viernes, 25 de abril de 2014

SÍ CABEN LAS DICTADURAS


Hoy me he levantado un poco más remolón que de costumbre y me he dado de bruces con el comentario de un contertulio radiofónico que, rotundo, afirmaba que la revolución de los claveles en Portugal sirvió para dejar claro que en Europa ya no cabían las dictaduras. La verdad es que ese comentario era tan rotundo como voluntarioso, porque a unos cientos de kilómetros de Lisboa, un dictador arrastró sus días y su régimen año y medio más, porque Franco, el sátrapa que gobernó España casi cuarenta años, murió en la cama de un hospital -público, por cierto- ensartado por decenas de agujas y convertido en medusa por otros tantos cables y vías.
Tampoco acertaba el autor del comentario, porque, con la desaparición de Franco las que acabaron, quizá y sólo en Europa Occidental, las dictaduras formales, sostenidas por los ejércitos con sus botas, sus fusiles y sus carros, pero en modo alguno desaparecieron quienes se esconden tras las dictaduras, que aprendieron a convivir con las democracias, también formales, para seguir chupando la sangre de los ciudadanos que, para nuestra desgracia, es y ha sido su oficio bien aprendido.
En tiempos de los dictadores al uso, que hoy tendríamos que buscar en África, eran las familias y, por decir más, las familias del país, las que se adherían al tirano, como los líquenes se adhieren al árbol que les da la vida y que ayudaron a crecer. Hoy no. Hoy estos verdaderos dictadores, porque sin ellos no hubiese habido un Dragon Rapide para Franco, han aprendido que se sobrevive mejor desde el anonimato. Es más, creo que lo han aprendido de la Mafia, que eliminaba a quienes, de entre ellos, destacaban o hacían ostentación de poder o riqueza, porque ese, la ostentación, y no otro es el mayor pecado de un mafioso, porque, con ella, acaba por reclamar la atención de la sociedad.
Hoy, las "familias" que vivían por y para las dictaduras se esconden detrás de la máscara de las grandes corporaciones, esas que tienen los negocios en un país, pagan sus impuestos "a la carta" en otro y reparten sus dividendos en paraísos fiscales. Hoy, esas corporaciones son la bota que pisa el cuello de la ciudadanía, son quienes, sin uniformes, sin fusiles ni carros, imponen el silencio que necesitan, no por la fuerza, no por la amenaza de la prisión o las multas, sino, comprando la propiedad de esos medios, como hacían en tiempos los "señoritos" enamorados, que compraban teatros o invertían en el cine, para su querida o para satisfacer el ego y las ansias de gloria de sus queridas.
No. Ya no hay desfiles por el paseo de la Castellana. Ya no son necesarios. Los han cambiado por costosas campañas publicitarias capaces, como los buenos detergentes, de lavar cualquier imagen y de hacer creer a los de abajo, como lo creían las almas cándidas que, en dictadura, se vive en el mejor de los mundos. Hoy, las grandes corporaciones no financian golpes de estado para acabar con los sindicatos. Hoy, machacan las meninges de los trabajadores para hacerles creer que "todos" los sindicalistas son parásitos y que trabajar por sueldos miserables y esclavistas, que condenan cualquier esperanza de promoción social, es conveniente y la única actitud posible.
Ya no hay dictaduras al uso, ya no son necesarias. La CIA, los kissinger y los fascistas no son necesarios. Tienen su troika, tan antidemocrática como los ideólogos de aquella Escuela de las Américas, dispuesta borrar de un plumazo los derechos de los ciudadanos de cualquier país que pongan en su punto de mira.
Hoy se presiona sobre parlamentos que recuerdan, por su inoperancia manifiesta, a aquellas cortes franquistas repletas de sotanas y uniformes. Hoy, las grandes corporaciones pactan entre ellas precios y salarios "para no perjudicarse". Hoy, las autoridades portuguesas, las que pisotean, para apagarlas, las brasas de aquel 25 de abril de hace cuarenta años no han permitido la presencia de aquellos "capitanes de abril" en los actos que conmemoran su hermosa hazaña. Hoy, pese a lo que crean y digan algunos, sí caben las dictaduras. Otras dictaduras, pero dictaduras al fin.


