente ninguno de los actores implicados en el laberinto catalán pare dispuesto a allanar el camino hacia una salida que cada vez parece más lejana. Qué mayor prueba de lo que digo que esa oferta de diálogo, esa disposición a un encuentro con Rajoy expresada por el president Torra en inglés y a más de dos mil kilómetros de La Moncloa o la Plaça Sant Jaume. Acaso no sabe el señor Torra lo negado que, salvo para el gallego, es Mariano Rajoy para los idiomas.
Da la impresión de que Torra y su mentor no quieren ser entendidos por quienes deberían recibir sus mensajes, da la impresión de que no pretenden otra cosa que "venderse" en el exterior, que es lo que vienen haciendo desde que decidieron emprender su loca carrera hacia una república catalana que, de momento, parece tan lejana como imposible. Una actitud que, a mi modo de ver y por repugnante que resulte el pensamiento expresado por Torra en sus tuits y artículos xenófobos, es más peligrosa que su obsesivo desprecio a los españoles, incluidos los catalanes que no bailan al son de sus teorías.
Pese a todo, en un tono y una actitud que no son los acostumbrados, Rajoy se ha dado por enterado y dispuesto a verse con el nuevo president. Todo, sin que Torra haya tomado aún decisiones y sin que el gobierno haya levantado el polémico artículo 155 y devuelto a la Generalitat el control político de la administración catalana. Poco es, apenas un gesto, pero permite abrigar esperanzas sobre el futuro.
Sin embargo, acostumbrados como nos tienen los soberanistas en el poder a la ducha escocesa de sus vaivenes, no conviene echar las campanas al vuelo. Entre otras cosas, porque difícilmente repetirá Rajoy en La Moncloa y porque Joaquim Torra se tiene por un presidente provisional e interpuesto.
Demasiado acostumbrados estamos a que los políticos se muestren como grandes animales dormidos, de pesados movimientos que sólo despiertan ante la proximidad de las urnas que, por desgracia, son el verdadero motor de sus acciones, no podemos confiar en la sinceridad de unos y otros. No hay más que pararse a pensar en que el soberanismo, que alcanzó su cénit tras la estúpida estrategia de Interior el primero de octubre está ahora en horas bajas y que se crece en la confrontación, en la explotación del victimismo ante los "abusos" de "Madrid",
Bajo esa mirada, parece que la radicalidad de Torra, su empecinamiento, al menos, aún, de palabra, no persigue otra cosa que reavivar la dinámica perdida de la acción y la reacción, la vieja relación víctima verdugo que tan buenos resultados había dado hasta ahora a los de aquí y los de allá.
Digo esto porque tengo la impresión de que, en algún momento, la Generalitat de Torra forzará la máquina para provocar el órdago de unas nuevas elecciones que reforzaría en el Parlament, si no a todos los soberanistas, si a Puigdemont y los suyos. También, y ya me duele, a Inés Arrimadas en Cataluña y a su "jefe", Albert Rivera, en el resto de España.
De ahí la actitud enconada de Ciudadanos, exigiendo mano dura y dinamitando cualquier atisbo de dialogo entre La Moncloa y Sant Jaume. No buscan, y me repito al decirlo, una solución sino votos. El aparente cambio de actitud de Rajoy, otra cosa son algunos de sus ministros, mostrándose dispuesto a levantar el 155, ha propiciado la radicalización de Rivera que, cual Guerrero del Antifaz de este siglo, parece dispuesto a ir más lejos incluso de lo que llegó la torpe represión de Zoido, que no consiguió sino que quienes querían hacerse oír en las urnas para expresar su NO, ante las cargas y los palos, acabaron por darles un SÍ que los independentistas administran a su gusto y sin el menor atisbo de rubor.
De sobra sabemos que la presión y el enconamiento no llevan a la solución, De sobra sabemos que este incendio no necesita de pirómanos como Trra y Rivera, por eso la receta no puede ser otra que la de la descompresión, el abandono de la confrontación y la búsqueda del diálogo, algo que, al Partido Popular, después de haber echado tanta leña al fuego catalán, después de tanto "a por ellos", le va a resultar muy difícil. Aun así, hay que tener la grandeza de intentarlo.

