domingo, 10 de marzo de 2013

SALTAR A LA PISCINA

 

Llevo días oyendo hablar de sendos programas que imagino horrendos en los que todo consiste en que una serie de personajes, a cual más histriónico y ridículo, saltan desde un trampolín a una piscina. Si me cuentan, si nos cuentan, hace unos años que el fin del monopolio de la televisión estatal iba a acabar en esto, muy probablemente hubiese, hubiésemos tildado, a nuestro agorero interlocutor de demagogo y enemigo de la libertad. Hoy, para nuestra desgracia, la realidad ha superado todos los pronósticos. Es más, estoy seguro de que cualquiera de las series de Félix Rodríguez de la Fuente, o el mismo "Curro Jiménez", no sólo no hubiesen sido posibles, sino que apenas hubiesen durado unas semanas en antena.

Pero no os engañéis. No vengo aquí a hacer crítica de esos esperpénticos programas que, ni siquiera tienen el mérito de ser originales, tampoco quiero hacer crítica de televisión. Lo que quiero es hacer crítica de la televisión, de esa ventana que se abre a todas horas a la aburrida cuando no desesperada vida de tantos españoles que, para su desgracia, acaban creyéndose parte de lo que ven en pantalla, hasta el punto de la mayor parte de su vida, de las cosas que les pasan, transcurren al otro lado de una pantalla de cuya existencia han perdido a veces la conciencia.

Tengo la suerte de que puedo disponer de televisión de pago y de que, por ello, mis horas de tele se componen de películas -la peor que recuerde es siempre mejor que estos programas de famosos, entre los que incluyo ya a los políticos, en los que, hasta las ventosidades están guionizadas- además de documentales, buenos malos y peores, pero que tienen la ventaja de que nadie grita, llora o se ríe, entre silicona, colágeno y pluma, y, por favor, no interpretéis esto como homofobia, porque no lo es. Es, simplemente, una cuestión de estética.

Y, ahora, me confieso. He decidido hablaros de piscinas, porque acabo de escuchar al profesor Josep Fontana, en el interesante programa de Javier del Pino en la SER, a propósito de su último libro "El futuro es un país extraño". Una conversación más que interesante de la que me quedo con dos o tres ideas, Una de ellos, la de que la política está ya definitivamente supeditada a la economía. Otra, la de que el sistema ha aprendido a dividir a la sociedad y, también, a anular los mecanismos de defensa con que podían contra los de abajo -incluida su verdadera participación desde los órganos de representación más elementales y reduciéndola a elegir cada cuatro años "entre Rajoy y Rubalcaba"- y, finalmente, la de que algo hará saltar la chispa que desencadene la revolución -Fontana hablaba de la negativa de los policías a seguir reprimiendo- y de que, para entonces, sería bueno que hubiese instrumentos para canalizarla, no sectorialmente, sino de manera general.

Os preguntaréis qué tienen ver los programas de piscinas con esto. Muy sencillo. Ahora mismo toso estamos en el trampolín empujados por detrás e impelidos a saltar por los de abajo. Esos programas, como la mayoría de la televisión de consumo que se hace en esta parte del mundo, tienen como fin ridiculizar y distorsionar algo tan crucial, tan noble y tan necesario como atreverse a saltar.
 
 

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