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viernes, 18 de abril de 2014

GABO QUE ESTÁS EN LOS LIBROS


Querido Gabo que estás en los libros:
Ahora que, aparentemente, ya sólo vas a estar en ellos, aunque eso sea como estar en todas partes, ahora que tienes la vida eterna de quienes se hacen con un rincón de la memoria y el corazón de sus lectores, de toda esa gente a la que has ayudado a soñar, a pensar y, sobre todo, a ser felices mientras sostenían en sus manos tu magia realista, ahora te digo que te vamos a echar de menos, aunque sigas viviendo como un fantasma que se ha dormido en los estantes de nuestra, pequeña o grande, biblioteca. Dormido, pero sólo hasta que alguien quede atrapado en tu magia, porque alguien le ha dado a probar el veneno en dos líneas, tan sólo dos líneas, esas que dicen “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en su padre lo llevó a conocer el hielo. 
Entonces, estará perdido, porque no parará hasta leer el punto final de esa sensacional novela que a tantos nos abrió la mente y nos enseñó que se puede señalar sin nombrar y decir, no sin palabras, sino con las palabras cambiadas. Formará parte entonces de la legión de degustadores de esa literatura, tu literatura, que tanto nos asombra y que nos parece pura fantasía, cuando, para bien o para mal, no trata de otra cosa que lo que ocurre cada día, cada hora, a cada instante, al otro lado del Atlántico, del Rio Grande para abajo, lejos del alcance de esos seres racionales y fríos que llamáis gringos.
Porque tu obra, Gabo, no es posible sin tu gente, esa gente que describe el ferrocarril, el primer tren en entrar en Macondo, como de una cocina con una ciudad a rastras. En tus novelas, el paisaje, el clima, las sequías y la humedad del trópico son tan protagonistas como Aureliano Buendía y tan reales como la magia que desatan. Por eso va a ser tan difícil olvidarte, porque nadie volverá a escribir como tú lo hacías. Porque ni siquiera lograste hacerlo cuando, vete a saber porque misterios, publicaste esa última novela que debería haberse quedado en lo que era: un cuento.
Va a ser duros los primeros cien años que los que nos quedamos aquí y los que vengan tengamos que vivir en soledad, definitivamente, los coroneles, y todos los demás, ya no tenemos quien nos escriba como tú lo hacías y ,en estos tiempos del cólera, ya sin amor, La mala hora en que nos dejaste quedará para muchos como un sobresalto, como algo inesperado que, en tiempos de ese otro cólera que es Internet, nos ha ido sorprendiendo uno a uno, como si tú mismo o cualquiera de tus fantasmas, nos lo fueran diciendo al oído.
Tus funerales no serán los de la mama grande, pero ten por seguro que se te honrará como mereces. Y, cuando pase el tiempo, habrá algún náufrago de ese periodismo que tanto amaste y que se hundió, que haga, para las generaciones futuras, el relato de quién fuiste. Será una historia tan increíble, pero no tan triste, como la de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, alguien que, quizá con ojos de perro azul, nos hable de aquel Gabo que una vez fue feliz e indocumentado que presencio los otoños de tantos patriarcas, especialmente el del viejo y sanguinario sátrapa que atormentó el Chile que tanto amaste durante tantos años, patriarcas, generales que, como el de aquí, tienen por costumbre encerrarnos en sus laberintos. Aunque, a hora que lo pienso, no va a hacer falta, porque ya tú viviste para contarla, con tus dos dedos en silencio en los últimos años, como escribiendo sin palabras la crónica de tu muerte. Lo esperábamos, pero, a los que aprendimos en tus libros a leer de otra manera, a vivir de otra manera, se nos van a hacer duros esos cien años de soledad. Aunque nos queda el consuelo, querido Gabo que estás en los cielos, de que sus páginas no son como la hojarasca que se pudre o dispersa el viento, porque cada vez que unos ojos nuevos se posen en ellas, cobrarán vida de nuevo, como recién escritas, y reverdecerán con la fuerza que les da tu tierra sabia, antigua y caliente.