lunes, 14 de mayo de 2018

EL "MINI YO" DE PUIGDEMONT


Anda el patio alborotado por los delirios nacionalistas -supremacistas, dicen- de quien hoy será elegido president de la Generalitat y no se dan cuenta de que es el nacionalista designado por la cúpula nacionalista para gobernar a los catalanes los próximos cuatro o quién sabe cuántos años. Qué esperaban de un nacionalista, al menos de un nacionalista puro. Los nacionalistas, sean de donde sean, también y especialmente los españoles, son todos supremacistas, al menos en el territorio que pretenden, porque se encaraman a la diferencia para justificarse y no conozco a nadie que se señale a un tiempo diferente e inferior a sus vecinos, a nadie que pretenda imponerse desde abajo a los demás, todos se creen distintos, se creen mejores y son, casi siempre y por desgracia, excluyentes, hasta el punto de creer, valga la broma, que nuestra “parejita” eurovisiva iba a ganar, porque era la mejor y, si era la mejor, lo era porque era la nuestra
Joaquim Torra, el elegido por Puigdemont que ha aceptado el resto de la cúpula nacionalista tiene el cuello endurecido de tanto mirar al pasado y la mirada un tanto deslumbrada de tanto brillo como ha sacado al pasado, no siempre heroico de Cataluña, virtudes para unos, los nacionalistas, que, para mí, son defectos, si lo que se pretende que haga es conducir a Cataluña y los catalanes hacia ese futuro que sueñan, que todos soñamos, mejor.
Para desgracia de todos, el panorama que se abre con Torra en Cataluña vuelve a ser la constatación de la máxima que nos dice que cualquier situación por mala que parezca es susceptible de empeorar, porque quienes toman las decisiones y llevan años tomándolas sólo en un puñado de cosas intangibles que en nada mejoran la vida de los ciudadanos, más allá de lo que, para algunos, no para todos, no son más que sueños.
Cabe preguntarse el porqué de esta elección-designación, tomada en Berlín sin luz ni taquígrafos suficientes. Yo me inclino a pensar que la mayor virtud de Torra ante los suyos es la de no estar afiliado a unos ni a otros, aunque queda claro que se trata de un hombre de Puigdemont, un hombre instalado en la provisionalidad, dispuesto a quemarse en la pirotecnia del procés mientras se celebra el juicio a los procesados, valga la redundancia, por los hechos que llevaron a la aplicación del 155.
Mi única esperanza es que, a Torra, le guste el cargo tanto como le gustó a Puigdemont y que, como él, traicione las expectativas que sobre él se han forjado. Recordemos que Puigdemont, aconsejado por Urkullu, uno de los pocos nacionalistas sensatos que conozco, pareció por unos instantes, unas pocas horas, instalado en la duda y dispuesto a no dar el terrible e inútil paso que finalmente dio: la proclamación de la efímera República Catalana.
 Por más vueltas que le doy y después de escuchar a Javier Sardá lo que Oriol Junqueras le dijo, con un cristal de por medio, en un locutorio de la prisión de Estremera: que, como político, creyó que su obligación era quedarse, a pesar de la cárcel, en lugar de huir, en una clara alusión y como reproche al fugado Puigdemont, por más que trato de encontrarle una explicación al sorpresivo nombramiento de Torra. sólo la veo en que Esquerra, no Junts per Catalunya, no quiere otras elecciones, la misma que tendría la abstención de la CUP, porque unos y otros y de ser ciertas las encuestas, perderían escaños, en un momento en el que el soberanismo pierde fuelle y necesita que alguien reavive el incendio.
Ojalá Torra le salga rana a Puigdemont, como él nos salió rana a quienes le creímos más sensato y más dialogante, ojalá este "mini yo" del fugado president acepte, pese a su discurso instalado en la confrontación, el diálogo con un Rajoy aparentemente moderado. Sería bonito y reconfortante que así fuese, al menos hasta que uno y otro se midan en las urnas que liman aristas y todo lo suavizan. Quizá así los catalanes tuvieran el gobierno eficaz y realista que siempre les supusimos. Así que, como allí se dice "anem per feina".

viernes, 11 de mayo de 2018

SUSPENSE Y JUEGOS DE MANOS


Supongo que, a estas alturas, nadie ve los partidos políticos como otra cosa que pequeñas monarquías a escala en las que la democracia interna brilla por su ausencia tanto como se hincha el ego del líder de turno. Es difícil rebatir esto que digo, porque, de un tiempo a esta parte, asistimos al bochornoso espectáculo de unas sucesiones en sus órganos de poder que, salvo por la ausencia del vínculo de la sangre, se parece más a un relevo en el trono.
En el PP, es Rajoy el que decide quien vive y quien muere, quien progresa y quien cae en el abismo, y acaba de dejarlo claro con la designación del anodino Ángel Garrido, fiel servidor en apariencia de la presidenta Cristina Cifuentes, abandonada a su suerte, en la peor de las ignominias y olvidada en todos y cada uno de sus discursos después de haber ejercido como su paladín en las refriegas en torno al chusco máster de sus desgracias.
Sin embargo, estas sucesiones no sólo y no siempre tan a las claras se dan en el PP. Son pocos los partidos que escogen a sus líderes en pura democracia. Es tanto lo que está en juego que los aparatos se defienden con uñas y dientes contra las urnas y contra ese espantoso "un militante, un voto". Lo pudimos comprobar con aquel "golpe de Estado" dado en Ferraz, para derribar a Pedro Sánchez, al que sólo una revolución en las bases socialistas devolvió a la secretaría general que había ganado en las urnas. Para qué hablar de Ciudadanos o del complejísimo sistema de votación de los vistaalegres de Podemos, que nunca se apartan de un milímetro de los designios de su líder.
Sucesión "monárquica" hubo también en Convergencia, cuando el veterano Pujol, acorralado ya por la corrupción que empapaba a toda su familia, con él chorreando, designó a Artur Mas, con su pinta de "yerno" ideal, al frente de algo que era más que un gobierno y más que un partido, cargado de trampas y citas judiciales. y dispuesto a emprender una huida hacia adelante, en la que creyó que la bandera de la independencia lo iba a cubrir todo. Casi lo consigue, porque, hasta que se dio de narices con la CUP, consiguió que los catalanes, algunos, menos de la mitad, olvidaran sus corruptelas y las de su partido ante la zanahoria de una más que improbable independencia.
Así, de movilización en movilización, de elección en elección, llegó a esa "casi" mayoría absoluta que podía hacer realidad, si no el sueño, sí la visión del sueño. Pero la díscola CUP, coherente con su discurso, exigió su cabeza a cambio de ser el broche de esa mayoría no por todos deseada, capaz de proclamar la independencia. Fue entonces cuando apareció de la nada Carles Puigdemont, un periodista de oficio que llegó por una serie de carambolas a la alcaldía de Girona, del que nunca se supo a qué jugaba, salvo que para su juego había que matar al padre, Artur Mas, al que se dejó apenas sin voz y cargado de citas en los juzgados.
La huida hacia adelante siguió con una mayoría en escaños que, pese a las movilizaciones, nunca representó a todos los catalanes, hasta la aprobación con plena conciencia, dando de lado el dictamen de los letrados del Parlament y desoyendo las advertencias del Tribunal Constitucional, aprobó leyes efímeras, tan efímeras como esa independencia que duró lo que dura la coma de una adversativa en un discurso y que llevó al 155 y a la prisión y la huida de la élite del independentismo.
A partir de ahí, el martirio para unos, los más coherentes y la aventura internacional para los más avispados. A partir de ahí, el ilusionismo, el juego de apariciones y desapariciones, el ratón heroico burlando al torpe y gordo gato Estado, cruzando fronteras, vendiendo en inglés y francés lo que difícilmente podía explicar en español, hasta que la pesada, torpe, pero eficaz maquinaria del Estado le dejó claro que legalmente nunca sería elegido presidente de Cataluña.
Ha sido a partir de ese momento, después de retorcer y crear leyes inviables, suspendidas por el Constitucional, después de fracasar en la búsqueda de un respaldo internacional que nunca tuvo, porque nunca podrá tenerlo, cuando, tras un inútil ir y venir de diputados, a Bruselas, primero, y a Berlín después, después de dejar plantadas a tres diputadas que ayer mismo viajaron a la capital alemana, por arte de birli birloque y en el mayor de los suspenses se sacó de la manga el nombre de Joaquim Torra, un hombre de la cultura, independentista radical, ex presidente de Òmnium Cultural y no mal visto por la CUP, para recibir la investidura como president que él tanto ansiaba.
Algún día sabremos que ha habido detrás de esta designación, quizá, pero hoy sólo vemos el paño rojo de raso y el humo de colores que deja el ilusionista, tras mantenernos en suspense con su juego de manos.