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miércoles, 16 de abril de 2014

SOBRE RUEDAS


Dijo ayer la ministra de Empleo que la recuperación económica de nuestro país "va sobre ruedas". Y, si asume la responsabilidad de decirlo debe ser porque en algún sitio lo habrá leído o alguien se lo habrá dicho.
De haberlo leído ha debido ser en alguno de esos argumentarios que reparten el Gobierno o su partido, como casi todos los gobiernos y casi todos los partidos, entre los ministros o dirigentes que deben enfrentarse a los micrófonos, las libretas y las cámaras, en estos tiempos de prensa acrítica y sin derecho a repreguntar o ni siquiera preguntar, tiempos en que los medios ya no pertenecen a gente que ama la verdad y a los lectores, sino a bancos, eléctricas o constructoras, o a grupos editoriales emparentados con el poder que trocean y seleccionan la verdad en pequeñas verdades a medias o, directamente, en pequeñas o grandes mentiras, para que la digestión de sus lectores no sobresalte su siesta. Y si no lo ha leído en uno de esos manuales de instrucciones para la supervivencia que le llegan cada mañana al despacho, se lo ha debido decir alguien y ese alguien o es un compañero de gobierno o, entrando en el terreno de lo esotérico, ha debido ser la virgen del Rocío, con la que parece tener línea directa, puesto que le pide y agradece cosas.
O eso o miente descaradamente, porque todos los indicadores económicos que tocan suelo, no esos que tanto gustan a los gobiernos y empresarios, los indicadores que hablan de excluidos, de parados, de gente que ha de alimentar a sus hijos con la solidaridad de otros, de gente que hace años que no estrena ropa, a no ser que sea de segunda mano o de mercadillo, esos indicadores, mucho más reales que los de papel, con los que yo me topo cuando pongo un pie en la calle y que dicen que, de momento, no estamos mal, sino peor.
Hay que tener mucho valor y mucho descaro para decir lo que dijo la ministra o hacerle leer al rey, ante representantes de países tan poco democráticos cono los de los emiratos, un discurso que aquí, en España, suena a eso, a mentira. Y hay que tener valor para hacerlo simultáneamente a la aparición de los datos de Eurostat que sitúan a cinco regiones españolas como las de mayor tasa de desempleo de Europa. O a las pocas horas de saberse que, frente al optimismo del Gobierno, los bancos de alimentos, los que suplen con el trabajo de sus voluntarios y la solidaridad de muchos la tarea de atender a los más necesitados que debería corresponder al gobierno, adviertan de que cada vez reciben más peticiones de ayuda y que esta situación puede empeorar. O coincidiendo con el informe de Save the children que, coincidiendo punto por punto con el presentado hace unos días por Cáritas y que tanto molestó al ministro Montoro, nos habla de tres millones de niños en serio riesgo de exclusión y medio millón de ellos por debajo del umbral de la pobreza. Lo que nos coloca en el penúltimo peldaño de la pobreza infantil en Europa.
Y lo peor es que, mientras eso sucede, danzan las cifras del dinero B del PP, de su escamoteo a la hacienda de todos, danzan las cifras vertiginosas de fraude en los ERE y en los cursos de formación para parados, hay consejeras que se asignan con el mayor de los descaros cheques para que su hija estudie entre tules y apellidos de postín y tenemos ministros a los que eso no parece preocuparles, hasta el punto de "inventarse" ayudas ya existentes que, en la mayor demostración de torpeza que recuerdo, desmentir a los postres el anuncio de ellas que hizo en el aperitivo.
Dice la ministra que la recuperación económica va sobre ruedas y no faltará quien nos hable del éxodo de semana santa y del dispendio de algunos para ver en vivo y en Valencia la final de la Copa. Yo le digo que siempre, o casi siempre, se mueven los mismos y que quienes no se mueven probablemente pasarán la Semana Santa, trabajando unos días si hay suerte, o dando patadas a los botes por las calles de su ciudad y que muchos ni siquiera verán el partido en casa, porque empeñaron la tele o no pueden pagar el recibo de la luz.

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lunes, 14 de abril de 2014

ARDE VALPARAÍSO


En una imagen robada a Pablo Neruda, imagino Valparaíso como una enorme cabellera de mujer, extendida desde el mar hacia los cerros, subiendo por las cañadas, cada mechón distinto del otro, unos más luminosos y aseados, otros tristes y sucios. Una cabellera que se ilumina en la noche, marcando como una cinta la avenida que conecta todos esos cerros, unos cuarenta que suben hacia los bosques que la circundan.
En Valparaíso hay mucha belleza y mucha miseria. Como gran parte de Chile, en su belleza está también la hipoteca que pesa sobre ella, expuesta a las catástrofes naturales, pasto de las llamas unas veces, derribada por la tierra que tiembla otras. Por eso no abundan en ella los grandes edificios. Por ello sus casas son de madera, frágiles, sí, pero más seguras cuando la tierra tiembla.
Tuve la fortuna de conocer Valparaíso en enero y me fui de allí seguro de que volvería. También con la sensación de que hay que verla al menos una vez en la vida. Hay que perderse en las calles de "el Plan", la zona llana y mejor urbanizada cercana al puerto, con ese mercado desordenado y vivo, en cuya primera planta se puede disfrutar a buen precio de la mejor de las comidas, caminar hacia el entorno del puerto, subir al Cerro Alegre, con sus calles estrechas y empinadas, para encontrarse con la "Sebastiana", esa casa de cuatro plantas, construida por un rico español, como el puente de un barco mirando al Pacífico, que un día compró Neruda, para hacer de ella su observatorio y su refugio.
Hay que perderse por sus calles llenas de grafitos, la mayoría de ellos lindos y respetados, con  sus casas asomadas al vacío, en las que allá donde caben brotan jardines y macetas y, sobre todo, hay que esperar el atardecer, para ver como el sol se ahoga al final del día en el Pacífico.
Pero las noticias que me llegan de allí son malas. Sé que aquellos a quienes conozco y aprecio están bien, que el cerro en el que viven nos e ha visto afectado. Pero me duele ver sufrir a esa ciudad loca que vive mirando el mar a la espalda del monte que, quizá celoso, le ha mandado el fuego como venganza.
Es triste ver sufrir a tanta gente, doce muertos, millares de afectados, centenares de casas arrasadas, de las que la gente trata de sacar lo poco que de valor quede en ellas, a veces con derecho y otras por las bravas.
Miles de sueños enterrados en las cenizas, miles de vidas que serán mañana un poco más duras, un poco más tristes.
Pero en medio de tos eso, me cuentan, ha despertado la solidaridad. Todo Chile se ha movilizado. Los bomberos, voluntarios, se han desplazado desde todo el país, también médicos y, muy importante en un país como Chile y una ciudad como Valparaíso, veterinarios. Porque en Chile y, especialmente en la ciudad hoy doliente, los animales, especialmente los perros callejeros, tienen bien ganada la ciudadanía.
Arde Valparaíso y, aquí, tan lejos, sólo puedo, por tantas cosas, llorarla y recordarla con cariño.


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domingo, 13 de abril de 2014

EL QUE PARTE Y REPARTE...