jueves, 10 de mayo de 2018

RIVERA, COMO TRUMP



De sobra sé que Albert Rivera, recién salido de un escaparate de Cortefiel, físicamente tiene poco que ver con el delirante presidente norteamericano, con su flequillo imposible y sus trajes a medida que, más que trajes, parecen tiendas de campaña, tampoco en sus ademanes, exagerados los de Trump, contenidos y calculados los de Rivera. Sin embargo, uno y otro defienden lo mismo, los grandes intereses económicos, uno de forma burdamente personal, suya es una de las mayores fortunas de esa américa que dice anteponer a todo. el otro de forma taimadamente vicaria, y lo hacen pases lo que pase y caiga quien caiga.
De los orígenes de Trump, lo sabemos todo, asuntos de cama incluidos. O al menos eso creemos. De los de Rivera, no tanto, porque nunca ha quedado claro de dónde salió el dinero para esa campaña en la que un brillante empleado de banca jugaba a mostrarse desnudo en los carteles, sin que, como pasa con su programa y, lo que es peor, su pensamiento, podamos ver nada.
No obstante, Trump y Rivera se parecen mucho. Uno y otro son aparentemente impredecibles en sus reacciones y, sin embargo, cada una de sus decisiones, cada uno de sus gestos, llenos de aspavientos los de Trump, más fríos y comedidos los de él, responden a un plan previamente trazado, que siempre es el que mejor se ajusta a sus intereses y a los de quienes les apoyaron y les mantienen. 
Lo ha demostrado Trump, beneficiando con sus falsas lecciones de patriotismo, beneficiando con sus bravuconadas frente a Corea del Norte, destinadas a sembrar la inestabilidad entre los dragones de la economía asiática, y también a los grandes padrinos del petróleo, que tanto deben a los Bush, y a sus dos guerras, con su abandono del pacto nuclear con Irán que, de momento, ya ha cosechado, mal que nos pese, una importante subida de los precios del crudo, que, además de llenar los bolsillos de sus socios en el cercano oriente, frenarán la recuperación de economías como la nuestra.
A Albert Rivera, que se dice defensor de la unidad de España, le importan poco los españoles, como bien demostró ayer, abandonando el acuerdo del 155 de manera abrupta e inesperada, un gesto más propio de Trump y su populismo, dirigido a impedir que Mariano Rajoy, al que ya ha alcanzado en el sondeo del CIS, pueda apuntarse el tanto de haber forzado la constitución de un gobierno ajustado a la legalidad en Cataluña.
Carles Puigdemont, con su balsa desinflada y a punto de naufragar, le estará muy agradecido, porque los aires de héroe de la Reconquista que persigue Rivera, poniéndose a la derecha de los "patriotas" más patriotas. Ahora, con la estudiada "radicalización", el ex president ya puede decir que lo peor aún no ha llegado, porque el 155 blando y breve que ha aplicado Rajoy y que puede levantarse tras la más que probable constitución del gobierno catalán, puede quedar en nada comparado con la dureza que pretende Rivera, sólo y exclusivamente para convertirse, de cara a las elecciones en el resto del país, en un Don Pelayo justiciero, defensor a sangre y fuego de la unidad de la patria.
Como a Trump, poco le importan a Rivera las consecuencias de sus planes, porque, de la patria y los patriotas, sólo le importan los votos, Quizá por eso dejó ayer a Rajoy cariacontecido en su escaño, quizá por eso éste le llamó "aprovechategui", quién mejor que el propio Rajoy, que lo ha sido frente al PSOE con el terrorismo y la economía como rehenes, para saber lo que hace un aprovechategui.
Ni a Rivera ni a Trump les importan una higa los norteamericanos ni los ciudadanos. lo único que les importa es estar ahí, en lo alto, para tomar las decisiones que más convengan a sus padrinos. Por eso invocan siempre la bajada de impuestos y el patriotismo, dos cosas con las que a las almas simples los ojos les hacen chiribitas, drogas ambas que atontan y adormecen las voluntades, permitiendo el saqueo y los abusos a los que nos tiene ya acostumbrado la derecha sin alma, que sólo desea seguir con las reformas que los hacen posibles.
Rivera y Trump se parecen en eso, no son tan distintos. Rajoy también, pero a Rajoy hace tiempo que se le cayó la máscara.

miércoles, 9 de mayo de 2018

¿SOMOS TAN DE DERECHAS?