Desde que tengo uso de razón vengo escuchando una sentencia, muy machista por cierto, que asegura que la mujer del cesar -del césar no dice nada, de ahí su machismo- no sólo de be ser honrada, sino, además, parecerlo. Está claro que pese a ser madrileña como yo, Lucía Figar, la consejera de Educación del gobierno de Madrid, la que más lloró la primera fuga de Esperanza Aguirre, la que hizo sin prisas y con cámaras del gobierno cuando se olió la tostada del fracaso en Eurovegas, Lucia Figar, no parece haber oído nunca el dicho, porque acaba de adjudicarse, para escolarizar a su hija pequeña, un cheque guardería de mil cien euros.
Adjudicar, adjudicarse, mil cien euros, ella que con su marido ingresa al año más de ciento veinticinco mil euros, para que matricular a su niña en una guardería de élite, mientras en Madrid se han suprimido las becas de comedor, es están cerrando centros y son muchísimas las familias que necesitan, quizá más que ella, escuelas infantiles para cuidar de sus hijos mientras trabaja la pareja, no es sólo una afrenta, y más si es ella quien preside la consejería que diseñó el cheque y los adjudica, sin que es un verdadero insulto para los que, si quieren trabajar para comer y pagar las deudas, deben andar repartiendo bebés por las casas de los abuelos, los amigos o los vecinos.
Lo que más escuece no es el descaro con que l consejera y su marido, el neoliberal Carlos Aragonés, director que fuera del gabinete de Aznar en La Moncloa, ni siquiera que resulte evidente que, para ellos, mil cien euros al año son el chocolate del loro. Lo que me cabrea y cabrea a la gente a la que le queda una pizca de sentido de la justicia es que no es sólo una torpeza de gobernante déspota, lo más cabreante es que lo que acaba de saberse es el paradigma de lo que no es sino una manera de entender la vida y el uso que debe hacerse de los recursos públicos, una visión neoliberal del mundo que entiende que son iguales el bebé de una mujer que lleva comida a casa limpiando oficinas y el hijo de la consejera y el diputado.
Diréis que, en efecto, son iguales, pero nada más lejos de la realidad, porque deberían ser iguales, pero en absoluto lo son. Y la tragedia es que la política educativa que viene haciendo los populares en el gobierno de la Comunidad de Madrid es esa:: desviar los fondos que deberían estar destinados a la escuela pública a los centros privados que siempre acaban por discriminar a sus alumnos para reconducirlos a las "reservas" de los colegios para pobres, mal dotados, a duras penas gestionados por profesores cada vez peor pagados, cada vez más agobiados, con lo cual "la clientela", los niños, acaban matriculados en colegios concertados que, también con fondos públicos, van alejando la enseñanza del sueño de ser obligatoria, sí, gratuita, también, pero en absoluto de calidad, porque, si lo es, lo es por el esfuerzo del profesorado, en absoluto porque esa sea la intención del gobierno.
Madrid está cerrando institutos de barrios obreros, barrios que, salvo excepciones, también votan para su y nuestra desgracia, al PP. Los está transformando, los quiere transformar en centros para la  Formación Profesional, como queriendo reafirmar la teoría de Rajoy de "la estirpe buena", para que, ya desde la cuna, quede claro en que van acabar unos y en qué van a acabar otros. Lo hacen estos neocon y han contribuido a hacerlo, no sé si por razones ideológicas, porque ya dudo de todo, o por razones económicas, también  los socialistas que, durante años, han ido abriendo las puertas por las que, luego, los populares han entrado a caballo.
Creo que, en el fondo, las cosas son así. Pero aunque no lo fuesen, el mero hecho de dar la razón a esa oras sentencia que reza que "el que parte y reparte se queda con la mejor parte" ya es lo suficientemente escandaloso como para que la consejera renuncie a tan escandaloso abuso.


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viernes, 11 de abril de 2014

VERGÜENZA NACIONAL



El de ayer fue un día intenso en la Audiencia Nacional, que, al menos para los telediarios, estrenaba sede en San Fernando de Henares. Y si fue intenso y hubo tanta expectación fue porque en ella se esperaba visita. Nada menos que la del que lo fue todo en las cuentas del PP y lo fue durante cerca de veinte años,  pese a que, ahora, el que fuera su partido, el que le confió sus cuentas, las que se enseñan y las que se escriban a la luz de una vela, el que en su dúa le llevó al Senado como quien, con el aforamiento consiguiente, suscribe a su nombre un seguro de, si no mejor procesamiento, sí más lento y mastodóntico, que, ahora, pillado con las manos en la masa, ha decidido contar lo que vio, lo que hizo, a quién vio y que hacían en torno a las cuentas del partido que gobernó durante casi ocho años España y la gobierna con las tijeras y el garrote en las manos desde hace dos.
Resulta curioso que apenas nos sorprende ya nada de lo que pueda contar quien se bajó de los coches de partido, para subirse después a los taxis y acabar viajando en coche oficial, aunque nada cómodo y pintado de verde y blanco. Y si no nos sorprende es porque cualquiera que tenga dos dedos de frente, un poco de sentido crítico y nada que ocultar lleva ya tiempo dibujando en su pensamiento la infraestructura que permitía al PP hacer las mejores campañas electorales, dignas de las presidenciales americanas, con los mejores carteles, los hoteles y medios de transporte más cómodos, para sus candidatos y la prensa, y con escenarios dignos de la gala de los óscar.
Resulta creíble lo que viene contando Bárcenas, al juez y a quien quiera escucharle, sobre las "mordidas" que aplicaba su partido a todo aquel que pretendiera contratar con la administración, con cualquiera de las administraciones bajo su control, para, con ese dinero que circulaba en sobres y maletines, de espaldas a la hacienda pública y a cualquier fiscalización, pagar trajes, comidas, hoteles, campañas, reformas de sus sedes, desde la nacional a las provinciales, en un frenesí consumista difícil de justificar económica, moral y, sobre todo, éticamente.
Resulta tan creíble como increíble es que hasta ahora nadie, ni partidos rivales, ni periodistas, ni el Tribunal de Cuentas, hayan caído en la cuenta de que el tren de vida del PP era tan inexplicable como el de "la chica del 17", de la que en el cuplé se pregunta, porque se duda, "de dónde saca pa' tanto como destaca". Algo turbio se intuía en la vida de la chica del 17 y algo turbio debería haberse intuido en el tren de vida del PP.
Ese trajinar de personas, sobres, cuentas bancarias, llaves y cajas, digno de una palícula de Berlanga, debería haber despertado el celo, tanto de la prensa, como de la oposición y puedo permitirme pensar que, si no lo ha hecho, ha sido porque unos y otros tenían también mucho que callar.
En mi opinión toda la penitencia que los españoles venimos padeciendo, todo este pus oculto en la estructura de los “partidos de gobierno", de la nación y de las comunidades autónomas, un pus que afloró en la semana santa de 1990, con el caso Naseiro, casi por casualidad, pero que gracias a su ingeniería jurídica consiguió cicatrizar, aunque en falso porque la infección siguió creciendo soterradamente, toda esa gangrena moral, provienen de esa actitud de los poderosos que fuerzan la máquina en el pelotón para dejar descolgados a sus rivales, fuera del club de los "partidos de gobierno", desterrando cualquier alternativa o cualquier reequilibrio de poder que permitiese, por ejemplo, cambiar la ley electoral o el sistema de financiación de partidos.
En resumen, lo que contó ayer Bárcenas, más que sorprendernos debería avergonzarnos, deberíamos sentir verdadera "vergüenza nacional", porque hemos tenido delante de nuestras narices, de las de nuestra prensa o de las de nuestros representantes tanta mierda, sin que ninguno de los colectivos citados haya sentido el hedor de tanta podredumbre que, al final, pagamos sin que sirva para garantizar que se van a oír nuestras voces. Nos han engañado haciéndonos creer que los partidos deben ser baratos en una especie de "timo de la estampita", privándonos del derecho a conocer todas las opciones en igualdad de condiciones para poder elegir entre todas las alternativas con todas las consecuencias.