Quién me iba a decir a mí que viví  los últimos años del franquismo que, precisamente cuando el país lleva años caminando hacia atrás, cuando todas las conquistas de la democracia, todas, sufren las dentelladas de los recortes, cuando las consultas y las urgencias de los hospitales se saturan día sí y día no, que cuando faltan plaza para escolarizar a los hijos de los hijos del "post baby boom" y los colegios públicos se caen a pedazos, con profesores explotados y cansados, cuando los pensionistas han tomado las calles, hartos de pensiones escasas que encogen cada año y del desprecio de quien debería velar por ellos, cuando los recursos se niegan que se niegan para la dependencia se destinan a rescatar bancos y autopistas o a armamento... quién iba a decirnos que, con este panorama, que tanto se parece a aquellos primeros ochenta, íbamos a llenar de votos el cesto de los partidos de la derecha.
Quién me lo iba a decir, pero ahí está el resultado del último sondeo del CIS, en el que el PP, aunque cada vez con menos apoyo, seguiría siendo el partido más votado, el PSOE sigue sin despegar, sin  capitalizar los errores y los escándalos de la derecha más corrupta que ha conocido la democracia, lo mismo que Podemos, que sigue sin recuperar la confianza de quienes tantas esperanzas pusimos en ellos, mientras Ciudadanos, el lobo con piel de cordero, el nuevo partido de la derecha económica, el partido del alma vacía, capaz de pactar con unos y con otros, sin hacer ascos a nada, le come el trozo de tarta del PP, mientras le sirve de salvavidas en escándalos tan groseros como el que ha llevado a la dimisión a la presidenta de Madrid, Cristina Cifuentes.
Ciudadanos, es ya, según el CIS, la segunda fuerza política y yo, la verdad, no acabo de entenderlo, porque qué ha hecho para hacerse merecedor de tanto voto. La única explicación que le encuentro es la de que a los españoles les pueden el miedo y el egoísmo, el miedo a los cambios, especialmente a ese Podemos que, aunque, al contrario que el resto de los partidos, ha trabajado y bien en la calle y en los barrios, no ha acertado a la hora de seducir a quienes necesitaría para llegar al gobierno y, desde hace meses, se muestra dividido, más preocupado por el poder interno que por alcanzar e que realmente sirve para transformar la sociedad.
El PP lo sabe y, por eso, no duda en defenderse del PSOE, su enemigo natural, acude a los fantasmas de la "izquierda radical", sumando el lastre de Podemos a la ya de por sí lastrada barca socialista, en tanto que Ciudadanos, tan parecido a sus amos y mentores, los bancos, acapara los votos, capta las esperanzas de tantos españoles como hay cansados, decepcionados y asustados, para invertirlos, no en beneficio de todos, sino en el de los de siempre que, ahora sí, han encontrado ese caballo ganador que no fue Miquel Roca en su día.
En este panorama, habrá quien crea que Cataluña vive una situación prerrevolucionaria, aunque nada más lejos de la realidad, porque Junts per Catalunya, el partido de Puigdemont, no es otra cosa que los restos recosidos del partido de Pujol, carcomido de corrupción y Esquerra, pese a su dialéctica, está más cerca del carlismo marchito en el resto de España y refugiado en las escarpadas montañas del nacionalismo.
En fin, que lo nuestro da lástima, porque cuando más necesitábamos una izquierda transformadora, dispuesta a reflotar el país, como ha hecho en Portugal, menos atractivo se hace votar a la nuestra, porque me niego a creer que seamos tan de derechas. Espero que el tiempo me dé la razón, aunque cada vez estoy más cerca de pensar que, desgraciadamente, lo somos.

martes, 8 de mayo de 2018

QUE SE JODAN... Y SANTAS PASCUAS


Dentro de unos años, cuando quizá ni tú ni yo sigamos aquí para verlo, alguien se preguntará qué pasaba en España, en qué pensaban los españoles, para dejarse gobernar por quienes les despreciaban como les desprecian, cada vez está más claro, el PP y sus dirigentes. Quizá, con un poco de suerte, en esa España de la que os hablo habrá borrado de la memoria colectiva, como la amnesia esconde el trauma que la origina para proteger de malos recuerdos y culpas a quienes la padecen.
De momento, lo que ocurre es difícil de entender, porque cómo se explica que alguien pueda confiar, los votantes del PP parecen hacerlo, en quien ni siquiera es capaz de recordar el nombre del alcalde de su partido, probablemente impuesto por él o por quien él ha impuesto, el alcalde por el que ha recorrido los cuatrocientos veinte kilómetros que separan Madrid de Alicante, al que, al final, acaba llamando así: "alcalde de Alicante". Qué se puede esperar de quien tiene semejante desliz y que se puede esperar de quien se rodea de colaboradores que no sólo no son capaces de evitar a su jefe semejante bochorno, sino que, además, meten sus patitas en su charco particular, comprometiendo más su cabe, la ya bastante deteriorada imagen de su partido.
Me refiero, claro, a la secretaria de Estado de Comunicación, el equivalente en el gobierno de la nación y para Rajoy, a la Isabel Gallego de Esperanza Aguirre, la que acabó señalando ante el juez todos y cada uno de chiringuitos en que saqueaban sus compañeros en el gobierno madrileño. Carmen Martínez Castro, con "de" de quita y pon, que así se llama la colaboradora de Rajoy, con rango de viceministro, se marcó un "que se jodan" de camionero dedicado a los pensionistas que silbaban a su jefe, después de expresar a un cariacontecido amigo sus deseos de hacerles un corte de mangas a quienes sólo reclamaban una pensión justa y dejar de ser moneda de cambio para los teje manejes de su jefe.
La señora, toda una secretaria de Estado de Comunicación, que, por su cargo y por su pasado en los medios, debería saber que las cámaras, al igual que los micrófonos, las carga el diablo, no sólo cometió la imprudencia de decir lo que dijo rodeada de cámaras y periodistas, sino que ayer, dos días después de haber dicho lo que dijo, tuvo el descaro de volver a desdeñar de nuevo a los ofendidos, entre los que me incluyo, conminándoles a aceptar sus disculpas y "santas pascuas". Y lo hizo con toda la soberbia y la frialdad de que fue capaz, convencida de que lo que se juzga no fue lo que dijo sino lo que piensa. porque no me cabe la menor duda de que estaba deseando mandar a los pensionistas a tomar el viento de sus pitos y que pensaba y sigue pensando que esta gente, que se ha pasado la vida trabajando para que, entre otras cosas, ella pueda cobrar su sueldo, debe joderse con lo que les "dan" porque, para ella, que tiene un buen sueldo y tendrá un magnífico retiro, la pensión que cobran todos esos viejos que desprecia no es fruto de un acto de justicia sino de la caridad más pura y dura.
La verdad es que no la culpo, como tampoco culpo a Andrea Fabra que mando a joderse a los parados o al inefable Rafael Hernando, lo de Rafa lo dejo para los amigos, que atribuya a la bondad de Rajoy y su partido la subida temporal que marca el IPC, forzada por los nacionalistas vascos, tras semanas y semanas de protestas ante el ayuntamiento de Bilbao. No les culpo, porque, a ellos, como a casi todos los cargos del PP que no han conocido el paro, que deben estar mareados de tanta puerta giratoria y tienen el culo amoldado a las poltronas de los escaños y los despachos, de tantas como han hollado con sus posaderas, no les cabe en la cabeza que esos ancianos del pito no se "arreglen" con lo que "les dan". Deben pensar, como aquel jefe de la vieja SER, que, cuando no se llega a fin de mes, no hay que pedir un aumento, sino que había que administrar bien el sueldo, como hacía él.
En fin, que esta señora que pide disculpas a quienes hubiese mandado a la mierda, como quien pide un café en la barra de un bar, con prisa y con desgana, no ha entendido nada, porque lo malo de sus "que se jodan" y "santas pascuas" no es que los haya dicho, sino que son la expresión de lo que piensa.