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jueves, 10 de abril de 2014

SUBCONTRATAS


Hay días en que uno se avergüenza de vivir en un país en el que, mientras algunos compatriotas se juegan la vida llevando la salud y el progreso a países tan inhóspitos como necesitados, aquí, a cinco paradas de Metro de casa, se dejó morir a una mujer porque no se quiso ver, qué complicación, que aquello que le causaba la fiebre y tan fuertes dolores de cabeza era meningitis.
Se llamaba Samba Martine y llevaba un mes encerrada en el Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) de Aluche, en Madrid. Desde que la encerraron allí no hizo otra cosa que quejarse y reclamar la atención de los médicos porque se encontraba mal. Fue visitada por estos hasta diez veces y no recibió otra cosa que cuidados paliativos, supongo que paracetamol o algo parecido, hasta que el 19 de diciembre de 2011, a sólo unos días de esas fiestas de la solidaridad y el amor, fue ingresada en un hospital, donde, a las seis horas, con sólo  treinta y cuatro años y a miles de kilómetros de los suyos, falleció.
Fue tan injusta esa muerte y fue tan evidente que podía haberse evitado que, de inmediato y movido por las ONG que asisten a estos inmigrantes, el asunto llegó a los tribunales, donde inexplicablemente se archivó. Hace unos días la Audiencia Provincial resolvió el recurso contra esa decisión y reabrió el caso, imputando a los responsables médicos del centro, empleados de una empresa privada subcontratada, por lo que el instructor considera una actuación negligente ya que, de haber actuado de otro modo, la muerte de Samba podría haberse evitado.
La inmigrante congoleña que reclamó asilo en Melilla, donde, tras llegar con ocho euros y un teléfono, móvil se presentó a la Policía, estaba diagnosticada de VIH y cuando fue ingresada en el hospital madrileño se pensó en principio que estaba aquejada de meningitis o neumonía, aunque, cuando ya no tenía remedio, se acabó por diagnosticarle una infección múltiple asociada al VIH.
Es una historia terrible por sus consecuencias dramáticas, por la intención, detectada por el juez, de ocultación de la verdad, por las condiciones infrahumanas en que viven estos hombres y mujeres hacinados en peores condiciones que las que tendrían en una prisión o que las que le Unión Europea exige para el ganado, desatendidos y encerrados en un limbo legal en el que no son considerados presos, pero tampoco hombres y mujeres libres, a la espera de cargarlos en un avión para devolverles a países que en ocasiones ni siquiera son los suyos y  a los que, sin duda, no quieren volver.
Lo peor de todo es que esos centros están en gestionados total o parcialmente por empresas privadas subcontratadas y ya se sabe que el fin primordial de éstas es el lucro. Una filosofía que acaba por calar en sus trabajadores hasta el punto de que a veces, afortunadamente no siempre, mal pagados, desincentivados y sin medios, acaban olvidando su verdadera vocación, considerando a los enfermos como problemas y eludiendo esos problemas.
No sé cómo el gobierno puede descuidar de esa manera la atención sanitaria en estos centros, verdaderos lazaretos de este siglo, a los que van a parar seres humanos que, en la mayoría de los casos, han estado expuestos a todo tipo de miserias y enfermedades que o no hemos conocido o tenemos ya olvidadas. Quizá por eso, por esa visión que de la sociedad tiene el Gobierno, como algo a gestionar, como las basuras o el alcantarillado. Quizá por eso, por ese afán de subcontratar y gastar lo menos posible, en nuestro país han reaparecido enfermedades ya desterradas como la tuberculosis y están repuntando los casos de SIDA. 


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